Me encanta ese cuento que ya no recuerdo cuándo leí por primera vez. Una historia de la Muerte que se encuentra con el sirviente (que a veces es un jardinero o un bufón o un cuidador de caballos) de un rey (que a veces es un comerciante o un marajá o un califa) en tal lugar (que a veces es el mercado y otras Turín y otras otras ciudades que no recuerdo). El sirviente, aterrorizado al verla, pide permiso a su amo y huye hacia un lugar lejano, a un día de viaje. El amo busca a la Muerte, entonces, y le pregunta por qué asustó a su sirviente de aquel modo. La Muerte responde que no quiso asustarlo, que sencillamente se sorprendió al verlo ahi, porque debía encontrarse con él al día siguiente en el lugar...hacia donde el sirviente huyó al verla.
Me gusta porque siempre me hace pensar en el miedo, en esa cualidad que tiene el miedo de llevarnos exactamente hacia el lugar del que queremos huir, sin que nos demos cuenta, pero por otro camino. La paradoja del miedo, la ironía del miedo.
No pienso en la fatalidad, en el destino. No creo en eso. Pienso en el modo en que un río como el Guadiana se sumerge en la tierra y parece desaparecer durante muchos kilómetros, pero está ahí, debajo, y luego resurge.
Pienso en el modo en que las cosas existen de otra manera, en el modo en que el camaleón tiene siempre la misma piel aunque cambie de color. Pienso en que las hojas de un árbol mueren y nacen otras, y sin embargo es la misma fuerza la que genera las dos cosas.
Pienso en que la única libertad que tenemos es elegir con qué nos equivocamos.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
martes, 29 de septiembre de 2015
Tiene sentido lo que te digo?. No sé decirlo de otro modo. O tal vez sepa pero no quiera; tal vez sepa pero lo que te diría de aquella manera sería completamente otra cosa, por mucho que fuera más comprensible.
Las palabras, pienso a veces, son como la música: no importan las notas, la métrica, la clara ejecución, el pentagrama, la lira, la afinación. No importa eso sino aquello que éllo evoca, eso que flota en el aire, que lo hace vibrar.
Así, el peso de lo formal está dado sobre todo por la capacidad de ser fiel a la musica (que siempre me pregunté si se inventa o si se descubre: estará ahí, flotando, hasta que alguien la "pesca" en un movimiento exacto del aire?) que se teje dentro o se sostiene de la pulsión de la sangre, venida de sabe dios qué zona inexplorada pero a veces vislumbrada de la propia humanidad (me vas a perdonar, seguro, que me ponga tan poética e inconsistentemente verborragica, tan difusa, tan absurda: no encuentro casi razón para no hacerlo, a estas alturas). El peso de lo formal está dado por su calidad de puente entre el adentro y el afuera, por el modo en que expresa o no un estado interno o una idea o una sensación.
Por eso decirte "gracias"me resulta, en un punto, difícil de hacer sin sentirme injusta. Porque decirlo sería decir lo comprensible, lo convencional (que no muerto, que no vacío ), y sin embargo es otra cosa, hay un algo más que ese acto no alcanza a tocar del todo.
Quiero decirlo aunque sienta que tampoco vos lo vas a entender realmente, y entonces me pongo a buscar, lúdica , concentrada (jugando, explorando el bosque cerrado y solitario, como siempre) imágenes, profundidades; hundo los pies en el barro y meto las manos y saco piedras y las lavo apenas con saliva y les quitó el fango y las miro y entonces las manos de nuevo y los pies y el resbalar y reírse un poco y seguir buscando, siempre buscando ese modo de decir que de alguna manera se escapa todo el tiempo al mismo tiempo en que está ahí y estoy ahí en él.
Decirte "gracias" es tocar con la punta de los dedos el cristal limpio, esférico, que guarda el tesoro vivo de una rosa.
Es andar descalza por un piso de porcelana verde en un recinto en penumbras.
Decírtelo es la temperatura de la sangre que entibia mi piel, es notar desde fuera el eco del latido que me nace dentro.
Gracias es entender que sin proponértelo siquiera has sido el vitral que propició el sonido de las piedritas que yo misma tiraba desde afuera para despertarme.
Te he llamado síntoma, testigo, vitral, caballero. Has sido mano abierta y palabra y tibieza. Has sido lugar etéreo donde danzar lentamente en círculos cuando ya no hay música y rocío en la oscuridad y algo más, algo, que no alcanzo a decir con palabras. Una sensación, una sospecha. Una cuerda de humo sostenida a través de un puente colgante sin barandas.
Aunque nunca hayas sido y no haya sido yo. Aunque tal vez no haya más que cinco o veinte noches en que me he sentido real, algo que existe realmente al hablar y al hablarte de ese modo que se fundaba con tu estar del otro lado y sólo así, sólo así este lado era el que era y no otro.
Por eso gracias. Por eso.
Porque aunque no sepa qué soy, se que he sido, entonces, en esos breves momentos.
Por ser provocación, por ser intriga que da la pauta de que uno sigue vivo de alguna manera.
Ahora quedan los libros y las cosas dichas, los momentos claros y laberínticos y la confusión que con todo alcanzaba a ser alegre y alivio y páramo.
También eso se irá, como todo. Pero mientras las cosas te nombren (mientras lo hagan y vos sigas andando y visitando catedrales y cementerios, librerías y sinagogas, bebiendo en los bares y riendo estrepitosamente pese al asco y la fiebre) las celebraré en silencio, te besaré húmedamente como se besan las estatuas de mármol olvidadas en santuarios de civilizaciones ya muertas, y acaso entonces como esas noches los segundos brillen en privado, sólo para mi, y algo te pique en la mano izquierda y la cierres de pronto suavemente y una sospecha leve, una intuición esquiva te haga mirar el aire casi imperceptiblemente y algo en vos se vuelva cuerda de humo, colores de vidrio, y comprendas, comprendas, entonces, sin saber bien qué, todo esto que te digo con notas en un pentagrama.
sábado, 26 de septiembre de 2015
Hay un sólo desafío. Sólo uno: llevar cada cosa hacia el centro de si misma. Poner la atención en el movimiento, como si estuviéramos creando el universo en el acto mismo de cortar una cebolla, encender el fuego, decir "viento", abrazar, mirarnos al espejo o meterse en el río: tocar el nervio, lamer la médula; volverse línea de humo que se adelgaza y se filtra por entre las palabras y los actos, entre los segundos y los sentidos hasta el epicentro, la raíz oscura y húmeda que pare cada cosa del mundo, la raíz de cada cosa del mundo que se manifiesta a través nuestro.
Ése, sólo ese, es el ámbito de cualquier victoria posible.
Sólo así se gana una batalla, más allá del resultado de la guerra.
martes, 22 de septiembre de 2015
En una calle de Santiago
Chopin impone el tiempo que las palomas, las piedras y yo compartimos.
Los turistas pasan, entretanto, ajenos a nuestra quietud de musgo, a nuestra realidad musical, llenos de colores y de prisas y de cámaras de fotos que no captan nada.
Ellos creen que son, ellos. Pero sólo nosotros, en nuestra pausa musical, en nuestra nocturna de lluvia lenta, en este ser sonidos que desaparecen, existimos.
sábado, 19 de septiembre de 2015
Hembra
Me siento a sentirla con un dejo de extrañeza, con un atisbo de asombro.
Como si al meter la mano en el agua tocáramos plumas.
Me siento a sentirla y es dulce la sensación que me recorre mientras la sangre sale de mi cuerpo. Mi cuerpo que entonces parece otra cosa; mi cuerpo que se vuelve cauce de las estrellas remotas y de las rocas diminuta que siguen la estela de un cometa que nunca ha tocado la luz del sol. Mi cuerpo que de pronto, con atávica sabiduría, se acompasa al vaivén de las mareas y circula, lento, en la misma espiral que describe el pétalo de la flor del almendro al caer, la cola del camaleón, los afelpados, efímeros, perfectos círculos superpuestos de una dalia
viernes, 18 de septiembre de 2015
Existe la Gravedad. Sin embargo, las planta se yerguen en el aire; rompiendo la resistencia del aire las esferas se precipitan hacia el cielo abierto (acercándose a otros ciclos gravitatorios pero sin llegar a ellos). Existe la Gravedad, pero las cosas flotan, se levantan, vuelan.
Existe un punto en la trayectoria en que de la Gravedad se deriva la Liviandad, y si sólo miráramos el pájaro en el aire tal vez nos animáramos a creer que es esa resistencia tenaz la constante, la eterna.
Pero existe la Gravedad, la fuerza que atrae cada cosa hacia el centro oscuro, caliente de la tierra sobre la que se sostiene para vencerla.
Así, finalmente, la flor mustia obedece la ley y deja su semilla, el pájaro cansado deja de batir sus alas y reposa para volver a emprender vuelo, y el amor termina.
martes, 15 de septiembre de 2015
Hago funambulismo sobre los recuerdos.
Los hilos finísimos, fuertes, se entrecruzan; autopistas del aire. El latido de mi corazón los deforma, los tensa o los afloja, y entonces pierdo el equilibrio y caigo: a veces me cortan los filos, a veces alcanzo agarrarme con una mano (todo el peso de mi cuerpo me tira hacia abajo: la tierra me atrae), a veces me enredo en ellos y quedo amortajada, pendiente, dolorosa. Dolorosa, no dolida.
