Nunca supe tener mi edad. De chica era demasiado madura, de grande soy demasiado infantil. Mi generación siempre fue otra, aunque nunca supiera cuál.
Mi cuerpo, pienso mientras lo miro desnudo en la luminosidad que la niebla difumina por la habitación de madera, es un signo claro de eso: tampoco él se ajusta a su edad cronológica. Tampoco sabe que los cánones que le corresponden en esta circunstancia temporal y espacial son otros, o no le importan. Lo mismo el tipo se vuelve flácido y varicoso, lo mismo se le entristecen los senos o se le alegran los tobillos, le brillan los ojos y le salen patas de gallo en los párpados, crece canas en el pubis y se le tersan las muñecas como si tuviera cinco años.
Ninguno de los dos sabe ser lo que es, y ninguno sabe ser otra cosa. Y como somos, a la vista, los dos muy caprichosos, lo mismo, en días como hoy, nos miramos con cariño, con hermandad en la inútil rebeldía, con una suerte de tierna complicidad, casi con agradecimiento, mientras seguimos subidos en una de las salientes de la rueda dentada del Tiempo
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
martes, 12 de abril de 2016
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario