martes, 17 de enero de 2017

Sol

Yo, que nunca manejé bien los cambios, que necesito saber, entender, para poder andar, me veo obligada (“decisión obliga”, más que nobleza) a virar, siempre, en pos de la palabra.
No sé a qué responde el impulso, pero a esta altura he llegado a darme cuenta de que lo sigo ciega, invariablemente: sólo cuando la palabra es la que internamente necesito que sea puedo descansar.
Vivo en la tensión de encontrar la palabra.
Y si la encuentro, aún cuando nadie más la vea, me quedo con élla, acariciándola suavemente como a un pájaro mojado.

“No se trata de hablar, tampoco de callar: se trata de abrir algo entre la palabra y el silencio”, dice Juarroz.

Aquí se termina este camino; este reflejo de la imposible luna en el agua.

A todos los que, con silencio y constancia, con intriga y desconcierto, con curiosidad y la bendita humildad que nos empuja a asomarnos a otros mundos, han andado por aquí, han mirado conmigo: gracias.




domingo, 15 de enero de 2017

Ahora tengo que saber, de nuevo, para qué. Ahora que sonrío, ahora que la luz es la luz de nuevo, ahora que si siento mi corazón latir en la oscuridad de la cama no me desconcierto y vuelve a ser algo que, de alguna manera, consigo -si no entender- por lo menos aceptar; ahora tengo que volver a saber para qué. Tengo que volver a tomar la decisión, o a verla.
Tengo que saberlo porque quiero saberlo. Tengo que saberlo para hundirme en la incertidumbre como un ejercicio de la libertad.

En aquellos tiempos, mientras hacía la maleta tres veces por día metiendo y sacando cosas, feliz y aterrada, desbordada e inmensa; mientras me despedía de mi gente, mientras estaba más cabalmente viva de lo que nunca había estado antes (en aquellos tiempos en que, por primera vez en mi vida, había sido completa, desquiciantemente honesta conmigo misma), no dejaba de sonar en mi cabeza esa cancioncita que todo el mundo califica de más bien light de McCartney en que el pulso que desconcertó a tanta gente tantos años no era otra cosa que su pie marcando el ritmo (su pie, como un instrumento: qué hermosamente simple me resulta ese desconcierto, qué elocuente, qué simbolo de tanto), Blackbird: “all your life you were only waiting for this moment to arise”. 
Me acuerdo que se lo comenté a élla y me enteré entonces de que era también una de sus canciones preferidas. Me acuerdo de que me dejó decirle que lo que me encantaba de esa canción era sobre todo ese verso que puede -con un cierto contorsionismo lingüístico- leerse de las dos maneras y cualquiera de las dos es una pequeña supernova: “toda tu vida estuviste esperando que este momento llegara” o “toda tu vida estuviste esperando por este momento para surgir” (o levantarte, ponerte de pie; incluso “amanecer”, si me apuran un poco y me permito todavía más caprichos/licencias poéticas).

Yo sentía eso. Y no es que hubiera estado esperándolo a él. A él no podría siquiera haberlo imaginado, como me dijo él una vez que le pasaba conmigo. Pero esperaba sin saberlo ese momento de poder decir sí. De poder decirme sí, joder, sí, aunque todo. Sí porque sí, porque da igual lo que sea o lo que parezca, lo que convenga o lo que puede pasar: sí porque lo siento, porque es lo que la sangre me pide, porque si me quedo quieta los pies me llevan hacia él, y es eso lo que importa. Sí.

Luego pasó todo lo demás, y todavía hay algunos días en que me río sola cuando me doy cuenta de que discuto conmigo misma, como es costumbre, hasta que buscando la raíz una de las muchas dice que el agradecimiento tan prístino que siento ahora no viene de la aceptación ni mucho menos de la valentía, del aparente heroísmo de aquel que todo lo supedita a su Verdad “vamos a ver: NO -me digo, regia, casi marcial-. No agradezco que todo eso haya pasado, incluso aunque tener que atravesarlo haya traído estados de conocimiento que no hubiera conseguido de ninguna otra manera. No soy ni remotamente tan valiente: yo hubiera preferido no enterarme nunca de nada. Lo lamento por los gurús del “crecimiento personal”, por los psicólogos y su resiliencia, por los valientes, por los que elegirían pasar por lo peor si es eso lo que los lleva a aquel lugar donde genuinamente quieren estar, pero, no: yo me cagaría alegremente en cualquier forma de sabiduría si hubiera conseguido estar bien con él…sobre todo porque si lo hubiéramos logrado eso hubiera sido, sin duda, una de las formas de la sabiduría”
No agradezco que haya pasado lo malo pero, dado que pasó, agradezco haber tenido la cabeza lo suficientemente dura como para seguir.
Seguir para encontrarme en este punto de nuevo.
Seguir aunque no pudiera siquiera imaginar que había algún punto por delante.

