Tomar fotografías (...) es poner la cabeza, el ojo y el corazón sobre un mismo eje.
Henri Cárter-Bresson
La victoria nunca es externa.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
Tomar fotografías (...) es poner la cabeza, el ojo y el corazón sobre un mismo eje.
Henri Cárter-Bresson
La victoria nunca es externa.
La miro un segundo antes de agarrarla. Meto la mano por debajo del lecho y la levanto; cuelga. Las manos se me hunden en el agua que se convierte en pintura que me mancha al contacto y me cubre casi dulcemente sin perder su unidad: no se desparrama, no necesita expandirse. Se vuelve una cinta gruesa, densa, suave, mullida.
Su hondura es interna, ocurre dentro de los límites visibles del curso de agua, como hondo puede volverse un punto de tinta que anega la porosidad de las fibras de un papel. Es el agua la que es profunda, no el río ni el mar, sino el agua. Es la textura suave y uniforme en que se ha convertido de pronto frente a mis ojos, entre mis manos que después de mucho tiempo se hunden allí sin saber bien cómo.
Esta tristeza que hoy fluye fuera de mi y que de mi emana, venida de tantos, tantos manantiales...de pronto me parece hasta bella.
(renunciar a creer en la solidez de los espejismos
al mismo tiempo
que los disfrutas
o los sufres)
Berna Wang
De chica soñaba con morir heroicamente; salvando a alguien, por ejemplo. Morir asi, pensaba, era la forma en que morir era útil, grandioso. La muerte era así un acto de afirmación de la vida, una victoria. Abnegación, generosidad máxima.
Todavía no me habían hipnotizado las historias de los mártires y los héroes clásicos. Todavía no había puesto en duda el egoísmo, la voluntad, la pureza.
Hoy tomo mate y me recuerdo entonces. Y enfrento en silencio a aquella niña extraña con la mujer que anoche, mirándose al espejo, se oyó decir: "el valor es eso: negarse a ver lo bueno o lo malo como puro o duradero. Negarse a creer que se ha llegado, porque no hay dónde llegar. Rehusar de la Verdad descubierta. Y disfrutar aún de eso que existe pese a no ser lo único que existe realmente mas que en ese momento".
Entregarse por fin al Cambio, saberse falible, maleable, habitado. Es asi o es nada. La Voluntad es lo único que distingue el egoísmo de la generosidad; es el siete, el jueves, la cumbrera del techo a dos aguas.
(Lo distinto será lo mismo, lo vulgar será unico; lo ajeno será propio y lo de uno se desintegrará en lo común. Sólo es cuestión de tiempo)
"Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas"
Julio Cortázar.
Gracioso darme cuenta un día después de que el día en que él hubiera cumplido cien años yo, ignorante de ese hecho, subía una escalera a oscuras y a las dos de la mañana y me sonreía al oírme susurrar: " Ver la médula, sentirla propia, encontrarle un significado que quepa, que me sirva a mi, que me diga. Es que el mundo de los otros siempre me resultó extraño "
Los árboles se ciernen silenciosos sobre el agua que se desliza oscura, apenas perceptible. Sólo mis pasos y el viento se oyen; el viento que además se deja ver en las hojas amarillas que caen como lluvia sobre el río, despertándolo con ondas suaves, ondas de sonido del viento hechas agua.
Yo camino por el costado del Tambre verde con la humedad en las mejillas, con olor a barro y a podredumbre. Los troncos, cubiertos de hiedras vastas y elegantes, poderosas en su paciencia, de vez en cuando me dejan ver el agua, ya oscura a estas horas. El aire entre el río y los árboles es un túnel fresco, misterioso, musgo vivo que trenza los sonidos y los amortigua, como queriendo guardarlos para si.
(Un pájaro, de pronto, rompe la tenue quietud de este momento. Me quedo también quieta yo, de pronto, como queriendo no pisarle el canto)
También ésto hay, entre tantas cosas.
Quiero no querer decir nada
sin decirlo
Quiero no querer hacer nada
sin hacerlo
Quiero calibrar el arco
y alinear en él
la intención
la emoción
y el acto.
Dónde llegue la flecha, en fin
es lo que menos importa.
La certeza y la alegría
La paz y la compañía
La agonía y la soledad
La bruma segando el mar
El amor y las palomas
El odio, la sal, las pagodas
verdes de la razón
que se esconde en la pasión
El grito, el frío, la ternura
De la luz el haz, la locura
lo efímero del azar
la costumbre del disfraz
Tu voz, tu piel, mi deseo
la desesperación, el velo
negro del tiempo al pasar
Lo inevitable del ahora:
"Esto también pasará "
Corto el calabacín finito, siguiendo la música. Tomo nota de la resistencia de la carne, de la textura blanca y porosa; pienso en el verde un segundo, hasta que me interrumpe su risa: lo miro entonces correr por la playa, dorado y tibio, llamándome con su manito pequeña al turquesa helado del agua. El cuchillo cae al ras de mis dedos mientras él corre hacia atrás y se viste; la cebolla espera rehogándose en la sartén en tanto él sube la escalera en reversa con la pala limpia de arena en la mano y entra en la casa. El agua lenta se extiende por la tabla de la cocina al paso de la hoja de metal y él se sienta en la mesa de nuevo, mira la tele y se queja porque tardo mucho cocinando y él quiere jugar, hace la digestión, come el último bocado, luego el primero.
Termino de cortar el calabacín que va a comer pensando, vanidosamente, en que estoy armando todos esos momentos por venir.
Desde anoche
la hiedra de un cuento
me crece en las tripas:
tiene rojos profundos y oscuros,
tiene suavidad de pétalo que perece;
huele a humedad y a polvo alcalino,
su pulso es una lanza que vibra.
Alrededor de su misterio bailo una danza ancestral
-lenta
callada
expectante-
que conozco no sé de dónde:
ha de romperme, lo sé:
pariré flores muertas
y palabras.
No hay más sol que el silencio.
A veces me olvido de encender las luces. Tan en otro lado estoy, tan lejos, que vago por las habitaciones de las casas ajenas como un fantasma o una sombra en casa propia.
Abro las puertas, oigo la meditación de mis pasos atravesarlas; me detengo un segundo en algún rincón, congelada por un recuerdo o una idea que me mira desde la penumbra como un fuego fatuo que luego desaparece. Camino atentamente; muevo las sillas, me siento, hago así con la espalda, me rozo los labios con la mano, me rasco suavemente el parpado derecho. Cruzo las piernas, miro a través de la cortina opaca buscando mecánicamente la silueta de la luna, apoyo el codo en la mesa, busco el encendedor, enciendo un cigarro y no es hasta entonces, hasta que quiero ver las espirales de humo atravesadas de luz, cuando me doy cuenta de que estoy a oscuras.
Algo habrá de noche, en mi, que me siento en casa en élla.
Necesito mirar el árbol. Sentarme,y mirar el árbol. Mirarlo moverse leve, despreocupado, dócil, ausente, entregado.
Necesito ser el árbol y escaparme de las palabras.
Necesito que el viento me meza.
A veces me paseo
como un tigre enjaulado
en el Tiempo.
Quiero despedazar los segundos
La fiebre me ocupa
Vago rabiosa y expectante
buscando quién sabe qué
mientras las moscas y las arañas
ignoran condescendientes
mi fiereza
Siempre se pierde lo esencial. Es una
Ley de toda palabra sobre el numen.
J.L.Borges
Pensar insistente, porfiadamente en la palabra. La palabra, la palabra: qué hay en la palabra?.
Pensar en las palabras con palabras, pensar en la palabra como una gotera y ver una gota enorme, cristalino pender de un borde llena de palabras. Pensar en la gotera, en la gota, en la imagen. Pensar en la imagen y preguntarme si las palabras dicen imágenes o las imágenes son de palabras; acordarme de ese poema del Viejo en que cita a Platón diciendo que si "el nombre es el arquetipo de la cosa", pero seguir, seguir. La gotera cae insistente en mi cabeza y tengo el pelo ya empapado y la palabra y la imagen y el agua y la piel y entonces pensar en la piel (la imagen) y venir corriendo a escribir porque no se puede escapar, porque las palabras se escapan como el agua y yo quiero decir que qué hay en la palabra, en la imagen, en el agua. Y de pronto encontrarme pensando (siempre igual: no paro hasta que una sentencia grandilocuente me habita y sonrío satisfecha y con ganas de arquimedear y gritar "Eureka", como si sirviera de algo y tal vez sirva, si eso es lo que busco) en que la palabra es la piel, es la cosa, es lo físico. Hay que abrir la palabra. Hay que abrirla. Hay que despedazar la palabra porque la palabra encierra la cosa que no puede ser dicha. La palabra es el ojo y no la mirada. Es el pulmón y no el aire. Es la piel y no lo que se siente cuando se toca la piel. Es la máscara necesaria, es el modo que lo inenarrable atraviesa al hombre. Es el útil, la convención, la bandera roja o amarilla o verde o del color que sea ondenado sobre el mar.(el agua, de nuevo el agua, la gotera, la imagen, me chorrea agua salada por los pantalones ).
Por eso cuando más se dice, cuando más claramente se entiende, es cuando no hay palabras. Cuando la aprehensión es directa, sin filtros convencionales, sin sentidos posibles. En la mirada sostenida, en el tacto certero, en el abrazo...si uno tiene la suerte de escaparse de las palabras, de hundirse ahí, en ese Ahora.
La hormiga sabe siempre el camino a casa, los ciervos perciben los temblores de la tierra antes de que sucedan, la yegua siente en su cuerpo el llamado del deseo y a él se entrega: el hombre sacrifica eso en pos de la palabra.
Ese páramo secreto
ese rincón tibio de alegría
de decir
Eso que tal vez mis ganas
o mi intuición
sintieron compañía
breve brizna de intimidad
tenue puente de humo
Te reirías, seguramente,
o fruncirías el ceño extrañado
si supieras cuánto lo extraño.
Tiene que haber este tiempo y este silencio. El espacio se vuelve contundente, macizo. El aire ahora físico me roza los brazos y la boca.
Escalo el aire, para andar. El aire que es de arena, el vacío pletórico de ausencias. El silencio que brilla de rocío.
Soy la mariposa quieta con las alas mojadas.