Las juntaba hacía años. De todos los lugares en que había estado y había sentido estar, de cada sitio donde había respirado realmente, traía una.
Algunas eran grandes como la palma de la mano que las había recogido. Otras pequeñas, diminutas casi. Pero todas eran bellas, todas eran recuerdo vivo de un estado de cosas, de una emoción.
Con el tiempo, también los amigos empezaron a regalármelas: acostumbrados a verlas sobre mi biblioteca de pino, tesoros pétreos de tiempos e historias, al ir a algún lugar algún guijarro les hablaba de mi, y me la ofrendaban amorosamente en el primer abrazo.
Tenían, algunas, escrito el nombre del lugar al que pertenecían; algunas otras tenían además la fecha. Aunque la mayoría hablaban desde la forma o el color, sencillamente: aquella hermosa piedra ovalada negra con puntitos grises, aquella noche privada era de San Juan, del dique de Ullum, de aquel verano en que mi hermana se casó y mi hermano volvió a casa. La pequeñita de color turquesa, con ese quiebre en un azul profundo, opaco, la había recogido en Bariloche, con An; nuestras primeras vacaciones solas. Decenas de caracoles de Costa Azul, en Uruguay, donde la infancia encontró la sal, el aroma de los eucaliptus y, con ellos, el virgen sabor del misterio de lo intensamente propio. La sobrecogedora geometría de las vieiras de Santiago de Compostela; piedras blancas, perfectas, de Florianópolis, de aquél verano en que estuvimos todos juntos por última vez y yo le dije a mi viejo que cruzó mi mirada un segundo antes de darme el mate: "esto se parece mucho a la plenitud" y él me sonrió lento y me dijo "tenés razón. Qué bueno que lo decís, no me había dado cuenta". Piedras rojas como la roja tierra de Misiones, tierra viva, y un caracol de tierra enorme, el más grande que vi en mi vida, que Elisa, una niña de tres años que apenas conocí y que jugaba conmigo a la guerra de besos, me regaló el último dia en que estuvimos misionado ahi, pintado con sus propias manos. Una estrella de mar que Cris me trajo de Natal; una piedrita hermosa y honda que Lau recogió para mi en el Parque Güel en que jugaba de chica; una amatista de las grutas de Wanda que mi hermana vio y "no podía no traértela ".
Eran mías, eran mi historia. Estaban siempre debajo de los libros, en la repisa de la biblioteca. Cuando ya no me entraban los libros empecé a amontonarlos uno encima de otro, pero no las quité. No quería quitarlas. Me hacía bien verlas, tenerlas, tocarlas, que me toquen.
Cuando me fui me llevé dos o tres. El resto lo metí en una bolsa y lo dejé con los libros, las cartas y todo lo demás importante que no podía traer porque pesaba demasiado. Porque, por una vez, tenía que ser más práctica que emotiva.
Cuando volviéramos, pensaba, podría mostráselas a él, podría verlas entre sus manos, contarle las historias, ver su piel en contacto con aquello que también era parte de mi. Ansiaba ese momento, fundirlo con mi historia, verlo habitarla; saberlo también ahí. Por eso no las dejé sólo con un dejo de tristeza, sino con esperanza, con un anhelo bueno delante.
Pero volví sola. Y mis piedras ya no estaban en la que había sido mi casa, sino que se las habían llevado a más de mil km de distancia.
Mi casa, en cambio, dejó de existir, aunque siguiera en pie. Y no hay donde mudar lo que no existe.
Algunas eran grandes como la palma de la mano que las había recogido. Otras pequeñas, diminutas casi. Pero todas eran bellas, todas eran recuerdo vivo de un estado de cosas, de una emoción.
Con el tiempo, también los amigos empezaron a regalármelas: acostumbrados a verlas sobre mi biblioteca de pino, tesoros pétreos de tiempos e historias, al ir a algún lugar algún guijarro les hablaba de mi, y me la ofrendaban amorosamente en el primer abrazo.
Tenían, algunas, escrito el nombre del lugar al que pertenecían; algunas otras tenían además la fecha. Aunque la mayoría hablaban desde la forma o el color, sencillamente: aquella hermosa piedra ovalada negra con puntitos grises, aquella noche privada era de San Juan, del dique de Ullum, de aquel verano en que mi hermana se casó y mi hermano volvió a casa. La pequeñita de color turquesa, con ese quiebre en un azul profundo, opaco, la había recogido en Bariloche, con An; nuestras primeras vacaciones solas. Decenas de caracoles de Costa Azul, en Uruguay, donde la infancia encontró la sal, el aroma de los eucaliptus y, con ellos, el virgen sabor del misterio de lo intensamente propio. La sobrecogedora geometría de las vieiras de Santiago de Compostela; piedras blancas, perfectas, de Florianópolis, de aquél verano en que estuvimos todos juntos por última vez y yo le dije a mi viejo que cruzó mi mirada un segundo antes de darme el mate: "esto se parece mucho a la plenitud" y él me sonrió lento y me dijo "tenés razón. Qué bueno que lo decís, no me había dado cuenta". Piedras rojas como la roja tierra de Misiones, tierra viva, y un caracol de tierra enorme, el más grande que vi en mi vida, que Elisa, una niña de tres años que apenas conocí y que jugaba conmigo a la guerra de besos, me regaló el último dia en que estuvimos misionado ahi, pintado con sus propias manos. Una estrella de mar que Cris me trajo de Natal; una piedrita hermosa y honda que Lau recogió para mi en el Parque Güel en que jugaba de chica; una amatista de las grutas de Wanda que mi hermana vio y "no podía no traértela ".