En este punto que no es “de nuevo” sino “nuevo”, porque es tan cabalmente distinto del previo, soy tan cabalmente distinta (aunque las manías y las formas, aunque los miedos y las alegrías, porque finalmente las distintas capas de la tierra no hacen más que señalar el tiempo ido aunque los materiales sean los mismos) que la reincidencia cabe como señal por un mero sentido de economía, por simple vagancia explicativa y, al mismo tiempo, por férrea justicia poética: hay que volver al lugar imposible para saber que no existe; hay que pararse sobre la nada y sentir el viento en las plantas de los pies desnudos y verse las manos cortadas y la sangre seca y la sonrisa mojada, y hay que cantar bajito Blackbird para darse cuenta de que tampoco hoy, tampoco ahora sé qué espero, pero espero algo; sé qué construyo, pero construyo algo.
La materialización de “eso” adquiere a veces unas manos específicas o el contorno de una ciudad particular o el aire de un estado como la paz o incluso la idea de un estado que soy incapaz de imaginar siquiera, por ejemplo, pero cuando estoy algo más lúcida que de costumbre alcanzo a ver que eso en realidad es lo mismo que lo que hago con las palabras: es la necesidad de darle forma a lo que es informe, indeterminado.
Es, justamente, una materialización, una concreción, pero es siempre lo otro, lo de debajo, lo de detrás lo que importa. Sí, incluso aunque sólo a través de lo físico, de lo material aquello tenga un modo de existir; incluso aunque el puto idealismo y mis discusiones acerca de la realidad y los modos de ejercer la cobardía a través  de la persecución de lo inalcanzable.

A esta altura el desafío que enfrento es el de encontrar el modo en que lo absurdo, lo ridículo, lo irracional encuentre un modo de entrar en la realidad que se disfraza de coherente, de racional, de aceptable sin que necesite justificarlo de otro modo más que dándole el derecho que le corresponde. Necesito sacar el inadvertido fatalismo del medio, validar para mi misma mi propia mirada; encontrar los modos en que lo que quiero, creo, siento y veo tenga un modo de existir que pueda, sin renunciar a si mismo, construir algo medianamente (co-)habitable en el mundo de los otros.
Es el desafío que he tenido siempre, sólo que recién ahora se me ocurre que sea algo francamente voluntario, algo que puedo decidir, moldear, “solucionar”, e incluso desechar, si es lo que elijo. Pero, elegir.

Y es entonces que al borde del abismo puedo reír, como entonces, con una única diferencia: ahora que (siento? o me pregunto? o ambas?) nada me importa realmente, ahora que “ahora” no es lo necesario para que “lo otro” llegue, ahora que contemplo con simple perplejidad y una sospecha de soberbia la sensación de que ya he dado el grito del que habla Kazantzakis1 , ahora que por momentos tengo esta extraña sensación de que no hay otro borde al otro lado del abismo, que no hay otro lado del abismo, ahora…ahora puedo volar, si me da la gana. Sólo si me da la gana.

Y cuando llegue “lo otro”, lo que sea que sea, sé que  voy a volver a creerlo todo con la misma pasión. Sé que voy a ser capaz de contradecir todo lo que haya pensado si desde dentro es otro el impulso; sé que el temor me va a obligar a preguntarme si el espejismo es lo infinito del abismo o la otra margen que de pronto parece aparecer.
Sé que no he aprendido nada que pueda decir. Que sólo lo que me mueve puede dar cuenta del aprendizaje, y que incluso eso ignoro (tan torpe, siempre, queriendo ponerle palabras a todo; tan torpe, tanto. Tan terca y maravillosamente torpe)

A veces hay que preguntarse si es sólo a fuerza de ser tan imbéciles que resultamos tan fructíferos, y que responderse, de vez en cuando, que la realidad en que vivimos es la respuesta más clara que puede darse.




1- "Todo hombre tiene un grito que lanzar antes de morir, su grito. Hay que darse prisa para tener tiempo de lanzarlo. Ese grito puede dispersarse, ineficaz, en el aire; puede no hallarse ni en la tierra ni en el cielo un oído que lo escuche; poco importa. No eres un carnero, eres un hombre; y hombre quiere decir algo que no está cómodamente instalado, sino que grita. ¡grita tú; pues! Mi alma íntegra es un grito y mi obra íntegra es la interpretación de ese grito!"  o " He venido a este mundo por algunos instantes y quiero lanzar un grito y partir. Nada más".Nikos Kazantzakis, Carta al greco

sábado, 14 de enero de 2017

Y si la palabra fuera como el sistema de Cioran?Y si el límite del concepto, las paredes del símbolo que pretenede dar sentido y coherencia fuer la misma condenación del significado; si lo bastardeara, lo ajara manoséandolo, cercenando con duras planchas de metal herrumbrado algo que palpita dentro, algo que sangra y se transforma, algo que es como el aire y se espirala en el espacio amplio de la no-palabra?. Cómo prescindir de la palabra?

El mundo de los hombres se construye con símbolos que lo aplastan. El hombre mismo es un signo que muere bajo su estructura. Y es también el único que puede escapar de eso.

Tal vez (tal vez) muriendo voluntariamente bajo sí mismo, para llegar a ser lo que Es: una nada que baila.



Los símbolos son la clave. Cómo comunicarse si los símbolos señalan cosas distintas para uno?. La única posibilidad de comunicación es una acuerdo, una coincidencia (evitar pensar en co-incidencia, en la posibilidad de la órbita doble de las estrellas que danzan una alrededor de la otra y que así se potencian, se aceleran. Evitarlo?. Sí. Evitarlo porque la seducción de la idea desvirtúa el planteo. Evitarlo. Anotarlo con mirada amorosa en el margen de la página, en cualquier caso, para no olvidarse de la terca ternura).
Los símbolos; la lectura de los símbolos, la interpretación de lo macizo de la palabra o el gesto y su capacidad de significar un estado o una idea o una intención, es decir, lo etéreo. Qué señala el movimiento físico?: una fuerza. Pero si la fuerza que mueve se interpreta mal, si pensamos que la única variable a considerar en el movimiento de un brazo es, por ejemplo, la Gravedad, el movimiento del brazo se transforma en algo distinto de lo que en realidad es y, a partir de ahí, toda realidad es una falacia.  Un sistema perfectamente ordenado y con una lógica interna indiscutible que parte de  una mala interpretación que da como resultado una realidad desquiciante en que nos acostumbramos a boyar aparentando vaivén marino, musical.
Los símbolos. No conseguí, nunca consigo, que mi interpretación de los símbolos coincida con el de la mayoría de la gente. Eso en si no es ni bueno ni malo; a lo sumo, es interesante. De modo que el problema no es ese. El problema es que ese hecho vuelve terriblemente difícil la comunicación. Por eso mi estado casi normal es el desconcierto. Por eso y porque la soberbia me lleva a no conseguir entender cómo  los otros entienden del modo en que lo hacen (ella me dijo en el asiento trasero del coche que nos llevaba a la playa, hace más de 20 años “es que vos pensás o esperás que todo el mundo actúe como vos, y no es así”)

La opción entonces es estar loco o mentir?. No. Tiene que haber una forma. Tiene que haberla. Y si no la hay, tengo que crearla.

Tiene que haber un modo en que yo pueda explicarte por qué me duele o me alegra hasta donde no puedo decir algo tan nimio como una sonrisa porque sí o un abrazo real o una mirada de desdén de un milisegundo. Tiene que haber una manera en que pueda decirlo y eso sea puente, un puente sobre el que poder andar hacia lo que importa, lo único que importa realmente: este milagro jodido e inimaginable de existir.

Nosotros. Somos nosotros, los símbolos. Eso es lo que es necesario destruir para que las palabras digan realmente algo





jueves, 12 de enero de 2017

Paso por el costado de la Catedral camino del trabajo, y me sorprende la luna. Casi luna llena. "Como si fuera marzo",  me oigo pensar algo indignada

miércoles, 11 de enero de 2017

El vestido tiene una abertura en la espalda; un tajo.
Me gusta porque es largo y suave y verde, y la abertura me hace pensar en una hoja: la piel allí, donde no hay verde; la hoja que nace del vacío; la idea de lo natural de la piel desnuda. Me gusta, así que lo compro, aunque no sé para qué: es hermoso, pero no me voy a animar a usarlo. Se lo digo a mi cuñada y se ríe, pero es cierto: no me voy a animar porque la gente te mira mucho por la calle cuando te ponés esas cosas, y a mi me da vergüenza;  me pesa la mirada del Otro. Me lo voy a poner cuando esté en casa, que ya me conozco, y voy a estar muy contenta con mi vestido lindo, despeinada y descalza, bailando alegremente por los pasillos.

En cambio salgo de lo de mi cuñada y me veo de pronto con el vestido puesto frente a él. El me abraza y su mano sin querer se mete por la abertura, sobre mi piel, y queriendo, se queda allí. Todo es, como el vestido, verde y suave y natural. El calor de su mano florece mi espalda.

No va a suceder, pero de pronto entiendo por qué compré ese vestido. "Si hasta para eso soy rara; no hay nada que hacerle", me digo entre risas




martes, 10 de enero de 2017

Leo en silencio y el fulgor me hace levantar la vista: la bruma se ilumina y borra el árbol. El árbol que llevaba meses  sin ver; el árbol que me mecía en las mañanas.
Ella duerme su fiebre en el bungalow y yo pienso en la bruma que tenía que volver. Tenía que volver para enterarme qué dejé aquí, para saber cuánto me han dejado.
Es cierto que nunca se sabe lo que se imagina. Es cierto que lo que se imagina , lo que se supone, lo que se adivina de alguna manera nunca es realmente hasta que es cabalmente: la emoción no es imaginable. Lo son los hechos, las relaciones, los puentes, los sucesos, las interpretaciones, las ideas, los supuestos...pero no la emoción. La emoción atraviesa y es sólo entonces, sólo así que uno entiende aunque no entienda, aunque no quepa en una ni en mil palabras la rugosidad del paño de lino sobre el que se inscribe a fuego un símbolo que lo vuelve bandera con la que andaremos de ahí en más. Bandera rota; estandarte deshilachado que sólo así sirve a su propósito real, que sólo así se vuelve dicente
Tenía que volver para enterarme que ellos dicen que era como "una mamá de todos" porque les hacía sopa si estaban enfermos o les cocinaba pan o mermelada casera; y que esa visión, en sus ojos, sorprendentemente no se riñe con el hecho de que me pasaba el día cagándome en todo y que la mayoría del tiempo soy una de esas personas que conviene tener muy lejos, con mis ataques de ira asesina ni con mi crueldad  tan sutil que suele pasar desapercibida ("una madre al estilo Kali", pienso sonriendo un poco).
Volver para saber que el árbol y la niebla siguen aquí y que se han vuelto símbolo de todo ese tiempo en que éllos me rescataron sin darse cuenta siquiera. Símbolo de que también ciega puedo, a veces, ver. De que seguiré, sin saber, sin dejar se sorprenderme, sin entender, sin que haya una línea recta, sin dejar de caer ni de flotar. Seguiré porque la vida es demasiado, demasiado grande. Y yo quiero ver qué hay detrás de la niebla.

(Y el problema es que uno escribe y se da cuenta de que no importa nada. No importa. Ni siquiera eso. Tampoco las palabras; no hay alimento. Se queda absorto y se divierte ante la idea del nihilismo o del existencialismo tardío, otra máscara, otra mentira, otros pies de otros con palabras que son uñas sucias; otro modo de ser algo que tampoco se es. Se sonríe socarronamente por utilizar términos como si supiera qué está diciendo y no importa. -Qué son los símbolos?-. Ni saber ni no saber. Y no hay dolor ni desconcierto ni negrura ni nada. Hay un silencio que no tiene palabras que lo nombren siquiera. Entonces sólo le dan ganas de quedarse quieto, mirando el aire, o de abrazar a alguien querido durante mucho tiempo, porque son las únicas dos maneras en que se le ocurre -no se le ocurre: lo siente; le viene de adentro como una ola inmensa y quieta- que no se pierde el tiempo, que no se convierte en un absurdo absoluto)

lunes, 9 de enero de 2017

Paseo por la casa contenta, con medias de distintos colores (no conseguí encontrar el par, en este caos) y con el pelo como si fuera una represa de nutrias abandonada, pero con un vestido que me encanta. Todavía me arroba, cada vez que la siento, la alegría tan tonta y tan prístina que me produce ponerme un vestido, aunque me los ponga para estar en casa (de invierno no tengo, y afuera hace frío). Es curioso las cosas que se me vuelven símbolos; las cosas que en eso convierto.

