martes, 11 de agosto de 2015

Corto el calabacín finito, siguiendo la música. Tomo nota de la resistencia de la carne, de la textura blanca y porosa; pienso en el verde un segundo, hasta que me interrumpe su risa: lo miro entonces correr por la playa, dorado y tibio, llamándome con su manito pequeña al turquesa helado del agua. El cuchillo cae al ras de mis dedos mientras él corre hacia atrás y se viste; la cebolla espera rehogándose en la sartén en tanto él sube la escalera en reversa con la pala limpia de arena en la mano y entra en la casa. El agua lenta se extiende por la tabla de la cocina al paso de la hoja de metal y él se sienta en la mesa de nuevo, mira la tele y se queja porque tardo mucho cocinando y él quiere jugar, hace la digestión, come el último bocado, luego el primero.
Termino de cortar el calabacín que va a comer pensando, vanidosamente, en que estoy armando todos esos momentos por venir.



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