Eran mías, eran mi historia. Estaban siempre debajo de los libros, en la repisa de la biblioteca. Cuando ya no me entraban los libros empecé a amontonarlos uno encima de otro, pero no las quité. No quería quitarlas. Me hacía bien verlas, tenerlas, tocarlas, que me toquen.
Cuando me fui me llevé dos o tres. El resto lo metí en una bolsa y lo dejé con los libros, las cartas y todo lo demás importante que no podía traer porque pesaba demasiado. Porque, por una vez, tenía que ser más práctica que emotiva.
Cuando volviéramos, pensaba, podría mostráselas a él, podría verlas entre sus manos, contarle las historias, ver su piel en contacto con aquello que también era parte de mi. Ansiaba ese momento, fundirlo con mi historia, verlo habitarla; saberlo también ahí. Por eso no las dejé sólo con un dejo de tristeza, sino con esperanza, con un anhelo bueno delante.
Pero volví sola. Y mis piedras ya no estaban en la que había sido mi casa, sino que se las habían llevado a más de mil km de distancia.
Mi casa, en cambio, dejó de existir, aunque siguiera en pie. Y no hay donde mudar lo que no existe.
Las encontré en una caja, dos años después, mientras ordenaba las cosas que, una vez más, habría de llevarme. Las tuve entre las manos, las olí, las besé; pasé los dedos lento por cada muesca de la piedra, por cada grano, por cada poro. Erosioné también yo la piedra eterna, la piedra que siempre me alucinó pensar que existía hacía millones de años, que había salido del rebote perenne de las olas de océanos antiguos y presentes en todo el aire, del fuego, de la presión, del movimiento, del tiempo.
Las miré durante mucho tiempo. Y volví a meterlas en la bolsa. Y volví a meterlas en la caja. Y saqué la caja a la vereda de un pequeño pueblo con álamos al pie de los Andes. Y me fui.
Las miré durante mucho tiempo. Y volví a meterlas en la bolsa. Y volví a meterlas en la caja. Y saqué la caja a la vereda de un pequeño pueblo con álamos al pie de los Andes. Y me fui.
Hoy camino por una playa en la Costa da Morte, en Galicia. El cielo es de un gris luminoso que se confunde con el mar. Yo, como siempre, camino lentamente, me paro en la orilla y espero hasta que el mar venga a mojarme: ese ritual privado del encuentro, esa íntima alegría de la comunión con lo inmenso.
Casi sin darme cuenta me hipnotiza la belleza de una piedra negra con vetas rojas que baila en la panza de una ola pequeña. A la tercera vuelta la pierdo de vista en el blanco de las espuma. Pongo el pie a ciegas en la ola; cuando se retira, levanto el pie: la piedra está justo en el hueco que forma mi arco.
La recojo con gesto antiguo. Con gesto antiguo la paseo por la orilla, sintiendo su peso, con la mirada vagabundeando por el mar.
Me regocijo en el sonido tenue y tintineante de las piedras que ruedan a merced del vaivén de las olas, tan suaves, tan musicales, hoy.
La llevo conmigo hacia donde están los otros; terminamos el agua del mate. Cuando nos vamos, alguien me recuerda que me lleve mi piedra, que quedó sola, noche y sangre, encima del banco donde estábamos sentados.
No la cojo, no. Que quede ahí.
No tengo un espacio de pino y calor que ofrecerle.
Casi sin darme cuenta me hipnotiza la belleza de una piedra negra con vetas rojas que baila en la panza de una ola pequeña. A la tercera vuelta la pierdo de vista en el blanco de las espuma. Pongo el pie a ciegas en la ola; cuando se retira, levanto el pie: la piedra está justo en el hueco que forma mi arco.
La recojo con gesto antiguo. Con gesto antiguo la paseo por la orilla, sintiendo su peso, con la mirada vagabundeando por el mar.
Me regocijo en el sonido tenue y tintineante de las piedras que ruedan a merced del vaivén de las olas, tan suaves, tan musicales, hoy.
La llevo conmigo hacia donde están los otros; terminamos el agua del mate. Cuando nos vamos, alguien me recuerda que me lleve mi piedra, que quedó sola, noche y sangre, encima del banco donde estábamos sentados.
No la cojo, no. Que quede ahí.
No tengo un espacio de pino y calor que ofrecerle.
Tendré una casa, pienso de pronto, el día en que vuelva a juntar piedras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario