viernes, 29 de abril de 2016

Soy un cuerpo
Tengo volumen y uñas
Pelos que arranco
con obediencia y sentido del ridículo
Tetas que se calientan y se hinchan
cada ciclo lunar
Lunares
que siempre quise contar y nunca pude
Soy esta boca que han mordido
y esta lengua
que ha lamido y mamado
Soy dos manos que no saben tocar la guitarra
y un iris con un lunar
Soy 211 huesos
que no existían hace 35 años
(que no eran, que no ocupaban espacio alguno;
que nada sostenían,
que no podían romperse
ni crecer
ni volver a ser nada.
Me sigue pareciendo increíble
no haber existido antes,
casi tanto
como hacerlo ahora)
Soy un útero que sangra
paciente o testarudo
necio o ignorante
Y una piel
una piel
que toca el aire del mundo
Dos pulmones que lleno de mierda
Tendones, músculos, orina
Jugos gástricos, saliva, sangre
humor acuoso, sudor,
soy el movimiento que toca una hoja
o aplasta una hormiga
Soy succión y caricia y golpe
soy dos pies que se despegan del suelo
Y soy algo que dice palabras
Soy una voz
Y un latido
Y un modo de mirar
Y algo que, para bien o para mal,
nunca antes
y nunca jamás después

jueves, 28 de abril de 2016

Que me busquen y no me encuentren y que luego, al contármelo, me digan con naturalidad que uno le dijo al otro: "debe estar mirando su árbol"


miércoles, 27 de abril de 2016

Al principio me asaltaban imágenes pequeñas, detalles, fotos:
el sonido de la cuerda contra el metal, el chirrido sordo de la escalera cediendo al peso de tu cuerpo, el perro moviendo la cola alrededor tuyo, gimiendo apenas para que lo acaricies, desconcertado, lamiéndote los pies; las estrellas quietas mientras el balanceo, tus pies asomando bajo la sábana blanca con una etiqueta verde en el dedo.
Lo despertaba a veces o lo iba a buscar donde estuviera para pedirle que por favor me dijera que no habías sufrido, que el golpe seco te quebró el cuello, y entonces lo que veía era la sangre en tus venas que pierde velocidad y se hace negra, el hematoma en el cuello, la lengua hinchada, el cuerpo que sigue caliente...
Me mordían las imágenes.
Ellos me contaron que los sobrecogió la expresión de paz que tenías cuando fueron a reconocer tu cuerpo. Esa es la imagen que tienen.
Yo no sé si me lo dijeron por compasión (por ellos mismos o por mí ), pero tampoco me importa mucho. Ya no estabas ahi; no me sirve ese consuelo.
Yo sé que de alguna manera siempre supe cosas que vos jamás dijiste.
Yo sé que no tuviste paz, y por eso te fuiste
Y sé también que de lo que de vos en mi quede, quiero pensar que puedo dártela, de alguna manera, dándomela. Que llevo tu sangre y tus recuerdos, que me atraviesa aunque no sepa cómo tu historia, tus sombras, tus miserias, tus dolores y tu luz.
Hace un rato me encontré preguntándome, divertida, distraída de todo esto, qué significo. De qué soy signo, símbolo, palabra.
Qué significo?. Te significo a vos, en parte. Soy un símbolo que te nombra.
Y quiero que en mi encuentres paz. Entonces, si algo mínimo puedo hacer, no habrá sido en vano.
Tal vez -pienso de pronto- tal vez yo pueda ser, pueda fundar en mi, tu victoria.

martes, 26 de abril de 2016

Y si no existiera lo Sagrado?. Y si a nada le diéramos ese carácter? . Y si no hubiera, voluntariamente, un centro?. Y si el Caos fuera el Orden?
Podríamos vivir asi?. O es necesario, en el sentido fuerte e interno del término, lo primordial?.

De qué está hecha la distancia entre lo que uno dice y lo que uno quiere decir?


Los invito a pasear de noche, y vienen. Valientes (o complacientes o temerarios ), me siguen hasta el bosque, pero la luna hoy no oficia de farol, de modo que abandonamos la idea: subimos al alto por la carretera.
El cielo es primigenio; las estrellas manchan toda la negrura y la empequeñecen.
Subimos hablando de comida, de alergias, de si sé o no comer pescado, de religión, de sexo, de ciclos, de dioses, de templos, de dualidad, de lo natural, de que es necesario reconocer en todo la capacidad de ser luz y oscuridad a la vez y a esa altura ya no hablamos sino que hablo, y ellos me escuchan o no en silencio y de pronto me doy cuenta de que estoy monologando y digo "vale, ya me callo". Y después de dos segundos de silencio dicen "no, no...sigue"
Y entonces preguntan casi tímidamente y opinan y hay una conversación.  Y hablamos de la inmensidad y del miedo, hablamos de no soportarse a uno mismo y de los otros y de ser insignificantes y ser grandiosos. Hablamos mientras subimos y los pueblos pequeños abajo imitan torpemente el fulgor de las estrellas. Hablamos mientras andamos.
Luego nos sentamos en la carretera y hablamos de luciérnagas y de sapos, del miedo de la gente de Puerto Rico y de la paz de un río.
El frío nos hace bajar a la medianoche y entonces llegamos y nos abrazamos y nos vamos a dormir.
Y yo me acuesto pensando en que él tenía razón cuando esta tarde, después de darme un abrazo que le pedí que me diera porque estaba muy triste y me hacía falta, me dijo: a veces cuando uno está triste, si puede compartirlo con otro, aprende.
Qué aprende?. Pues aprende de los ciclos y de los dioses, aprende de no soportarse a uno mismo y de los otros. Aprende del silencio y de las estrellas. Aprende que abrir puede ser un modo de mostrarle al otro sin darse cuenta que está permitido, que el desconcierto puede ser una forma de generosidad.
Aprende que dar es siempre darse.

lunes, 25 de abril de 2016

Últimamente siento el olor de las calles húmedas a las dos de la mañana: el vaho del puesto de flores cerca de Rivadavia y Nazca ya cerrado mezclado con el hollín y el olor a comida de la pizzería y el pasto recién cortado del parque mojado de rocío
Sobre todo el olor de un sábado en que nos agarrara la noche después de matear en el parque y me acompañaran a comprar libros, o un martes cualquiera en que le robaramos un poco de tiempo al sueño y la rutina que aplasta y nos sentaramos en el pasto a la noche a charlar y comer papas fritas de bolsa.
Hago café o pateo jugando una piedrita y me asalta ese olor tan conocido, esa mezcla sin nada particular, ni siquiera agradable del todo, pero, mía.
Tengo que pestañear un poco para despertarme; busco automáticamente ese paisaje

De a ratos tengo la sospecha de que ésto se termina, de que algo empieza a gestarse en mi interior y que los planes, una vez más, serán un mapa arrugado bajo mis pies que pisan, calientes, la tierra en otra dirección
De a ratos "adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos..."

La elección inteligente

           La madre del Amor imita los movimientos de Cintia
                                                              G. Galilei

No aferrarse
demasiado
a nada

O aferrarse sabiendo
de lo macizo del humo

viernes, 22 de abril de 2016

(Qué alivio me da, joder. Qué alivio me da darme cuenta de que, después de tanto, todavía sonrío cuando miro las nubes en un día como hoy)


No se cuánto falta, pero pasará.
Mis alpargatas lamerán los adoquines de Montevideo con cadencia de mar. Será domingo, muchos domingos, y a la hora de la siesta, cuando la ciudad gris descubra su apatía, su hastío insoportable y lento, los tamboriles saldrán del mentiroso silencio -luego de templar las lonjas al son del fuego-, recorrerán las venas interminables de 18 o de Agraciada, y yo bailaré.
Después de todo, después de tanto, bailaré. Y seré sangre.

miércoles, 20 de abril de 2016

Haciendo cualquier cosa se me viene a la cabeza, insistente, el suelo de piedra: las líneas que demarcan los cuadrados de las baldosas, las sombras evanescentes de la lluvia de la tarde y mis pasos que, lentos, pisan con una sensación que primero no advierto y luego miro con intriga.
Habíamos cenado, hablado, reído, comentado lo buenas que estaban las gambas y cerrado ceremoniosamente la temporada, hasta que tuve, como siempre, la necesidad de huir, de quietud, de soledad.
Salí a la calle, a la fuente de piedra y agua frente a la luz mortecina del cajero automático, y sin darme cuenta comencé a andar. Lentamente, jugando, poniendo el pie en los huecos vacíos o pisando las líneas negras primero en el medio, luego en las esquinas; mirando la forma del zapato, alineándolo con una hoja caída o un papel de caramelo arrugado.
La mirada se me clavaba en el suelo.
Pensaba algo, pero no se qué, cuando me asaltó la sensación de impass, de espera. "Estoy esperando algo...pero, qué?"
Hace días se me viene a la cabeza, insistente, el suelo de piedra.
Lo miro, siento los pasos, la sangre que, vertical, lo recorre buscando una respuesta que sabe pero no fue  capaz de reconocer hasta ahora.
A vos. A vos te espero.

martes, 19 de abril de 2016

Ella se acuerda -me jura y me perjura que se acuerda- que yo de chica decía que no quería tener hijos.
Yo recuerdo que no era mi meta en la vida, que no era "mi sueño", a diferencia de muchas de mis compañeras de cole, tan adorables con sus trenzas y sus moños rosados, pero no que no quisiera.
Nunca me sentí muy cómoda con el corset de lo femenino, de lo que debe ser, de lo esperado en función de (ya de entonces me retobaba, como ahora, la obligación de cualquier cosa); pero no recuerdo ser tan categórica, la verdad. Con todo, he de confiar en su memoria.
Y me resulta, por eso mismo, todavía más arrobador, todavía muchísimo más conmovedor, el haber sentido (y digo sentido), en una época, que hubiera sido para mi un honor ser la madre de tus hijos. Y haber sido capaz de decírtelo así, sin más.

Missing

Llueve sobre el tejado y bajo la noche mientras leo letras ya viejas. Y vuelvo a sentir, al hacerlo, esa dulce electricidad previa a la tormenta, esa sutil sensación de intimidad, de más allá, de tibieza y de algo vagamente conocido pero ignorado, como si al mirar una fuente con agua estancada lográramos de alguna manera, casi intuitivamente, ver el fondo debajo del musgo.
La lluvia sigue cayendo, sin embargo.

Ad infinitum

Tendríamos que tener tres vidas: una para vivir, y otras dos para explicar qué decimos con las palabras que dijimos en la primera



lunes, 18 de abril de 2016

Debo de tener cristales dentro. Cristales, y en el movimiento aparente o no del tiempo giran y se acomodan, se acoplan, se superponen, se unen o se separan.
Debo de tener cristales dentro, y granos de arroz, y clavos y piedras preciosas, y cuando me muevo, entonces, se descubre esta naturaleza de caleidoscopio, de palo de lluvia.
Por eso puedo estar triste y contenta a la vez, por eso puedo caminar por la carretera agradeciendo las nubes y este aire tibio ya y sentir en algún lugar del cuerpo una punción de oscuridad.
Por eso puedo maravillarme de este día prístino y tener consciencia suficiente de saber que este tiempo de calma, de caminar en paz por entre los pinos y las personas nuevas que regalan, generosas, tibieza con gusto a cosa antigua, este tiempo, como todo, también pasará.

sábado, 16 de abril de 2016

Ordenamos latas de bebida. Yo, pensando ya no sé en qué,  ella, lo mismo, pero sin el adverbio de tiempo. De pronto me dice que me quiere hacer una pregunta, pero que no tengo por qué responder.  Yo sonrío: de repente el momento se volvió interesante.
Me dice: tú sabes qué te falta para ser feliz?. Porque yo no soy feliz, pero no sé por qué.
Le respondo cosas que no importan ahora. Ahora, mientras fumo mirando las estrellas muerta de frío, y vuelvo a preguntarme qué será lo que de mí percibe la gente, en general, y en particular cierto tipo de gente, que de tanto en tanto se les da por hacerme ese tipo de preguntas -o de hacérselas, mejor dicho, conmigo como testigo-.
Esas preguntas, las "raras", las que más me gustan, las que son un salto al vacío cuando uno puede quedarse tranquilamente en tierra; las únicas que me parecen realmente importantes: las que no son más que un desconcierto a dúo; las preguntas que se  vuelven vitales porque dejan al descubierto que, mas allá de todas las diferencias, ignorarnos puede ser un modo de hermandad.

viernes, 15 de abril de 2016

Era una casa alquilada, al costado del mar. Tenía unas máscaras tribales en las paredes que me daban una mezcla de fascinación y terror. El pasillo era largo y oscuro; al final resplandecía la luz del cuarto de baño. Yo no tenía más de diez años.
No recuerdo por qué no quería pasar, o qué le había dicho. Algo que lo enojó mucho, seguro, porque me arreó, tanteando veloz en la penumbra, del brazo derecho, y me empujó delante suyo. Cuando estuve a la distancia correcta, en la oscuridad,  sentí su patada. La inercia del golpe me empujó hasta la puerta del baño.
Me desvestí casi inerte, sin poder llorar siquiera; la luz era de mentira, no me tocaba.
No sé si recuerdo pensarlo entonces o lo pensé años después, pero el que fuera su pie lo que me golpeara me pareció lo brutal, el signo más claro del desprecio. Nunca había sentido eso. No el golpe, la impaciencia, el desborde del hartazgo, sino el odio con que me pateó. La sorpresa de su odio; la potencia ciega de su odio.
Fue el pasillo de aquella casa lo que se me vino a la cabeza hoy, cuando alguien me dijo que, al hablar de mi, usás la palabra "perversa ".

Subo la escalera de metal pensando al mismo tiempo en el sonido y en esta sensación que me asaltó mientras cruzaba el camino entre los pinos: algo falla; algo falta. La realidad es extraña. Yo lo soy.  Alguna de las dos, o ambas, no es real.
La imagen es la de una cadena de bicicleta cuando un eslabón se tuerce o se sale del lugar: la cadena gira, pero la bicicleta permanece inmóvil. El mecanismo está, es el mismo, sin embargo no sirve, no funciona. Algo no encaja.
Mirando la cadena pongo la llave en la cerradura; conjugando la sensación con la madera que cruje abro la puerta, escuchando ahora "volver a los 17" y pensando en la madurez abro las cortinas y la brumosa claridad de la lluvia inunda el pequeño salón. 
El agua gotea por una esquina de la ventana, como siempre, pero no ha llovido tanto, de modo que el charco luminoso se acuesta apenas sobre el saliente de madera, no se ha derramado. Me quedo quieta mirando la luz que envuelve el trozo de cuarzo que cogimos del bosque hace ya varios meses.
Hay una mancha vertical, roja, mojada, en la ventana. Un pedazo de madera, imagino. El viento golpea de pronto la lluvia contra los cristales, que ya verdean pinos. Por el modo que tiene de ser casi ámbar, pareciera que son las paredes y no el radiador lo que entibia el aire.
Hay algo, sí. Hay algo de más, o algo de menos.
Hay un puente roto entre el mundo y yo. Porque a mi, en este momento, lo único que se me antoja real es el charco de lluvia bajo el cuarzo. Es lo único que consigo entender sin esfuerzo.

martes, 12 de abril de 2016

El problema es que uno no puede equivocarse. No puede lastimar a un otro sin que cambie la percepción, sin que se ericen las murallas del miedo disfrazado de orgullo, de dignidad.
El problema es que no sabemos distinguir la mordida que busca carne de la mandíbula que, en un gesto de desesperación interna, la encuentra sin querer.
Sí, claro que pueden hacernos daño los que amamos. Muchísimo daño.
Es más, incluso me atrevo a decir que sólo los que amamos pueden dañarnos realmente. Pero el problema no es ese, ni remotamente.
El problema es no saber distinguir la intención del acto; no darle al otro la posibilidad de hacernos daño sin olvidar aquello que sabemos más profundamente, si amamos francamente (es decir, si conocemos hondamente, si hemos sido capaces de oír la música): que nunca será voluntario. Que, si el amor existe, nunca será voluntario.
Nos salva eso del dolor?. No. Pero nos hace hombres, hace posible la comunión (porque sólo aceptando que el otro puede hacernos daño seremos capaces de verlo realmente, y sólo viendo al otro realmente podremos amarlo), y nos vuelca mojados sobre la realidad: nada es inmune a la Vida, y la Vida es, casi por definición,  posibilidad pura.
Soy capaz de traicionarte. Soy capaz de lastimarte muchísimo. Soy perfectamente capaz de corromperme, de mentirte, de abusar de vos, de despreciarte, de reírme de tu más tierno secreto. Soy capaz de lo peor que puedas imaginarte, y más.  Pero tengo una voluntad,  y es el ejercicio de ella lo que hace posible que te ame. Y si te amo, no lo haré. No lo haré porque decido no hacerlo, no porque no pueda, porque no esté en mí. (De qué otro modo podría concebirse el amor como algo distinto de un capricho o una pasión pasajera si no se asumiera ese compromiso?; si no hubiera ese compromiso? )
Tan simple, tan cándido, tan aterrador como eso.
Por eso amar es ser valiente: porque amar es confiar en que venceremos al Monstruo, es asumir el compromiso de ir contra el Miedo

Nunca supe tener mi edad. De chica era demasiado madura, de grande soy demasiado infantil. Mi generación siempre fue otra, aunque nunca supiera cuál.
Mi cuerpo, pienso mientras lo miro desnudo en la luminosidad que la niebla difumina por la habitación de madera, es un signo claro de eso: tampoco él se ajusta a su edad cronológica.  Tampoco sabe que los cánones que le corresponden en esta circunstancia temporal y espacial son otros, o no le importan. Lo mismo el tipo se vuelve flácido y varicoso, lo mismo se le entristecen los senos o se le alegran los tobillos, le brillan los ojos y le salen patas de gallo en los párpados, crece canas en el pubis y se le tersan las muñecas como si tuviera cinco años.
Ninguno de los dos sabe ser lo que es, y ninguno sabe ser otra cosa. Y como somos, a la vista, los dos muy caprichosos, lo mismo, en días como hoy, nos miramos con cariño, con hermandad en la inútil rebeldía, con una suerte de tierna complicidad, casi con agradecimiento, mientras seguimos subidos en una de las salientes de la rueda dentada del Tiempo

lunes, 11 de abril de 2016

Ver a un hombre tocar la guitarra concentrado y a la vez ausente, totalmente sumido en la música que crea, que inventa, que siente, mientras el frío se come la noche fuera y nosotros, dentro, hablamos o callamos o cantamos; la sensación de que todos estamos solos y sin embargo nadie lo está porque la musica nos atraviesa.
Despertarme sin el despertador; quedarme en la cama un rato disfrutando del sol que ilumina la madera y del viento que canta.
Hacer las cosas a mi ritmo: desayunar lento, mirar las estrellas leves que la nieve acumuló en la ventana durante la noche mientras se calienta el agua del mate, responder mensajes amorosos que llegaron mientras dormía, extrañar gente con ternura y agradecimiento, planear el día con sólo dos deberes irrenunciables: sacar fotos y estar con gente que me espera, arriba, y que se va a quejar porque hoy no esquío

domingo, 10 de abril de 2016

Desde la cama veo el pino. El pino se mueve lento, musical. Lo miro mientras el día se convierte en la noche y el pino se vuelve una sombra de si mismo; hasta que el mundo se convierte en una película en blanco y negro. Los copos de nieve se adivinan apenas, son como una interferencia.
El viento ruge y hace que los copos, de pronto rotundos, caigan hacia arriba. Los miro con curiosidad pero sin sorpresa.
Tengo los pies, las manos y (oh, tragedia ) la nariz helados. Tengo olor a jabón y a crema y el pelo húmedo y el humo del cigarro dibujando melodías en el aire. Lo que no tengo es gana alguna de moverme. Me sienta bien esta quietud, este sosiego.
Mi imaginación, claro, se ríe de mi, como siempre, y me lleva con el blanco de la nieve que desdibuja el pino hacia el blanco de las sábanas de tu cama, con el frío de mis pies en esta noche de abril al calor de tu cuerpo bajo el edredón, con este plácido silencio a la idea de acurrucarme al lado tuyo a mirar el viento.

viernes, 8 de abril de 2016

Es muy divertido ser yo.
Tengo ganas de llorar y no sé por qué, asi que en lugar de llorar y punto me entretengo imaginándome  una enredadera gruesa y húmeda y verde oscuro, como la del cuento de Jack y los guisantes mágicos, que me crece dentro desde los pies hasta la cabeza, en lenta progresión: le sigo los pliegues, el sonido como de lengua que chasquea cuando se abren las hojas, pulposas, en la oscuridad.  Los sarmientos son hermosos ribetes klimteanos, laberintos leves, brazos de pulpo suaves que se desperezan apenas, casi tintineando gotas pequeñísimas.
Todo movimiento ocurre dentro; por fuera soy sólo una mujer que mira ensimismada una baldosa y se sonríe apenas cuando se da cuenta de la distancia que puede representar la piel.
La enredadera sigue su curso, mientras tanto, y los tallos engordan a su vez. Algo se esconde detrás, noto de pronto. Una sombra o la sospecha de élla. Entonces lo lúdico pierde un poco, sólo un poco, su fuerza (es decir, me pongo lúdicamente seria) y empiezo a barajar o a entrever posibilidades.  Juego ahora con el tiempo que separa el golpe del dolor del golpe, con la distancia, y me acuerdo inevitablemente de Saramago y también de Julio hablando en un cuento de un amigo muerto y la sensación de humedad y trato de recordar qué cuento era pero no lo recuerdo y me acuerdo de que yo ya usé esa imagen, esa sensación una o varias veces en algún texto (repaso mentalmente las líneas antiguas) y me doy cuenta de nuevo de que me la paso plagiando gente involuntariamente, y asi no se puede, y cómo hago para que no se me metan tan dentro, hasta confundirlas conmigo misma, las cosas que amo, y entonces me doy cuenta de que no, de que me voy por las ramas, de que yo estaba tratando de saber por qué tenía ganas de llorar y vuelvo a la sombra y a la enredadera y me vuelvo a sonreír internamente porque si, porque es muy divertido ser una enredadera con ganas de llorar tan bien disimulada y caótica .
Esto crece, sin embargo, aunque yo no le de forma ni imagen. La emoción es el aire que se vuelve denso y pare materia voluble dentro de mi.
No consigo llorar, eso si: le faltan lunas aún a este verde para dar frutos (ser yo, aparte de divertido, es bastante fácil, porque soy altamente predecible...por lo menos para mi, que me tengo ya muy observada). Sé que la oruga leve de la mirada tocará un nervio fibroso en un momento cualquiera y la enredadera se descompondrá, se desintegrará como un estallido de papel húmedo picado; se volverá lluvia y seré agua que, por fin, caiga por su propio peso y lave y fluya y diga lo que sólo el agua sabe decir, siendo.
En esa sospecha estoy  cuando una compañera me ve, se frena de golpe y me dice intrigada, casi con miedo: "en qué piensas?".  Y yo salto de la enredadera sorprendida, hago un doble mortal hacia atrás y le digo, con escasos reflejos pero sonriendo, "no, en nada".
Y termino de escribir y vuelvo al trabajo, con ganas de llorar pero, eso sí, muy divertida.

Es magnético. El vacío es magnético.
Ellos hablan y ríen y hablan y hablan y se mueven y beben y se tocan la cara al reír y sudan y hablan. Por qué hablan?. De qué hablan?. No lo sé. No lo entiendo. No me importa tampoco. Yo sólo miro, ciega, el vacío que se abre crudo, que me estalla con lentitud de humo en la cara y me llama y me mira y me hipnotiza y me habla, me habla, me habla

miércoles, 6 de abril de 2016

Barro la terraza de la cafetería de una estación de montaña al sol mientras canto con Nina Simone que suena en mi móvil.
Disfruto y me sonrío a mi misma cuando me oigo pensar: "me encanta este sentido del humor de la vida, tan inglés."

lunes, 4 de abril de 2016

Estaba en tu casa de nuevo. Y era tu casa, no la nuestra.
Por esas razones que existen en los sueños, en la habitación que juntos armamos (la pequeña, la antes inútil y luego nido y rincón donde pinto amapolas en los cristales y cuelgo tus fotos de Senegal para que te sientas en casa), había un baño. Un baño enorme, mucho más grande de lo que cabía en esa habitación, y lúgubre.
Yo entraba en la casa magnetizada; iba directamente ahí. 
Ahora tengo la sensación de que te esperaba, pero entonces no lo sabía. Me metía en la bañera.
Recuerdo que pensaba que no estabas. Recuerdo que pensaba que no estabas y entonces qué sentido tiene sentir que te esperaba aunque no lo supiera, pero lo tiene, claro que lo tiene.
Aparecias con una capucha torpemente puesta sobre la cabeza; demasiado abrigado. Llorabas. Involuntariamente, pero llorabas.
Llevo todo el dia recordando el gesto de tu cara. Llevo todo el dia intentando tragar esta pena tan inmensa que me produjo lo poco, lo nada que me costó evitar el filo del cuchillo que traías en la mano y que intentabas clavarme en la oscuridad. Toda tu fuerza, todo tu dolor estaba ahí.  Yo apenas tuve que sostenerte el brazo, casi como si te acariciara. Y no podías, no podías.  Tus brazos eran gritos cada vez más fuertes, pero no podías. Y no dejabas de llorar, roto, con los dientes apretados.

domingo, 3 de abril de 2016

Doy vueltas en la cama. El viento afuera parece decidido a acabar con el mundo. Doy vueltas en la cama y pienso en la palabra, en la literatura, en la locura; pienso en lo hondo y en el movimiento, en lo que puede ser dicho y la identidad; pienso en la voz y en la oscuridad y en la huída, en las formas de evasión y en la ironía; pienso en el encuentro, escribo mentalmente una escena en una calle larguísima, pienso en libros, en portadas, en la imagen, en escritores, me inundan torrenciales, casi violentos, versos y frases y renglones de los que recuerdo el lugar exacto que ocupan en las páginas, vuelvo a sentirlos, me empapa de nuevo la electricidad y doy vueltas en la cama y me pongo boca abajo, la cama cruje y se me mueve la manta y me muevo de nuevo para acomodarla y el viento grita como una manada de hienas y de pronto se cierra el libro de un golpe seco y veo tu mano posarse, leve, en mi cintura, debajo del pijama.
Y sé que nada me importa más. Y nada me importa menos. Sé que todo es mentira. Y que todo es verdad. Y que todo es la misma cosa.