Élla se pierde, como yo, por las calles inmensas. Élla camina y mira y se maravilla de las formas y los colores de las cornisas, los balcones y las palomas mientras yo ando muy seria y muy formal, muy en mi elemento, muy ausente pero muy aparentemente ahí.
Élla se sienta bajo la sombra de un plátano como los que habían en la avenida y coronando la fuente de Las Nereidas mientras yo descanso un rato del sol bajo un árbol cualquiera.
Yo camino y hago tiempo, cansada y extrañada, y pienso en las fotos que acabo de ver y en la idea de la obscenidad del arte y la compasión, y tengo larguísimas discusiones conmigo misma acerca de la mirada y la realidad, sobre la utilidad del conmoverse sin moverse y la posibilidad de no ser inmune a nada aunque no sepamos en qué punto nos atraviesa lo Otro. Élla mira enternecida el ribete que la hoja hace al caer del árbol altisimo y se da cuenta de que es igual a aquélla que la sorprendió pegándose a su pecho mojado, muy dentro del mar, un verano en Uruguay. Yo pienso mientras en que la cultura es otra de las formas de la frivolidad (en realidad pienso "bien puede ser, dependiendo de cómo se la utilice ", pero lo provocador de la afirmación contundente me gusta más )y me regocijo vanidosamente en la idea y ese acto mismo la apoya pero claro que eso no es generalizable, eso sólo habla de mi, en realidad, y qué gracioso resulta ser Yo.
Élla, lo sé, te espera, te busca.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
domingo, 31 de julio de 2016
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