No sé a qué responde el impulso, pero a esta altura he llegado a darme cuenta de que lo sigo ciega, invariablemente: sólo cuando la palabra es la que internamente necesito que sea puedo descansar.
Vivo en la tensión de encontrar la palabra.
Y si la encuentro, aún cuando nadie más la vea, me quedo con élla, acariciándola suavemente como a un pájaro mojado.
“No se trata de hablar, tampoco de callar: se trata de abrir algo entre la palabra y el silencio”, dice Juarroz.
Aquí se termina este camino; este reflejo de la imposible luna en el agua.
A todos los que, con silencio y constancia, con intriga y desconcierto, con curiosidad y la bendita humildad que nos empuja a asomarnos a otros mundos, han andado por aquí, han mirado conmigo: gracias.
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