sábado, 16 de julio de 2016

Me despierto,  o eso intento; corro la cortina, abro la ventana. La luz del sol se acuesta conmigo en la cama, aunque le doy la espalda a medio cubrir.
No consigo salir del sueño, de la rueda, la sensación circular, fatal de la tarde anterior: él que me pide mate porque quiere hablar conmigo;  él que me cuenta, yo que lo escucho. Él con su dolor y su niñez y su ternura y su tantísima fuerza, y luego él a traición con Isaac Asimov y Flaubert y Campbell (Campbell!) y las tramas que tiene en la cabeza y sus cuentos y nosotros discutiendo giros y yo que le digo soberbia que tiene frases demasiado largas (justo yo!).
Él y el modo en que me mira a veces. Él y lo mucho que me hace pensar en vos.
Me enreda; quiero salir de ahí, quiero irme.
Entonces siento el golpecito en la espalda. Y otro, y otro más. La abeja se da contra mí intentando, como yo, salir, escapar. La luz del sol refleja en mi piel y la vuelve (lo vi en una foto y me sigue maravillado el fenómeno) un destello fulgurantemente vivo; luz pura. No consigue atravesarme, así que me levanto, me quito del sol. Entonces busca la ventana abierta, sale.
Y yo maldigo esta costumbre que tengo de mirar este tipo de cosas literariamente.

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