Qué torpemente extrañabas
mis letras, mis escritos
mi forma de mirar
Estaba ahí, delante tuyo:
Mirarte
Acariciarte
Amarte de ese modo
tan total
Ese era,entonces
mi modo de hablar
de decir
de escribir
de hacer poesía
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
Qué torpemente extrañabas
mis letras, mis escritos
mi forma de mirar
Estaba ahí, delante tuyo:
Mirarte
Acariciarte
Amarte de ese modo
tan total
Ese era,entonces
mi modo de hablar
de decir
de escribir
de hacer poesía
Podría ser coherente
Racional
Madura
Realista
Podría ser normal, ajustarme a la anchura de las cosas que han pasado, a su profundidad, a su peso histórico. Podría. Deberia, incluso.
Pero, ya ves, nunca he sabido cómo no ser la que soy.
En cambio me entretengo sumergiéndome en las palabras, tocando lento las cintas de colores que cuelgan dentro de las palabras: vago por sus grietas, me resfriego en las paredes húmedas, huelo hondo el olor a barro y a silencio. Me divierto pasando la mano por la idea de que me pienses como se acaricia un gato dormido. Sonrío traviesa imaginando tu mirada fija, cálida sobre mi. Adivino tus palabras, invento conversaciones.
Me amparo en el secreto y juego. Juego sola y me entristece y me divierte este secreto que no imaginás siquiera, que no existe en la realidad de los hombres.
Entonces puedo inventar tu piel y acariciarla lento, con pulso musical, con gravedad lúdica. Puedo ver los colores verdes de la aurora boreal desarmarse sobre nosotros mientras andamos por un camino de tierra. Puedo imaginarme que me abrazas con ternura, sintiendo, y la tibieza de tu cuerpo y un modo sutil de abrir las cosas sin ruido, como si las florecieras.
Lo bueno de los juegos es que existen sin existir, son como los sueños: lo incorpóreo los funda, tienen su matriz en los gestos del viento, son volátiles y ciertos, los funda el asombro; y entonces, en esa realidad inventada, en ese carrusel de aire, no hace falta que te explique nada, ni que sea coherente, lógica, sensata, madura, responsable.
Ahí, aquí, puedo hacer, sencillamente, lo que me da la gana. Puedo no tener responsabilidad, puedo crear y abandonar a mansalva la creación para ir a crear otra cosa, para verte sin que seas ni sepas, para seguir recreándome en el acto demiúrgico porque sí, por el puro placer de las burbujas de jabón.
Soy un dios caprichoso que juega en un universo deshabitado.
"Las cinco de la madrugada, la lluvia en mis zapatos...piensa en mi"
Sonrío melancólica, pensando "cuidado con lo que deseas..."
La ciudad como construcción. Como construcción histórica. La ciudad como acumulación histórica, como superficies superpuestas; ensambles temporales. Hollín, sangre seca, asbesto, mugre.
Cuando pienso en Buenos Aires, ciudad que se construye sin duda de modo distinto que las ciudades europeas, pienso en inmensidad. Me invade la imagen de vacío, de páramo seco, de agrestes ocres
Buenos Aires era una pared en la llanura , una voluntad nacida y ejercida desde la soledad de lo inmenso. (De dónde salen, de dónde fueron saliendo las líneas que la conforman?. Nadie la imaginó: Buenos Aires se construyó a pulso de ola humana; los limites de lo inmenso/bárbaro/misterioso conquistados, comidos por la marea indomable)
Que eso sí lo iba a extrañar: el espacio que yo era para jugar con las palabras. Que eso que le había dado no lo había tenido nunca antes y sabía que no volvería a tenerlo.
Con los ojos hechos agua me lo dijo, ese día. Con las manos rojas y el fuego quemando el cuerpo.
Yo lloraba. El me dijo -enfatizado el gesto, entrecerrando los ojos- "estás preciosa". Sentí que me clavaba una daga muy filosa, plateada, brillante, limpia.
Las palabras. Las palabras que nos unieron, las palabras que nos separaron. Las palabras que anduvimos y abrimos y miramos.
Las palabras que se volvieron bloques de cemento sin inscripciones legibles. Las palabras que te cerraban el paso, que te impedían ver. Las palabras...
Yo extrañaba tu aire. Tu modo de mirar. Tu olor. Tus gestos. Tu forma de darte. Tu confianza. Tu voz.
Tu voz: no tus palabras.
Ahora tengo que tocarlas
despacio
Están ahí, son las mismas
Pero son otras
La piel es nueva
la piel
Tengo que rozarlas lento
susurrando
como a un niño que duerme
Su fragilidad se esconde
en la distancia
No sé qué hay entre la piel
y la raíz
Es necesario acercarme lento
dulcemente
sentirles el calor que irradia
antes del tacto
En puntas de pie las miro
conmovida
Duermen secretas
su mundo de sentidos
Respiran acompasadas
al ritmo de la marea
No he de despertarlas, no:
las meceré en silencio
Tararearé suave
con los labios cerrados
tibios
una melodía
Y en el vaivén de mi cuerpo
serán poesía
Y esperaré paciente
a que salgan del sueño
En medio del horror
una mano anónima
rota también
también sola
se estira
para dar cobijo
a otra mano
que tiembla más que élla.
Porque sí, porque puede.
Es sólo un segundo,
de los miles de millones
de todos los tiempos
de todos los universos posibles;
Un mínimo segundo:
Nada salva
Nada evita
Nadie se entera de su existencia:
No modifica realidades
No cambia el rumbo de un país
No quita el hambre
Ni previene la matanza
Ni sana la mente del pedófilo
Ni corta el espanto de la cadena
Ni devuelve la inocencia al niño violado
Ni cura la carne enferma
Ni sana el dolor de la pérdida
No devuelve la dignidad al maltratado
Ni convierte en honrado lo infame
No cuida lo sagrado del cuerpo mancillado
Ni despedaza la traición
Ni desarticula la violencia
No resuelve la injusticia
Ni quita el cuchillo de la carne abierta
No transparenta las mentiras
Ni colma las ansias de amor
Ni encuentra a los perdidos
Ni detiene la bala asesina
Ni explica la crueldad
Ni amaina la soledad
No hace que dejemos de ser Hombres,
sino, mas bien,
todo lo contrario.
-Me gusta mirarte. Es gracioso porque, fijate: no sos ésto -toca su mejilla-, ni ésto - toca su ceja izquierda-. No estás acá -sus dedos rozan sus labios - y nada tuyo puede decirme ésto -dice mientras el dedo índice se detiene en su mentón -. No hay nada tuyo que pueda tocar realmente y, sin embargo, me gusta mirarte. Como si los ojos o la piel o las manos sirvieran para algo. Como si lo que viera no fuera en realidad algo que no se ve
No sé por qué habría el Funes
del querido y jodido Viejo
lamentarse tan ampulosamente
de la Memoria:
la Imaginación excede con mucho
sus martirios.
Ya quisiera yo tener la gracia
de entristecerme sólo por lo perdido
(algo cierto habría así que defender
desde lo palpable de la existencia)
en lugar de ver deshacerse
una y otra vez
mil mundos posibles
mil posibilidades por segundo
y llover mansa, pesadamente
sobre lo que nunca
jamás
existió
(crecer musgo sobre ninguna piedra:
verlo morir todo
antes de nacer)
Ensimismada en el sofá y la tarde, pienso en los reflejos, en los símbolos. Pienso que todo lo que existe es reflejo, manifestación de otra cosa; que todo es significante de un algo incorpóreo, subyacente.
Repaso con los ojos los objetos de esta casa que habito y les busco la historia, les escucho los sentidos (me sacudo al Caeiro de Pessoa que me susurra:"las cosas no tienen significación, tienen existencia. Las cosas son el único sentido oculto de las cosas"; le digo que sí, que ya sé, que se calle, y juego): el florero viene a decir el significado personal de las flores, la televisión, una época y una costumbre, el armario, un estatus.
Así cada cosa habla de la construcción de una identidad y al mismo tiempo refleja un modo de ser y vivir e interpretar. Cada cosa es un símbolo de quien las posee y a su vez el que las posee es símbolo de una temporalidad, unas circunstancias y el modo en que las habita y lo constituyen a su vez.
Somos en el acto de ser y a la vez somos otra cosa, somos algo más que se expresa a través nuestro. Somos reflejo de lo incorpóreo al mismo tiempo que somos reflejados por lo físico y lo no físico. (Cómo se puede ser tanto a la vez?)
El hilo invisible que enhebra cada cosa que existe (cada cosa, cada hombre, cada acto, cada idea) es inaprensible y omnipresente (y grave, claramente).
Hasta que levanto del todo la persiana para ver el atardecer y me quedo prendada de un árbol amarilleando ya, obediente del pulso del otoño, movido por el viento. Y me oigo preguntar: "y el viento, de qué es reflejo?"
Desde que nos conocemos me decía que ese libro la hacía acordar a mi.
Ella, que es todo misterio y todo sensación; élla que siempre me habla como si yo entendiera perfectamente de cosas que no entiendo, que tiene esa generosidad inmensa de abrirse para mi y dejarme hablarle también de cosas que pareciera que entiendo perfectamente pero que tampoco entiendo. Élla, que me abraza celeste lago y nos vuelve barquitos de vaivén musical en la cocina de su casa; que se encuentra conmigo en la región donde no hay palabras.
Me dijo que me lo iba a regalar(toda la gente que es conmovedoramente importante para mi me ha regalado un libro, pienso de pronto), y lo hizo: lo buscamos juntas la última vez que estuvimos juntas (y ella lloraba porque yo me iba, y yo me iba en sus lágrimas, me hacía agua ahí, en el latido dolorosamente dulce y luminoso de la sorpresa y el amor ), porque no lo encontraba.
Lo leo hoy, a 11000km y más de un año de distancia. Y me siento traidora y sabia cuando lo cierro cada vez que termino de leer un poco y pienso, siento, que no me importa mucho lo que dice, que el regalo no son las palabras ni las sensaciones que suscita, sino su recuerdo, los subrayados que hizo y los papelitos que dejó entre las hojas; saber que sus ojos anduvieron estos los mismos renglones, que su aliento tocó las mismas páginas que ahora toca el mío, y sobre todo, la dedicatoria:"Para un corazón como el mío", puso.
Me siento latir nuestros corazones, mientras lo leo.
Fijaros (sí, dije "fijaros": curioso)
por ejemplo en este pedacito
minúsculo, casi insignificante
de materia, tiempo y espacio
que es mi dedo índice:
con él puedo señalar la luna
y tocar un lunar
Puedo hacer un hoyo en la masa del pan
y otro hoyo, y una surco
y hacerle al bollo una carita
Puedo meterlo, sucio, en una herida abierta
Puedo también -convención mediante- pedir silencio o la palabra
llamar a alguien golpeándole el hombro
o a un camarero golpeando el aire;
dejarlo caer enérgicamente sobre una mesa
enfatizando un punto
Puedo hacer una pierna izquierda
si su hermano mayor quiere caminar
Puedo acariciar el borde de la copa de vino
mientras te miro
Además puedo apretar infinidad de botones
con sus signos correspondientes
Puedo meterlo en las muescas
de la piedra grabada de una tumba
de un templo
de una casa;
en las muescas de la madera cortada
o verde
Puedo recorrer suavemente la línea de tu espalda
Jugar con mi pezón
Escribir mi nombre en la arena
Sacar un pedacito de pintura de la pared
Morderle la uña mientras pienso
Sacarle sonido a una cuerda tensada
Meterlo en el dulce de leche y después en mi boca
Señalar acusatoria
y el camino correcto o el equivocado
Rascarme alegremente
Tensar la cuerda de un barrilete
Enrollarme el pelo
Secar una lágrima
Mojarlo en agua y en ácido
Tapar con tierra una semilla minúscula
Acariciar un conejito
Ponerlo en el borde de la copa
para que no rebalse la espuma
Seguir la lectura en un renglón
o la linea de un camino en un mapa
Puedo tocar el musgo mullido
sobre una roca en el mar
el lomo de un gato
el obturador de una cámara de fotos
el centro de un girasol
el borde de una mesada
la puerta de una sinagoga
la punta de un lápiz
los fotones imperceptibles de la luz
el borde de un cuchillo
el pie diminuto de un recién nacido
el fuego
el tejido hecho por la mano amiga
el interior de un caracol
la hierba silvestre al lado de un castillo en ruinas
Fijaros, fijaros en mi dedo indice:
esa potencialidad pura
esa herramienta de lo que me habita
tan poderoso como el resto de mi;
tan perenne, tan efimero.
Me maravilla mi cuerpo,
este campo de batalla
de tantas guerras
Esta agua en que fluyen
tantas memorias
Esta carne que pare
tantas caricias
Este reflejo que mira
tantas luces
Esta hierba que muerde
tantos vientos
Este piel que tus manos desnudaron
Estos pies que anduvieron por tu tiempo
Estas manos confundidas con tu pelo
Esta boca que se abría a tu aliento
Este pelo rebelde, incomprendido
que se soltaba para vos
Esta cosa física, palpable
que se mueve sólo por lo invisible;
por fuerzas ciclónicas, sutiles
Esto animado por lo incorpóreo:
la voluntad, el deseo, las creencias,
los miedos, las interpretaciones, las ideas...
Moverse hacia adelante (pasar por alto el impulso de preguntarse infantil, seria, lúdicamente acerca de la linealidad del tiempo) y mirar hacia atrás. Sonreír apenas recordando es(t)os tiempos en que el placer era llegar, poner los pies en alto y tomar mate en soledad
En que miraba, furtiva, amanecer sobre Santiago, mientras servía desayunos a viajeros.
En que caminaba 3km a las seis de la mañana, aún de noche, para ir a trabajar
En que corría frenéticamente por los pasillos de un hotel buscando leche
En que todas las casas eran prestadas, para suerte y maldición
En que el dolor se empezaba a asentar, y quedaba la tibia nostalgia de tanta ternura
En que caminaba 3km de vuelta a casa, a la madrugada, y era feliz en el silencio y las luces de los semáforos y las hojas de los árboles como un secreto sólo para mi
En que sonreía sola en cualquier momento, con una mezcla de nostalgia y burla, pensando en algo que él había dicho o yo había imaginado, querido, supuesto, interpretado. En que echaba tanto de menos ese breve páramo de palabras, de gestos sutiles
En que mis pies y mis manos, llenos de ampollas, heridas y cortes, me dolían como si recién hubiera empezado a usarlos
En que el mate...(dije ya el mate?bueno, no importa: el mate, el mate: ese modo de estar en casa)
En que era sobre todo de donde venía y no podía hablar sin despertar curiosidad
En que me reía sola, en silencio, en cualquier lado, porque todo me parecía un juego y nadie se daba cuenta
En que me planteaba seriamente hacer cosas que hace mucho queria hacer ni bien tuviera oportunidad : estudiar francés, violoncelo, viajar más.
En que volvía a leer al sol, sentada en una plaza, esperando cualquier cosa, con el pelo suelto en el viento, rodeada de castañas
En que la Vida se había convertido de pronto en un tejido vivo en que yo era apenas una célula de un órgano que se limitaba a hacer lo que el latido marcaba, sin entender del todo cuál era su función, pero maravillada de su propio núcleo.
En que los amigos despedazaban la distancia a cada rato y yo miraba, sorprendida y agradecida, los jirones ondear detrás de sus gestos
En que aquello era Camino que me llevaba hasta este ahora que será, y que aún ignoro.
Rozar con dedos de niebla
la sombra de tu intimidad
Que aparezca entonces
fulgorosa
la piel de tu centro
(creada mágicamente
por mi tacto )
Y cuando por lo que ahora es la carne de mi pantorrilla derecha
(que miro con curiosidad de pronto, cruzada
sobre mi muslo izquierdo,
como si la viera por primera vez)
trepen gusanos blancos, diminutos, ciegos
nada podrá quitarme la quietud de esta tarde de lluvia
el martillo muerto del segundero del reloj
el aire que ahora respiro y que entonces también será
-como decía Borges de la lluvia-
algo que sucede en el pasado
el libro abierto sobre la mesa y la luz
sobre la calma y el silencio
Este secreto, éste, ahora
será mío por siempre
cuando nadie haya ya para medirlo
(Y esa, la del Pretérito perfecto -perfecto pretérito, tan angular, tan exacto-, es la única eternidad
que nos está permitida)
Le siento las costillas, de costado en la oscuridad. De a una las vigilo, curiosa. El ombligo, la leve dureza del vientre bajo la grasa; la hondonada de la cintura, la curva de la cadera. Juego un poco sobre el filo del muslo derecho.
Dormida aún, o tal vez algo más despierta, me oigo pensar "mi cuerpo es algo que un día empezó".
Pasan los años y no dejo de asombrarme.
De la brea humeante
la veo surgir:
como de un parto silencioso
lento
emerge desnuda, cruda
desprotegida, poderosa
Me mira fijo
sin pretensión realmente
sin juicio ni desafío
Sino como una constancia
un aviso, una calma certeza
("Soy.-me dice-
No podrás evitarlo")
Siento, sé
que va en tu búsqueda.
A veces la veo ondear, leve, contra un cielo quemado, cegador, post nuclear.
Las ruinas parecen a la vez nuevas y eternas.
Hay algo dulce en la forma en que la piedra yace desperdigada, algo que no logro definir, como si albergara pequeñas criaturas fantásticas, peludas, suaves, que sólo ahí existen.
Todo son ruinas. Todo.
Llena el aire un silbido apenas audible que se pierde en el espacio
Pero a veces la veo ondear, estóica, sobre lo que fue. Y sé, aunque no lo veas, aunque no haya servido para hacerte bien, que el amor que el encontrarte hizo nacer en mi es la única, la más grande victoria que tengo. Y que repica, glorioso, sobre toda la derrota.
Hacer cuatro pliegues en las puntas
perpendiculares al centro
En el ángulo superior derecho
doblar nuevamente el vértice
hacia arriba
(quedará de este modo
un hermoso paralelogramo
donde descansar de los recuerdos )
Las otras tres puntas llevarlas
con contenida violencia
hacia el centro
Dejar caer una gota de saliva
(si es como resultado del llanto,
mejor)
Mojar los bordes; dejarlos secar
en el aire de una canción posible
En la ondulación del papel- ahora húmedo-
dibujar líneas azules, leves
como plumas
Estirar el paralelogramo
hasta el confín mismo del papel
Marcar con la uña, firmemente, el precipicio. Mirar con recelo
y con algo de nostalgia.
Plegar los bordes derecho e izquierdo
sobre si mismos
siete veces
(notar con asombro casi metafísico
el modo en que los triángulos
son fractales imperfectos)
Agujerear el centro, de ser posible, con el canto de una palabra
Pasar por el orificio un hilo de sangre
Repetir el proceso cuantas veces sea necesario
para cconformar por fin
el emplumado ejército de papel
que inutilice
la inutilidad
de este silencio
No tengo siquiera lugar
donde rendirme
(a menos que piense en el mundo entero)
La toalla cae siempre
lenta, ondulante
interminablemente
(A veces sencillamente quiero
que toque el suelo
de una puta vez)
Porque se tiene conciencia de la inutilidad de tantas cosas
a veces uno se sienta tranquilamente a la sombra de un árbol —en verano—
y se calla.
Angel González
Por eso siempre me fascinó el mito se Sísifo. Por eso siempre me conmovió la historia de Casandra. Por eso Eco es muda. Por eso.
La condena no es el dolor, sino lo inútil de lo que lo provoca. La condena no es el sufrimiento, sino la inutilidad del sufrimiento.
No es, ni remotamente, haberte querido lo que me duele. Es lo inútil de haberlo hecho. Es haber quedado, pese a todos los intentos, del otro lado de tus muros infranqueables; vos, llorando de un lado, yo, del otro.
A veces crezco
tristemente
Maduro en el peor sentido
Se me va el agua de la voz
Y soy un niño que sostiene
frente a si
atónito
Un montón de algodón y de poliester
dos pedazos de plástico por ojos
Hilo de colores formando las patas
Y hasta una etiqueta con código de barras
Todo eso que un día
fue un amigo, un refugio
Esos días quiero
apenas
-como única manera de romper
desde adentro
los relojes-
sencillamente (con rumor de lluvia)
mirarte a los ojos
A veces me olvido de esto de ser uno mismo
tan envuelta, yo, en mis espirales cíclicas
Y quisiera arrancarme los brazos para dártelos
Y hacerte una almohada con la ondulación de mi pelo
Sacar de a una las notas de mi voz
y mandártelas en un paquete verde lleno de palomas
Quisiera defenestrar toda mi carne
todo mi tiempo, toda mi vida, todo mi todo
toda esta humanidad que dejó de serte suave
Deshacerla para devolverte lo perdido
Deshacerla por que la odio porque te lastima
Como he odiado todo lo que te hacía daño
cada vez
Incluso a vos mismo.
El badajo golpea el aire, se balancea hermosa y musicalmente, péndulo de viento, todo el tiempo.
Pero no es hasta que estás, hasta que la luz de tu presencia lo mira en su movimiento y le da un ámbito, un límite etéreo forjado de rotunda atención, de historia y tiempo, del noble metal de conocer la esencia de mis silencios, que mis palabras suenan y su voz rompe el aire.
Sólo en vos puedo decir realmente algo, a veces. Sólo en vos tengo voz. De otro modo, tengo sólo palabras.
Para acabar con una enfermedad, basta con destruir todos los vectores.
Para acabar, en fin, con la idea generalizada del amor, de eso que llaman amor, bastaría con dejar de poner el acento
en el otro
(Cómo todos los dogmas, las instituciones, los vínculos, las ideas, cómo todo de pronto se me vuelve pristinamente lo mismo: es por la infantil ilusión de que haya algo que se diferencia del resto del mundo y que le da sentido -una profesión, un ideal, una persona, un valor-, por esa primaria necesidad religiosa, que la voluntad y todo lo que de ella emana, se enferma)
En una linea de tiempo, cada momento, cada cada gesto, cada punto es una puerta. Se abandona la bidimensionalidad y se cae ciegamente en una profundidad atestada de símbolos y significados y raíces y reveses. El hombrecito bidimensional camina de canto sobre cada punto del gráfico y desaparece a cada instante embebido, imbuido; partícula que se hunde en el vértice profundo, perpendicular del gráfico, hacia dentro del gráfico, hacia dentro de la forma de mirar, de oler un libro, de mover la mano derecha al pronunciar la palabra "eclosión " o sentir el peso de una pluma caída.
Por eso es difícil andar y hablar y decir. Por eso: me caigo y salgo, cada vez, de las dimensiones insospechadas de cada cosa; me obnubila la profunda oscuridad, la cuna, la matriz de los puntos.
Porque en principio la leí en francés, y busqué lo que era y me pareció una palabra hermosa y sincrética. Por eso la uso sin castellanizar.
La uso y me divierte usarla (así como me divierte ahora responder una pregunta que jamás hiciste y que probablemente nunca te hayas hecho siquiera y qué importa si me da ésto, si es algo que hace brotar las palabras desde mi, si es un camino hacia lo que quiero decir, en fin, y me divierto transitándolo). También por eso. Porque cada vez que la uso algo en mi se ríe un poco, se divierte niñamente. Por eso uso la mayoría, en realidad, que parecen desencajadas. Porque escribir también es un modo de jugar, y uno cuando juega se inventa el mundo, danza en los círculos privados de la imaginación y el sentido, aunque por fuera sostenga un caballo de plástico rojo solamente.
Entonces "naive" viene a decir lo que dice pero también otras cosas. Dice mi risa y mi gusto por la música, dice pastel y dice que la traducción llegó luego y me gustó menos. Dice capricho y dice qué más da?. (Dice también lo mismo que la costumbre de no poner los signos de interrogación o exclamación al principio: no la copia pueril de una ortografía extranjera, sino el permiso propio de que la costumbre por mero capricho o vagancia prevalezcan sobre el deber. Y dicen la risa por esa secreta, inútil, lúdica forma de auto-rebeldía ). Dice la distancia entre las traducciones y la pregunta por ese espacio: dice que adaptar una palabra a un habla no es traducir, y entonces dice también una queja, en su vertiente más seria pero menos importante.
Pero sobre todo, dice que me gusta más. Dice que el lenguaje es siempre privado porque lo que se dice realmente con las palabras que elegimos tiene un correlato interno tan presente que sólo aquellos que conocen nuestra intimidad mas allá de las palabras pueden leer lo que uno dice realmente con éllas. Porque siempre hay un trasfondo, siempre: siempre hay un "saber qué" exactamente que es definitivamente interno, pulsión, música, un algo inaprensible que sólo se capta a través de los signos pero que no es el signo.
Para escribir, en definitiva, soy bastante caprichosa, a veces