Ahora tengo que saber, de nuevo, para qué. Ahora que sonrío, ahora que la luz es la luz de nuevo, ahora que si siento mi corazón latir en la oscuridad de la cama no me desconcierto y vuelve a ser algo que, de alguna manera, consigo -si no entender- por lo menos aceptar; ahora tengo que volver a saber para qué. Tengo que volver a tomar la decisión, o a verla.
Tengo que saberlo porque quiero saberlo. Tengo que saberlo para hundirme en la incertidumbre como un ejercicio de la libertad.
En aquellos tiempos, mientras hacía la maleta tres veces por día metiendo y sacando cosas, feliz y aterrada, desbordada e inmensa; mientras me despedía de mi gente, mientras estaba más cabalmente viva de lo que nunca había estado antes (en aquellos tiempos en que, por primera vez en mi vida, había sido completa, desquiciantemente honesta conmigo misma), no dejaba de sonar en mi cabeza esa cancioncita que todo el mundo califica de más bien light de McCartney en que el pulso que desconcertó a tanta gente tantos años no era otra cosa que su pie marcando el ritmo (su pie, como un instrumento: qué hermosamente simple me resulta ese desconcierto, qué elocuente, qué simbolo de tanto), Blackbird:
“all your life you were only waiting for this moment to arise”.
Me acuerdo que se lo comenté a élla y me enteré entonces de que era también una de sus canciones preferidas. Me acuerdo de que me dejó decirle que lo que me encantaba de esa canción era sobre todo ese verso que puede -con un cierto contorsionismo lingüístico- leerse de las dos maneras y cualquiera de las dos es una pequeña supernova: “toda tu vida estuviste esperando que este momento llegara” o “toda tu vida estuviste esperando por este momento para surgir” (o levantarte, ponerte de pie; incluso “amanecer”, si me apuran un poco y me permito todavía más caprichos/licencias poéticas).
Yo sentía eso. Y no es que hubiera estado esperándolo a él. A él no podría siquiera haberlo imaginado, como me dijo él una vez que le pasaba conmigo. Pero esperaba sin saberlo ese momento de poder decir sí. De poder decirme sí, joder, sí, aunque todo. Sí porque sí, porque da igual lo que sea o lo que parezca, lo que convenga o lo que puede pasar: sí porque lo siento, porque es lo que la sangre me pide, porque si me quedo quieta los pies me llevan hacia él, y es eso lo que importa. Sí.
Luego pasó todo lo demás, y todavía hay algunos días en que me río sola cuando me doy cuenta de que discuto conmigo misma, como es costumbre, hasta que buscando la raíz una de las muchas dice que el agradecimiento tan prístino que siento ahora no viene de la aceptación ni mucho menos de la valentía, del aparente heroísmo de aquel que todo lo supedita a su Verdad “vamos a ver: NO -me digo, regia, casi marcial-. No agradezco que todo eso haya pasado, incluso aunque tener que atravesarlo haya traído estados de conocimiento que no hubiera conseguido de ninguna otra manera. No soy ni remotamente tan valiente: yo hubiera preferido no enterarme nunca de nada. Lo lamento por los gurús del “crecimiento personal”, por los psicólogos y su resiliencia, por los valientes, por los que elegirían pasar por lo peor si es eso lo que los lleva a aquel lugar donde genuinamente quieren estar, pero, no: yo me cagaría alegremente en cualquier forma de sabiduría si hubiera conseguido estar bien con él…sobre todo porque si lo hubiéramos logrado eso hubiera sido, sin duda, una de las formas de la sabiduría”
No agradezco que haya pasado lo malo pero, dado que pasó, agradezco haber tenido la cabeza lo suficientemente dura como para seguir.
Seguir para encontrarme en este punto de nuevo.
Seguir aunque no pudiera siquiera imaginar que había algún punto por delante.
En este punto que no es “de nuevo” sino “nuevo”, porque es tan cabalmente distinto del previo, soy tan cabalmente distinta (aunque las manías y las formas, aunque los miedos y las alegrías, porque finalmente las distintas capas de la tierra no hacen más que señalar el tiempo ido aunque los materiales sean los mismos) que la reincidencia cabe como señal por un mero sentido de economía, por simple vagancia explicativa y, al mismo tiempo, por férrea justicia poética: hay que volver al lugar imposible para saber que no existe; hay que pararse sobre la nada y sentir el viento en las plantas de los pies desnudos y verse las manos cortadas y la sangre seca y la sonrisa mojada, y hay que cantar bajito Blackbird para darse cuenta de que tampoco hoy, tampoco ahora sé qué espero, pero espero algo; sé qué construyo, pero construyo algo.
La materialización de “eso” adquiere a veces unas manos específicas o el contorno de una ciudad particular o el aire de un estado como la paz o incluso la idea de un estado que soy incapaz de imaginar siquiera, por ejemplo, pero cuando estoy algo más lúcida que de costumbre alcanzo a ver que eso en realidad es lo mismo que lo que hago con las palabras: es la necesidad de darle forma a lo que es informe, indeterminado.
Es, justamente, una materialización, una concreción, pero es siempre lo otro, lo de debajo, lo de detrás lo que importa. Sí, incluso aunque sólo a través de lo físico, de lo material aquello tenga un modo de existir; incluso aunque el puto idealismo y mis discusiones acerca de la realidad y los modos de ejercer la cobardía a través de la persecución de lo inalcanzable.
A esta altura el desafío que enfrento es el de encontrar el modo en que lo absurdo, lo ridículo, lo irracional encuentre un modo de entrar en la realidad que se disfraza de coherente, de racional, de aceptable sin que necesite justificarlo de otro modo más que dándole el derecho que le corresponde. Necesito sacar el inadvertido fatalismo del medio, validar para mi misma mi propia mirada; encontrar los modos en que lo que quiero, creo, siento y veo tenga un modo de existir que pueda, sin renunciar a si mismo, construir algo medianamente (co-)habitable en el mundo de los otros.
Es el desafío que he tenido siempre, sólo que recién ahora se me ocurre que sea algo francamente voluntario, algo que puedo decidir, moldear, “solucionar”, e incluso desechar, si es lo que elijo. Pero, elegir.
Y es entonces que al borde del abismo puedo reír, como entonces, con una única diferencia: ahora que (siento? o me pregunto? o ambas?) nada me importa realmente, ahora que “ahora” no es lo necesario para que “lo otro” llegue, ahora que contemplo con simple perplejidad y una sospecha de soberbia la sensación de que ya he dado el grito del que habla Kazantzakis
1 , ahora que por momentos tengo esta extraña sensación de que no hay otro borde al otro lado del abismo, que no hay otro lado del abismo, ahora…ahora puedo volar, si me da la gana. Sólo si me da la gana.
Y cuando llegue “lo otro”, lo que sea que sea, sé que voy a volver a creerlo todo con la misma pasión. Sé que voy a ser capaz de contradecir todo lo que haya pensado si desde dentro es otro el impulso; sé que el temor me va a obligar a preguntarme si el espejismo es lo infinito del abismo o la otra margen que de pronto parece aparecer.
Sé que no he aprendido nada que pueda decir. Que sólo lo que me mueve puede dar cuenta del aprendizaje, y que incluso eso ignoro (tan torpe, siempre, queriendo ponerle palabras a todo; tan torpe, tanto. Tan terca y maravillosamente torpe)
A veces hay que preguntarse si es sólo a fuerza de ser tan imbéciles que resultamos tan fructíferos, y que responderse, de vez en cuando, que la realidad en que vivimos es la respuesta más clara que puede darse.
1- "Todo hombre tiene un grito que lanzar antes de morir, su grito. Hay que darse prisa para tener tiempo de lanzarlo. Ese grito puede dispersarse, ineficaz, en el aire; puede no hallarse ni en la tierra ni en el cielo un oído que lo escuche; poco importa. No eres un carnero, eres un hombre; y hombre quiere decir algo que no está cómodamente instalado, sino que grita. ¡grita tú; pues! Mi alma íntegra es un grito y mi obra íntegra es la interpretación de ese grito!" o " He venido a este mundo por algunos instantes y quiero lanzar un grito y partir. Nada más".Nikos Kazantzakis, Carta al greco