domingo, 30 de agosto de 2015

Tomar fotografías (...) es poner la cabeza, el ojo y el corazón sobre un mismo eje.

Henri Cárter-Bresson

La victoria nunca es externa.




La miro un segundo antes de agarrarla. Meto la mano por debajo del lecho y la levanto; cuelga. Las manos se me hunden en el agua que se convierte en pintura que me mancha al contacto y me cubre casi dulcemente sin perder su unidad: no se desparrama, no necesita expandirse. Se vuelve una cinta gruesa, densa, suave, mullida.
Su hondura es interna, ocurre dentro de los límites visibles del curso de agua, como hondo puede volverse un punto de tinta que anega la porosidad de las fibras de un papel. Es el agua la que es profunda, no el río ni el mar, sino el agua. Es la textura suave y uniforme en que se ha convertido de pronto frente a mis ojos, entre mis manos que después de mucho tiempo se hunden allí sin saber bien cómo.
Esta tristeza que hoy fluye fuera de mi y que de mi emana, venida de tantos, tantos manantiales...de pronto me parece hasta bella.


sábado, 29 de agosto de 2015

Para que eso que llaman realidad
coincidiera
con lo real:
para eso me fui.
Porque te echaba tanto
de menos
Porque me extrañabas
tanto

(renunciar a creer en la solidez de los espejismos
al mismo tiempo
que los disfrutas
o los sufres)

Berna Wang

De chica soñaba con morir heroicamente; salvando a alguien, por ejemplo. Morir asi, pensaba, era la forma en que morir era útil,  grandioso. La muerte era así un acto de afirmación de la vida, una victoria. Abnegación, generosidad máxima.
Todavía no me habían hipnotizado las historias de los mártires y los héroes clásicos. Todavía no había puesto en duda el egoísmo, la voluntad, la pureza.
Hoy tomo mate y me recuerdo entonces. Y enfrento en silencio a aquella niña extraña con la mujer que anoche, mirándose al espejo, se oyó decir: "el valor es eso: negarse a ver lo bueno o lo malo como puro o duradero. Negarse a creer que se ha llegado, porque no hay dónde llegar. Rehusar de la Verdad descubierta. Y disfrutar aún de eso que existe pese a no ser lo único que existe realmente mas que en ese momento".
Entregarse por fin al Cambio, saberse falible, maleable, habitado. Es asi o es nada. La Voluntad es lo único que distingue el egoísmo de la generosidad; es el siete, el jueves, la cumbrera del techo a dos aguas.
(Lo distinto será lo mismo, lo vulgar será unico; lo ajeno será propio y lo de uno se desintegrará en lo común. Sólo es cuestión de tiempo)

viernes, 28 de agosto de 2015

"Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas"
Julio Cortázar.

Gracioso darme cuenta un día después de que el día en que él hubiera cumplido cien años yo, ignorante de ese hecho, subía una escalera a oscuras y a las dos de la mañana y me sonreía al oírme susurrar: " Ver la médula, sentirla propia, encontrarle un significado que quepa, que me sirva a mi, que me diga. Es que el mundo de los otros siempre me resultó extraño "

jueves, 27 de agosto de 2015

Posibilidad

Saber cómo es tu mirada cuando la alegría o el dolor o la indiferencia la atraviesan.
Conocer el gesto de tus manos al hablar: si se cruzan, si se encuentran, si dicen, también, aire. El modo en que acomodás los libros, tomás el café, sentís una melodía, te escondés o te das.
Ver y reconocer los hilos filosos, dorados, tenaces que unen en vos dos conceptos.
Con suerte, presenciar tu silencio, incluso, y no sentirme del todo ajena.
Decantar de tus palabras el significado de "hierofanía "

Perder, haber perdido esa posibilidad. Y entristecerse un poco, como cuando una flor pulposa, magnífica, no alcanza a abrirse.




Camino por un asfalto angosto y perdido en el verde de un pueblo lejano, cargada de libros.
Mañana cumple años un niño que hace unas noches me hace el regalo de pedirme que le lea un cuento para dormir, pero todos los libros que tiene ya los conoce. Traigo a una Alicia perdida en un país y un espejo, aunque no sé si es para su edad (pero sí para la mía, de modo que haré el intento de ver si le gusta y si no, lo aprovecharé yo) y dos libritos más que me parecieron interesantes.
Camino con libros, con paraguas, con lluvia, con viento ("...paso. Cruzo oficinas y tiendas de ortopedia", dice Nefatalí). Después de diez minutos de caminata tengo los pies literalmente empapados. Sabía que pasaría: soy demasiado torpe y voy siempre en otro lado cuando camino, de modo que termino empapada y feliz o empapada y ceñuda, dependiendo del día. Hoy voy empapada, sencillamente. Y habitada por decenas de personas, de palabras, de sensaciones.
Las zapatillas azules pesan y hacen ruido al andar, de tanta agua que llevan. Yo me sonrío apenas pensando en los retos de los queridos, en como me dirían que cómo puede ser y todas esas cosas que siempre me decían cuando llegaba a alguna puerta chorreando agua de la cabeza a los pies y me esperaban con una toalla y medias secas.
Sabía que terminaría así. Sabía que, aunque intentara evitarlo, aunque me convenciera de que lo haría ("no llueve tanto, voy con paraguas, son apenas 3 km, el camino está bien pavimentado de modo que..."), terminaría así.
Me asalta de pronto la idea de que resido de algún modo en esa terquedad: si sé dónde quiero ir, si realmente quiero hacerlo, me largo a andar. No importa la lluvia, ni las zapatillas rotas, ni la incertidumbre ni el frío ni el viento ni nada. Voy. Y en el camino se me rompe el paraguas y se me mojan los pies y me pierdo un segundo y miro los árboles y tiemblo y canto canciones y me pregunto si debería descalzarme y saco fotos y temo. Pero sigo andando. Inundada, sigo andando. Aunque se corte el camino, aunque tenga que ir descalza, aunque se me rompan los zapatos y el alma, voy.
No estoy segura de si eso es una ventaja o una desventaja.




miércoles, 26 de agosto de 2015

Eso

Lo que pudre tu carne
construye un corazón nuevo
Lo que mueve los girasoles
forma el veneno de la serpiente
Lo que fecunda la tierra
hace crecer las ortigas
Lo que conforma una mirada
destruye la última criatura de una especie
Lo que crea la quietud
desata el movimiento frenético

martes, 25 de agosto de 2015

Tambre

Los árboles se ciernen silenciosos sobre el agua que se desliza oscura, apenas perceptible. Sólo mis pasos y el viento se oyen; el viento que además se deja ver en las hojas amarillas que caen como lluvia sobre el río, despertándolo con ondas suaves, ondas de sonido del viento hechas agua.
Yo camino por el costado del Tambre verde con la humedad en las mejillas, con olor a barro y a podredumbre. Los troncos, cubiertos de hiedras vastas y elegantes, poderosas en su paciencia, de vez en cuando me dejan ver el agua, ya oscura a estas horas. El aire entre el río y los árboles es un túnel fresco, misterioso, musgo vivo que trenza los sonidos y los amortigua, como queriendo guardarlos para si.
(Un pájaro, de pronto, rompe la tenue quietud de este momento. Me quedo también quieta yo, de pronto, como queriendo no pisarle el canto)
También ésto hay, entre tantas cosas.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Quiero no querer decir nada
sin decirlo
Quiero no querer hacer nada
sin hacerlo
Quiero calibrar el arco
y alinear en él
la intención
la emoción
y el acto.
Dónde llegue la flecha, en fin
es lo que menos importa.

martes, 18 de agosto de 2015

Me acerco a vos como me acerco a todo: rondándolo despacio, invisible. Sumiéndome en las líneas secretas que son o que imagino, bordeando con vértigo los límites de las presencias y las ausencias; levitando apenas sobre los espacios huecos que unen las palabras o los sonidos. Hundiéndome lentamente en los oscuros silencios hasta que sólo los ojos quedan en la superficie y puedo entonces escuchar o creer que escucho el zumbido lejano del agua profunda, el movimiento secreto de las mareas.
Me acerco a través de las palabras leídas cientos de veces y tejo sentidos y destejo significados y adivino tonos y supongo verdades y te borro así sin querer de la realidad: quedo yo, yo, yo. Yo  encerrada en el puto laberinto de espejos, viendo en lo que has dicho apenas reflejos deformes (tal vez como siempre se hace?) que no hacen más que mostrarme a mí misma.
Me acerco y vos, inconmovible como las cosas (obediente a la indiferencia que el mundo suele prodigar a esta humanidad tan una y tan vulgar en que me desenvuelvo desde el primer latido), seguís hablando y andando y leyendo y acaso disimulando, también,  algo que se parece a una existencia.



Fallar

La Fosa de las Marianas es una abertura en el fondo marino; la fosa más profunda conocida y el punto más profundo de la corteza terrestre.
De la fosa, de más de 11000km de profundidad, de esa herida honda y negra donde crecen organismos que no existen en ninguna otra parte de la Tierra, hace millones de años salió lava. Lava del centro de la tierra, lava fosforescente llenando el aire de humo gris, denso, cegador, al contacto con el agua helada, azul, impertérrita. Lava como sangre que lenta, segura de su victoria, sedienta de su destino, se abrió paso desde el núcleo hasta el aire y formó islas; todo un archipiélago de islas.
Sangre que sale de la herida, sangre que se convierte en tierra, sangre que evidencia una herida y se convierte en otra cosa, en un lugar nuevo desde donde pararse a mirar un mundo desconocido.
Yo me siento a fumar en la puerta de la casa; afuera los grillos se dejan oír y un aire frío recorre lento la calle desierta y mojada. Pienso en vos. Tengo tu carta apretada contra el pecho: el latido de mi corazón llega hasta mi mano, atravesando el papel, y yo me imagino que su vibración atraviesa el papel, se imbuye en la tinta de las palabras que escribiste (veo el breve río azul conmoverse dulcemente, hacer ondas) y hace temblar apenas la lapicera con la que lo hiciste y que mueve imperceptiblemente el aire del escritorio de tu casa, y te toca. Tengo la sensación de que sostengo a pulso la noche para que no te caiga encima.

Entonces recuerdo de pronto que leí alguna vez que esa fosa, la fosa de las Marianas, era en realidad
una falla.








domingo, 16 de agosto de 2015

Tal vez sea eso lo que debo aprender, lo que he venido a aprender,
lo que estoy aprendiendo:
a perder
con la frente en alto
y los ojos bien abiertos.

viernes, 14 de agosto de 2015

La certeza y la alegría
La paz y la compañía
La agonía y la soledad
La bruma segando el mar

El amor y las palomas
El odio, la sal, las pagodas
verdes de la razón
que se esconde en la pasión

El grito, el frío, la ternura
De la luz el haz, la locura
lo efímero del azar
la costumbre del disfraz

Tu voz, tu piel, mi deseo
la desesperación, el velo
negro del tiempo al pasar
Lo inevitable del ahora:

"Esto también pasará "


