Me paro en la puerta de su casa, en la calle Riglos, y toco el timbre. Ella viene o no viene, nunca estoy segura: el pasillo es larguísimo y vive en el último departamento porque es el único que tenía patio. Y ella quiere patio. Ella no puede ser sin patio. No la concibo sin patio, sin plantas salvajes, sin humedad y gatos y baldosas viejas al sol. Y caracoles diminutos. Nunca vimos uno juntas, pero mientras la espero en la puerta de su casa, al final del pasillo interminable mientras estoy recostada con los pies levantados en Galicia, pienso que tiene que ser amiga de los caracoles diminutos, sin duda. Sin duda le comen las plantas y no puede matarlos. Los junta en la palma de la mano y son espirales cónicas tan pequeñitas, tanto, que no puede matarlos y se queda quieta en silencio mirándolos.
Recuerdo que la quise por primera vez en ese pasillo, el día en que nos conocimos: me invitó a una jornada de puertas abiertas en el taller, y fui. Al irme me acompañó hasta la puerta y mientras hablábamos de no sé qué me dijo "es que vos sos un bocho". No,la verdad que no, le dije. Y me respondió:"ah, es sólo máscara, nomás?". Entonces la quise. Y la volví a querer cuando me abrazó antes de irme y la sentí ponerse en puntitas de pie para hacerlo. Desde entonces guardo el hábito de quererla, porque alguno sano tengo que tener, digo yo.
Ahora es sábado y deben estar por llegar los alumnos. El taller espera con el torno y el mate, con pinceles y esmaltes, con manos, ideas, juego y paredes con frases escritas por cualquier mano y bocetos y explicaciones y tanta grandiosa humildad. Ella camina por el patio lentamente y Mimi la mira negra y egipcia desde al lado de una maceta naranja medio rota. Y ella es élla, es tan niña, tan conmovedoramente niña, que yo la veo mirando caracoles diminutos que buscan la humedad entre las grietas de las paredes y sonrío porque existe, porque anda por ahí, porque es sábado y tiene clases y se va a reír aunque se sienta seca con su risa grave de tabaco y tango y el pelo de pelusa le va a caer en la frente como hebras de seda negra; porque nos encontramos siempre aunque no sepamos cómo, siempre, en algún lugar que no existe y que sin embargo nos reúne.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
sábado, 2 de julio de 2016
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario