Siempre se pierde lo esencial. Es una
Ley de toda palabra sobre el numen.
J.L.Borges
Pensar insistente, porfiadamente en la palabra. La palabra, la palabra: qué hay en la palabra?.
Pensar en las palabras con palabras, pensar en la palabra como una gotera y ver una gota enorme, cristalino pender de un borde llena de palabras. Pensar en la gotera, en la gota, en la imagen. Pensar en la imagen y preguntarme si las palabras dicen imágenes o las imágenes son de palabras; acordarme de ese poema del Viejo en que cita a Platón diciendo que si "el nombre es el arquetipo de la cosa", pero seguir, seguir. La gotera cae insistente en mi cabeza y tengo el pelo ya empapado y la palabra y la imagen y el agua y la piel y entonces pensar en la piel (la imagen) y venir corriendo a escribir porque no se puede escapar, porque las palabras se escapan como el agua y yo quiero decir que qué hay en la palabra, en la imagen, en el agua. Y de pronto encontrarme pensando (siempre igual: no paro hasta que una sentencia grandilocuente me habita y sonrío satisfecha y con ganas de arquimedear y gritar "Eureka", como si sirviera de algo y tal vez sirva, si eso es lo que busco) en que la palabra es la piel, es la cosa, es lo físico. Hay que abrir la palabra. Hay que abrirla. Hay que despedazar la palabra porque la palabra encierra la cosa que no puede ser dicha. La palabra es el ojo y no la mirada. Es el pulmón y no el aire. Es la piel y no lo que se siente cuando se toca la piel. Es la máscara necesaria, es el modo que lo inenarrable atraviesa al hombre. Es el útil, la convención, la bandera roja o amarilla o verde o del color que sea ondenado sobre el mar.(el agua, de nuevo el agua, la gotera, la imagen, me chorrea agua salada por los pantalones ).
Por eso cuando más se dice, cuando más claramente se entiende, es cuando no hay palabras. Cuando la aprehensión es directa, sin filtros convencionales, sin sentidos posibles. En la mirada sostenida, en el tacto certero, en el abrazo...si uno tiene la suerte de escaparse de las palabras, de hundirse ahí, en ese Ahora.
La hormiga sabe siempre el camino a casa, los ciervos perciben los temblores de la tierra antes de que sucedan, la yegua siente en su cuerpo el llamado del deseo y a él se entrega: el hombre sacrifica eso en pos de la palabra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario