viernes, 15 de abril de 2016

Era una casa alquilada, al costado del mar. Tenía unas máscaras tribales en las paredes que me daban una mezcla de fascinación y terror. El pasillo era largo y oscuro; al final resplandecía la luz del cuarto de baño. Yo no tenía más de diez años.
No recuerdo por qué no quería pasar, o qué le había dicho. Algo que lo enojó mucho, seguro, porque me arreó, tanteando veloz en la penumbra, del brazo derecho, y me empujó delante suyo. Cuando estuve a la distancia correcta, en la oscuridad,  sentí su patada. La inercia del golpe me empujó hasta la puerta del baño.
Me desvestí casi inerte, sin poder llorar siquiera; la luz era de mentira, no me tocaba.
No sé si recuerdo pensarlo entonces o lo pensé años después, pero el que fuera su pie lo que me golpeara me pareció lo brutal, el signo más claro del desprecio. Nunca había sentido eso. No el golpe, la impaciencia, el desborde del hartazgo, sino el odio con que me pateó. La sorpresa de su odio; la potencia ciega de su odio.
Fue el pasillo de aquella casa lo que se me vino a la cabeza hoy, cuando alguien me dijo que, al hablar de mi, usás la palabra "perversa ".

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