miércoles, 6 de julio de 2016

Memoria de pez

Siempre me olvido. Siempre. Debe ser que todavía no lo aprendí realmente y sin embargo ahí está cada tanto, volviendo y volviendo incansablemente.
Seco la mesa de madera y el barniz refleja la luz que es reflejo del agua de nubes que cubren todo el cielo de un gris de plata líquida.
Seco la mesa y me hipnotizan las vetas curvas de la humedad que desaparecen muy lentamente y me agacho un poco y juego con las luces y las miro despacio y sin darme cuenta estoy sonriendo porque eso está ahí y es tan suavemente hermoso, tan insignificante y tan hermoso y de pronto me crece una alegría tan niña en el pecho, tan prima del asombro...
No se borra todo lo demás; no deja de existir. Pero eso está ahí, están el agua y la luz y el tiempo y el sonido solo de los pájaros fuera entre los pinos.
No sé por qué siempre me olvido, pero vuelve. De alguna manera siempre encuentra la forma de tirarme de la manga y volver, la Vida, a decirme que la mire, que está ahí, aquí, en mi; a través y por debajo y por arriba, flotando en el aire como el agua que se evapora.

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