jueves, 13 de agosto de 2015

Las juntaba hacía años. De todos los lugares en que había estado y había sentido estar, de cada sitio donde había respirado realmente, traía una.
Algunas eran grandes como la palma de la mano que las había recogido. Otras pequeñas, diminutas casi. Pero todas eran bellas, todas eran recuerdo vivo de un estado de cosas, de una emoción.
Con el tiempo, también los amigos empezaron a regalármelas: acostumbrados a verlas sobre mi biblioteca de pino, tesoros pétreos de tiempos e historias, al ir a algún lugar algún guijarro les hablaba de mi, y me la ofrendaban  amorosamente en el primer abrazo.
Tenían, algunas, escrito el nombre del lugar al que pertenecían; algunas otras tenían además la fecha. Aunque la mayoría hablaban desde la forma o el color, sencillamente: aquella hermosa piedra ovalada negra con puntitos grises, aquella noche privada era de San Juan, del dique de Ullum, de aquel verano en que mi hermana se casó y mi hermano volvió a casa. La pequeñita de color turquesa, con ese quiebre en un azul profundo, opaco, la había recogido en Bariloche, con An; nuestras primeras vacaciones solas. Decenas de caracoles de Costa Azul, en Uruguay, donde la infancia encontró la sal, el aroma de los eucaliptus y, con ellos, el virgen sabor del misterio de lo intensamente propio. La sobrecogedora geometría de las vieiras de Santiago de Compostela; piedras blancas, perfectas, de Florianópolis, de aquél verano en que estuvimos todos juntos por última vez y yo le dije a mi viejo que cruzó mi mirada un segundo antes de darme el mate: "esto se parece mucho a la plenitud" y él me sonrió lento y me dijo "tenés razón. Qué bueno que lo decís, no me había dado cuenta". Piedras rojas como la roja tierra de Misiones, tierra viva, y un caracol de tierra enorme, el más grande que vi en mi vida, que Elisa, una niña de tres años que apenas conocí y que jugaba conmigo a la guerra de besos, me regaló el último dia en que estuvimos misionado ahi, pintado con sus propias manos. Una estrella de mar que Cris me trajo de Natal; una piedrita hermosa y honda que Lau recogió para mi en el Parque Güel en que jugaba de chica; una amatista de las grutas de Wanda que mi hermana vio y "no podía no traértela ".
Eran mías, eran mi historia. Estaban siempre debajo de los libros, en la repisa de la biblioteca. Cuando ya no me entraban los libros empecé a amontonarlos uno encima de otro, pero no las quité. No quería quitarlas. Me hacía bien verlas, tenerlas, tocarlas, que me toquen.
Cuando me fui me llevé dos o tres. El resto lo metí en una bolsa y lo dejé con los libros, las cartas y todo lo demás importante que no podía traer porque pesaba demasiado. Porque, por una vez, tenía que ser más  práctica que emotiva.
Cuando volviéramos, pensaba, podría mostráselas a él, podría verlas entre sus manos, contarle las historias, ver su piel en contacto con aquello que también era parte de mi. Ansiaba ese momento, fundirlo con mi historia, verlo habitarla; saberlo también ahí. Por eso no las dejé sólo con un dejo de tristeza, sino con esperanza, con un anhelo bueno delante.
Pero volví sola. Y mis piedras ya no estaban en la que había sido mi casa, sino que se las habían llevado a más de mil km de distancia.
Mi casa, en cambio, dejó de existir, aunque siguiera en pie. Y no hay donde mudar lo que no existe.
Las encontré en una caja, dos años después,  mientras ordenaba las cosas que, una vez más, habría de llevarme. Las tuve entre las manos, las olí, las besé; pasé los dedos lento por cada muesca de la piedra, por cada grano, por cada poro. Erosioné también yo la piedra eterna, la piedra que siempre me alucinó pensar que existía hacía millones de años, que había salido del rebote perenne de las olas de océanos antiguos y presentes en todo el aire, del fuego, de la presión, del movimiento, del tiempo.
Las miré durante mucho tiempo. Y volví a meterlas en la bolsa. Y volví a meterlas en la caja. Y saqué la caja a la vereda de un pequeño pueblo con álamos al pie de los Andes. Y me fui.
Hoy camino por una playa en la Costa da Morte, en Galicia. El cielo es de un gris luminoso que se confunde con el mar. Yo, como siempre, camino lentamente, me paro en la orilla y espero hasta que el mar venga a mojarme: ese ritual privado del encuentro, esa íntima alegría de la comunión con lo inmenso.
Casi sin darme cuenta me hipnotiza la belleza de una piedra negra con vetas rojas que baila en la panza de una ola pequeña. A la tercera vuelta la pierdo de vista en el blanco de las espuma. Pongo el pie a ciegas en la ola; cuando se retira, levanto el pie: la piedra está justo en el hueco que forma mi arco.
La recojo con gesto antiguo. Con gesto antiguo la paseo por la orilla, sintiendo su peso, con la mirada vagabundeando por el mar.
Me regocijo en el sonido tenue y tintineante de las piedras que ruedan a merced del vaivén de las olas, tan suaves, tan musicales, hoy.
La llevo conmigo hacia donde están los otros; terminamos el agua del mate. Cuando nos vamos, alguien me recuerda que me lleve mi piedra, que quedó sola, noche y sangre, encima del banco donde estábamos sentados.
No la cojo, no. Que quede ahí.
No tengo un espacio de pino y calor que ofrecerle.
Tendré una casa, pienso de pronto, el día en que vuelva a juntar piedras.


martes, 11 de agosto de 2015

Corto el calabacín finito, siguiendo la música. Tomo nota de la resistencia de la carne, de la textura blanca y porosa; pienso en el verde un segundo, hasta que me interrumpe su risa: lo miro entonces correr por la playa, dorado y tibio, llamándome con su manito pequeña al turquesa helado del agua. El cuchillo cae al ras de mis dedos mientras él corre hacia atrás y se viste; la cebolla espera rehogándose en la sartén en tanto él sube la escalera en reversa con la pala limpia de arena en la mano y entra en la casa. El agua lenta se extiende por la tabla de la cocina al paso de la hoja de metal y él se sienta en la mesa de nuevo, mira la tele y se queja porque tardo mucho cocinando y él quiere jugar, hace la digestión, come el último bocado, luego el primero.
Termino de cortar el calabacín que va a comer pensando, vanidosamente, en que estoy armando todos esos momentos por venir.



domingo, 9 de agosto de 2015

En el anhelo de un niño de seis años por que lo hamaque yo porque -le dice a su padre- "la tía me hamaca distinto": ahí, pienso de pronto, es donde cobro sentido.

Muda

        Cuando un nombre no nombra, y se vacía, 
                     desvanece también, destruye, mata 
                      la realidad que intenta su designio.
     
                                                         Angel González 

Ese ruido inútil
ese extraño sonido de cañerías huecas 
ese lenguaje extinto
ese cascabel móvil que ya no suena
en que se ha convertido mi voz
para tus oídos
que no escuchan
que no ven
que han olvidado (cómo? )
lo que digo con las palabras

sábado, 8 de agosto de 2015

Desde anoche
la hiedra de un cuento
me crece en las tripas:
tiene rojos profundos y oscuros,
tiene suavidad de pétalo que perece;
huele a humedad y a polvo alcalino,
su pulso es una lanza que vibra.
Alrededor de su misterio bailo una danza ancestral 
-lenta
callada
expectante-
que conozco no sé de dónde:
ha de romperme, lo sé:
pariré flores muertas
y palabras.
No hay más sol que el silencio.


A veces me olvido de encender las luces. Tan en otro lado estoy, tan lejos, que vago por las habitaciones de las casas ajenas como un fantasma o una sombra en casa propia.
Abro las puertas, oigo la meditación de mis pasos atravesarlas; me detengo un segundo en algún rincón, congelada por un recuerdo o una idea que me mira desde la penumbra como un fuego fatuo que luego desaparece. Camino atentamente; muevo las sillas, me siento, hago así con la espalda, me rozo los labios con la mano, me rasco suavemente el parpado derecho. Cruzo las piernas, miro a través de la cortina opaca  buscando mecánicamente la silueta de la luna, apoyo el codo en la mesa, busco el encendedor, enciendo un cigarro y no es hasta entonces, hasta que quiero ver las espirales de humo atravesadas de luz, cuando me doy cuenta de que estoy a oscuras.
Algo habrá de noche, en mi, que me siento en casa en élla.

viernes, 7 de agosto de 2015

Necesito mirar el árbol. Sentarme,y mirar el árbol. Mirarlo moverse leve, despreocupado, dócil, ausente, entregado.
Necesito ser el árbol y escaparme de las palabras.
Necesito que el viento me meza.


jueves, 6 de agosto de 2015

A veces me paseo
como un tigre enjaulado
en el Tiempo.
Quiero despedazar los segundos
La fiebre me ocupa
Vago rabiosa y expectante
buscando quién sabe qué
mientras las moscas y las arañas
ignoran condescendientes
mi fiereza

Siempre se pierde lo esencial. Es una
Ley de toda palabra sobre el numen.

J.L.Borges

Pensar insistente, porfiadamente en la palabra. La palabra, la palabra: qué hay en la palabra?.
Pensar en las palabras con palabras,  pensar en la palabra como una gotera y ver una gota enorme, cristalino pender de un borde llena de palabras. Pensar en la gotera, en la gota, en la imagen. Pensar en la imagen y preguntarme si las palabras dicen imágenes o las imágenes son de palabras; acordarme de ese poema del Viejo en que cita a Platón diciendo que si "el nombre es el arquetipo de la cosa", pero seguir, seguir. La gotera cae insistente en mi cabeza y tengo el pelo ya empapado y la palabra y la imagen y el agua y la piel y entonces pensar en la piel (la imagen) y venir corriendo a escribir porque no se puede escapar, porque las palabras se escapan como el agua y yo quiero decir que qué hay en la palabra, en la imagen, en el agua. Y de pronto encontrarme pensando (siempre igual: no paro hasta que una sentencia grandilocuente me habita y sonrío satisfecha y con ganas de arquimedear y gritar "Eureka", como si sirviera de algo y tal vez sirva, si eso es lo que busco) en que la palabra es la piel, es la cosa, es lo físico. Hay que abrir la palabra. Hay que abrirla. Hay que despedazar la palabra porque la palabra encierra la cosa que no puede ser dicha. La palabra es el ojo y no la mirada. Es el pulmón y no el aire. Es la piel y no lo que se siente cuando se toca la piel. Es la máscara necesaria, es el modo que lo inenarrable atraviesa al hombre. Es el útil, la convención, la bandera roja o amarilla o verde o del color que sea ondenado sobre el mar.(el agua, de nuevo el agua, la gotera, la imagen, me chorrea agua salada por los pantalones ).
Por eso cuando más se dice, cuando más claramente se entiende, es cuando no hay palabras. Cuando la aprehensión es directa, sin filtros convencionales, sin sentidos posibles. En la mirada sostenida, en el tacto certero, en el abrazo...si uno tiene la suerte de escaparse de las palabras, de hundirse ahí, en ese Ahora.
La hormiga sabe siempre el camino a casa, los ciervos perciben los temblores de la tierra antes de que sucedan, la yegua siente en su cuerpo el llamado del deseo y a él se entrega: el hombre sacrifica eso en pos de la palabra.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Ese páramo secreto
ese rincón tibio de alegría
de decir
Eso que tal vez mis ganas
o mi intuición
sintieron compañía 
breve brizna de intimidad
tenue puente de humo
Te reirías, seguramente,
o fruncirías el ceño extrañado
si supieras cuánto lo extraño.

martes, 4 de agosto de 2015

Segundo termo de mate: rituales.
El sol incendia el pasto, fuera
Me colma una electricidad insoportable
(ni siquiera el hermoso cello calma a esta fiera)
Curioso el hombre y sus montañas
curiosos los vaivenes y los terremotos
Romperse de una vez y volver a armarse
y ver nacer entre las piedras la lava nuevamente
la lava con rayos catódicos
y no contenerse, joder, no contenerse

No quepo dentro de este cuerpo



En el vacío que me rodea hace frío. Los vellos de mis brazos se estiran buscando a qué asirse, pero no hay otra piel. Hace cuatro días que sólo yo lato entre estas paredes.
Es curioso.
A veces dudo, sin el tacto de los otros, que exista realmente.
Sin embargo la soledad es otra cosa. No es esto, no estoy sola.
Mi cuerpo, en cambio, busca existir de otra manera. Mi cuerpo animal. Mi cuerpo tendón y sangre y calor y tiempo. A mi cuerpo le dan igual mis ideas, mis poemas, mis dolores, mis ilusiones, mis desvelos: apenas quiere tocar, rozar, oler; la alegría del encuentro con un par.
Yo lo miro a veces como mira el niño al conejito herido.

lunes, 3 de agosto de 2015

Tengo que acostumbrarme ahora
a esta nueva identidad: soy tu dolor
Soy lo que te hiere
lo que te miente
lo que te acaba.
También con esa máscara
puedo
Tampoco ella es cierta, después de todo
como no lo fue el amor
como no lo es nada.

(qué lejos quedamos
de nosotros mismos)



Era verde, como los sarmientos de la parra. En espirales graciosas se enganchaba de tus palabras y las mías y estaba viva y nos unía y de puro distraídos le vimos alguna vez dar flores en enormes y frutos deliciosos.
El otoño que tanto te gustaba la secó, y con ella hicimos una cuerda: la trenzamos despacio, alegres. Por ella caminaban las hormigas y los poetas, las confesiones y las ganas. Ganas que eran tantas, que pesaban tanto que nos dimos cuenta de que la cuerda no aguantaría, y le echamos hierro encima: hierro moldeado, hermoso, indestructible en nuestro anhelo. El peso no nos importaba: aguantaba, con él, tantos dolores, tantas manos abiertas, tanta comunión, que valía la pena.
Pero lo perenne no puede hacerse físico, y llovió. Llovió mucho, copiosa, salvajemente. Muchos días de lluvia iracunda, feroz, horizontal. Y la cadena fue herrumbre. Y la herrumbre comió el hierro. Y el hierro, cansado, se dejó quebrar.
Miro los pedazos rotos. No dejo de mirarlos.
Extraño la vida.


He de construirme, para albergarte. 
Tomaré cada retazo del reflejo del árbol en el agua, cada destello de cada gota rompiéndose sobre el granito para las paredes.
Masticaré cada dolor hasta hacerlo una pasta y con élla pegaré, una sobre otra, las piedras de mi templo. Y dejaré que crezcan en los resquicios salvajes enredaderas de flores imposibles.
Cincelaré a sangre y fuego los bordes de las creencias: haré con ellas bancos desde donde ver el infinito cegado de viento.
Con saliva ungiré los dinteles de gruesa madera, para que al entrar puedas ver el origen de las palabras y escuches no su música sino su tono, no su hueso sino su médula.
Machacaré con paciencia y sudor mis emociones en un fragante mortero de caoba: haré de su jugo una guarda que atraviese todas las verticales, y de su pasta, el suelo.
Con los miedos, haré espejos. Con la mirada, guirnaldas.
La historia será el río que corre cercano cuyo sonido inunda la casa. Pero no estará dentro. No será parte más que en lo etéreo, en el eco que viene de las cosas.
El sol se pondrá en la ventana sur, cada vez. Será de miel y de sangre el cielo, y su luz será mayor dentro cuando lo miremos fijamente con los ojos bien cerrados.
Seré fortaleza donde Ser. Entonces ya no importará que vengas. Entonces, tal vez, estés ahí, en ese acto.



Palabras

Laten cansadas, cuando el huracán. Como un conejo asustado llega al final del terror luego de haber escapado de la amenaza y, en esos últimos segundos, sustituye el terror por el espanto al sentir que su corazón no da más y se detiene. Hay conciencia aún para notarlo: ese es el espanto de la muerte, y no otro.
Laten cansadas del esfuerzo, y mueren.
Entonces, escribo.



Cierro la carta que nunca he escrito. Le paso la lengua, lenta, al sobre ajado. El aliento de las palabras que podía haberte dicho queda ahí (no las palabras: el aliento)
Tiro de golpe la carta a la hoguera.




domingo, 2 de agosto de 2015

El siete es mágico
porque tiene un límite
desde donde pararse a ver
el equilibrio
(Hay que ver lo clásicos
lo ortodoxos
lo secretamente ecuánimes
que salen algunos números
-sobre todo, los preferidos-
cuando me atraviesan)



Hay que quedarse callado. Casi muerto. Hay que hundirse en el aire, hay que deshacerse. Hay que dejarse ir en el instante, hay que traspasarlas. Hay que repetirlas y repetirlas como en una calesita cósmica, un viento centrífugo que les haga desaparecer o que las una, que las borre en el movimiento.
Entonces se abre el espacio que las funda. Entonces las palabras salen, viene como un río fluído a veces calmo y a veces violento.
Hay que dejarse ir. Hay que soltar amarras. Hay que perderse: no hay otra manera de llegar.




sábado, 1 de agosto de 2015

Tiene que haber este tiempo y este silencio. El espacio se vuelve contundente, macizo. El aire ahora físico me roza los brazos y la boca.
Escalo el aire, para andar. El aire que es de arena, el vacío pletórico de ausencias. El silencio que brilla de rocío.
Soy la mariposa quieta con las alas mojadas.

Si detrás de la atracción por el aspecto físico se esconde la contingencia, lo inmediato, el hedonismo crudo y palpable. Si detrás de la atracción por el status quo se esconde la inseguridad, la pretensión como único modo de ser, la máscara soldada a la piel. Qué se esconde detrás de una mujer a quién atraen las palabras?
(Existe acaso alguna diferencia? No son, todos, modos de proyectar en el otro nuestros deseos?. Puede, si el otro no es más que un útil, un bálsamo para aliviar nuestras heridas, acaso eso llamarse "amor"?)