Los hilos son una telaraña de acero que parece infinita e inútil. En días como hoy me pregunto si soy la araña o la mosca.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Días en que los minutos son cubículos que se achican inexorablemente
Alicia crece a la vez, lo ocupa todo
la masa informe de su cuerpo
Y por el minuto roto, hecho pedazos
salen sus rodillas y su pelo
(el minuto se encoge más y más
como una estrella que muere)
Salen sus manos raspadas
y el ardor y la carne
Y los cubículos se superponen
Y de nuevo el crack seco que los rompe
Uno y otro, uno encima de otro
Ella con cientos de minutos encima
que la comprimen y la cortan
que le amordazar el aire y las costillas
(Se comprimen uno sobre otro;
el ombligo es el centro de un agujero negro )
Días en que la marea de minutos
los cubículos encadenados la encierran
y es una pantera sin piernas ni garras
ni noche en la piel brillante y suave
Días en que la presión de los cubículos la vence
(Ella crece y crece, no cabe en el mundo)
Y estalla por fin
en un segundo exacto, irrepetible, eterno
la enana roja
de sangre y momento
En el cielo apenas un punto de luz que se apaga lentamente
Y silencio.
La espuma blanca sale de la boca, enferma, pulposa. Burbujas transparentes la traspasan, la colonizan, la inventan. El aire o las palabras, la sal o el ácido, la bilis rabiosa que me ocupa asi y asi sale, en un sólo vómito largo y lento que me nombra, que me interroga, que me llama siempre desde el fondo de una habitación acolchada y húmeda, cegada de luz. Hay los relojes y todo un concierto de grillos enormes que me soban la piel y el alma con sus patas peludas, exactas y verdes, sus tenazas abiertas, sus alas translúcidas y pegajosas.
Por fuera, me siento y miro la tele o escucho distraídamente el viento entre los árboles de un parque donde corren los niños.
Quito las algas pesadas, oscuras, de mi piel. Son cintas viscosas, larguísimas que me enredan, me amortajan. Abro los ojos en otro lugar. Todavía te veo, o a la sensación de vos. Las algas se rompen entre mis dedos pero quedan pedazos; me siento mojada y oscura y confundida; como si la noche siguiera y siguiera el sueño y la profundidad y un aroma de humedad y barro.
En la ventana también llueve. Yo quiero despertar.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Limpio la casa. Lentamente, mientras mastico sensaciones, limpio las mesas y los pisos, lavo la ropa y las cortinas, me subo a las sillas y rompo con los dedos las suave viscosidad de las telas de araña. Cuando termino veo que el pantalón nuevo (gris claro, dios mio, a mi sola se me ocurre) está todo manchado. El pantalón, la camiseta, mis manos pegajosas: todo evidencia la tarea.
Me río, como siempre, de lo torpe que soy. Y pienso de pronto, como un relámpago, que tantas manchas evidencian también un modo de hacer: no se tener cuidado. Nunca supe. No se vivir sin mancharme hasta el alma, para bien y para mal.
martes, 8 de septiembre de 2015
Los tentáculos morados, aterradoramente lentos, me aguijonean las piernas desnudas, el abdomen, el sexo, la espalda, los senos. Tentáculos violetas de puntas negras; aguasvivas enormes, pulposas me rodean: las esferas gelatinosas de sus cuerpos sobresalen del agua, como un campo minado.
Camino, intento caminar: mi cuerpo es una aglutinación blanca, blanda, incomprensible. Arde.
En medio del río, ya lejos de cualquier orilla, sólo seguir andando puede salvarme. Cierro los puños y los ojos; tenso la carne, muerdo el dolor. Mi pie derecho se despega apenas del fango del fondo.
El pez negro se mueve en el agua oscura. El pez. Lo miro. Siempre lo miro. Me hipnotiza su ondulación órfica, su forma de ser agua.
En el silencio, absorta, me parece incluso oír el roce gutural que produce en el agua casi atérmica, onírica, fantástica.
Lo miro moverse. Lo miro. El pez.
De qué está hecho, el pez?
sábado, 5 de septiembre de 2015
Entonces sabrás
que soy esta fuerza terrible
que todo lo quema
Y esta agua profética
que todo lo apaga
El viento inclemente
que todo lo mueve
La quietud inmensa
que todo lo colma
El rayo furioso
el pétalo herido
Soy el huracán que arranca de cuajo
arboles centenarios
y la tierra que queda, estóica,
guardando las semillas
en la oscuridad sangrante de su vientre
martes, 1 de septiembre de 2015
Limitaciones de los mapas
La lógica, como coordenadas
La filosofia, como directiz
Las palabras, como hitos
Los actos, como pasos
Pero la tierra, la tierra honda
la tierra negra
la tierra húmeda
la tierra
no tiene otro lenguaje
que el silencio