No fue hasta que lo conocí que empecé a usarlos. Me enternece mucho darme cuenta. Siempre los compraba, pero nunca los usaba. Me daba miedo, supongo, esa parte de mi que no entendía, que no conseguía encajar de un modo que no me resultara vacío, vanal, automático.  No fue hasta que lo conocí que me amigué con esa parte mía que renegaba de lo femenino en mi. Lo femenino, ese molde grotesco, esa obligación estúpida, ese límite cercenante.

Me río ahora, mientras me miro al espejo contenta como una niña que se disfraza con el vestido de mamá, porque me digo a mi misma “porque lo femenino es, claramente, ponerse un vestido” (no hay caso: ni contenta puedo dejar de ser cínica conmigo misma). Y entonces discuto, discutimos, y resulta, como siempre, de lo más esquizofrénico y de lo más divertido
-No, y sí. La apropiación del símbolo ajeno es la clave, porque entonces el símbolo deja de ser algo impuesto y se convierte en una elección, en un ejercicio de la libertad, más allá de que la elección sea “buena” o “mala”. Esa es la parte racional, la que me conviene. La otra es que soy también muy puritana, muy ortodoxa, y poder ser “normal” sin que eso me deje el amargo sabor de una derrota privada es la gloria misma. De modo que hacer lo que los otros hacen pero por motivos propios se convierte en una pequeña e inútil victoria. Para qué me lo voy a negar, a estas alturas? si es graciosísimo!. 
Hay que poder ser ridículo. Sí, señor. Hay que poder ser absurdo y cursi, infantil y crudo, patético y grandioso. Sí señor. Claro que sí. Hay que poder reírse, como me pasaba anoche, al darse cuenta de que lo único que me da vergüenza, a estas alturas, de haberle mostrado un texto que relataba una fantasía sexual a un hombre que apenas conocía es haber utilizado la palabra “pene”, que no tiene nada, nada que ver con ese brío que era el texto en si mismo, y entonces pensar en las palabras y cuestionarme por qué hablo de “mi sexo” cuando escribo algo así y que es muy ridículo y en un punto no, porque en ese contexto “mi sexo” me evoca lo mullido, y es por eso que tiene sentido. Mullido, cálido, oscuro, vivo, misterioso. En cambio “vagina”, por ejemplo, es espantoso, es cortante (“gi”…”gi” es el problema). Lo mismo que “pene” tiene algo incómodo, algo de cartón, y sin embargo no consigo encontrar una palabra que se acerque más. Hay que cuestionarse entonces cuánto de esto responde secretamente a vigas escondidas dentro de la construcción; vigas que no se advierten siquiera aunque se piense que sí, y responderse que no responde a eso, y que si responde, no me doy cuenta. Vaya uno a saber si soy soberbia o sabia, en esto. Es un misterio.
-Pero entonces lo femenino pasa por el sexo?. De verdad poder ser tan obtusa?
- Puedo, sin duda!. No dudes de mis habilidades. Pero no es el caso. Y además, por qué te lo tengo que explicar?
-Porque es diver?
-Divertido para vos. Para mi es un quilombo poner las cosas en palabras
- Pero podés. Dale…
-Ok. A ver…no, no pasa por el sexo. No pasa por ponerse un vestido. No pasa por ningún lado tan angular, tan quebrado. Y a la vez, sí. Pasa por entender. Pasa por entender que pasa por ahí aunque sea ridículo. Pasa por aceptar y a la vez reírse.  Pasa por el agradecimiento que sentí al saberme mujer cuando lo conocí, porque ninguna otra cosa hubiera querido ser entonces, porque de ninguna otra manera hubiera sentido la maravilla que me embargaba cuando él me tocaba, cuando él me miraba de una forma o me decía cada tanto “cómo puedes ser tan sensual?” a mi, que siempre me sentí tosca como la corteza de un árbol y me molestaba tanto tener que ser otra cosa, de otra manera. Me rebelaba. 
Pasa por saber que soy una fuerza que desconozco también allí y que esa no es más que una parte del todo; pasa por salir del odio y abrazar la contradictoria maravilla en que habitamos la vida y en que la vida nos habita. Pasa por celebrar lo cándido de querer ponerme linda para él; eso de lo que huí toda la vida, y ver en eso la transformación y maravillarse. Querer ponerme linda para él, a quien no le hacía falta, y tal vez por eso. Por eso mismo: porque no le importaba, porque no lo necesitaba, porque no era de ahí de donde venía la forma en que me miraba. A él le gustaba…un modo de moverme, o mi forma de hablar. Le gustaba una suavidad que no reconozco mía y que sin embargo me han señalado muchas veces. De lo sutil decantó lo material, y de ese ejercicio nació un cuerpo con el que yo había estado luchando hasta entonces. Vio primero el significado, y luego nombró la palabra. Cómo no iba a enamorarme de un hombre así?. Cómo no iba a ser cada encuentro alegría pura?
 El me enseñó para qué yo era una mujer entre tantas otras cosas, de un modo cabalmente distinto del de los tipos con los que había estado antes, y entonces me dieron ganas de serlo. Y es esa elección la que vale, porque implica una aceptación de algo que uno es aunque no sepa cómo ni por qué, y la posibilidad de mirar los límites y elegir entonces si quería hacerlos míos o no, pero ya no desde la bronca; ya no rechazándolos de plano ni aceptándolos por defecto. Es cuando se elige, sea lo que sea, que lo que se elige merece atención, cobra valor, habla.
Yo había disfrutado de muchas otras partes de mi, pero hasta entonces, hasta que él fue un espejo que me obligó a mirar también esa otra parte de una forma distinta de la que tenía hasta ese momento, no había entendido de esta suerte. No es sólo por el sexo ni es sólo por un vestido; no es por la convención ni lo contrario, sino porque todo eso se volvió de pronto también material maleable con el que yo podía, si me daba la gana, hacer algo que valiera la pena, para mi.





sábado, 7 de enero de 2017

Ella fue, también en eso, mi primer interlocutor: fue cuando pude hablarlo con ella y que tuviera el sentido que mis palabras no llegaban a tocar que supe que mi sensación de la importancia del abrazo no era exagerada o insana o completamente lunática. O, por lo menos, no era la única.
"Una vez abracé a una amiga 8 minutos -me dijo- Ocho. Como el infinito.". "No puede ser tan  linda",  sigo pensando cada vez que lo recuerdo. Pero sí que puede, y qué suerte.
Pero fue antes  de  eso que lo supe. Lo supe la primera vez que la abracé y sentí su corazón latir en los intervalos del mío y cuando se lo dije  me dijo  sin sorpresa alguna "sí:  como palmas flamencas".
 Lo supe cuando al salir del abrazo me encontré con sus ojos húmedos de emoción.
Desde entonces sé que, si estoy loca, por lo menos no estoy sola: ella sabe, también. Ella sabe de todo eso que el abrazo es y da y comunica. Sabe de toda esa potencia
A el le dije la semana pasada que si tenía un ratito necesitaba verlo, porque acababa de velar a mi padre, por fin, y necesitaba un abrazo. Bajó la escalera, no me dejó ni subir a su casa: desde un escalón más arriba, desde la empatía y el cariño,  desde el silencio, me abrazó. Luego me fui. No hacía falta más, y lo entendió así, sin palabras.
Un día alguien me dijo "no es que me gusten los abrazos: me gustan tus abrazos. Porque tu abrazas de verdad, cuando abrazas"

Me reconforta, algunos días, pensar en que aún con todos los errores que cometo, hay algún espacio, algún gesto en que soy realmente capaz de comunicar. Que todavía hay un espacio donde no miento.



miércoles, 4 de enero de 2017

Me preguntan si puedo trabajar hoy a la noche;  anoche no dormí nada y hoy, sobre las 23, ellas estarán en la playa con sus cenizas.
 Yo quería estar quieta en el viento. Yo quería la noche y el viento que es el mismo, como el mar; sostener desde aquí el hilo invisible y soltarlo, pero digo que sí. Voy a estar sirviendo copas mientras sus cenizas se disuelven en el aire salado.
"Bueno, la verdad es que tiene sentido", me oigo pensar de pronto, desde el completo absurdo de todo en el que estoy últimamente casi abrigada y que tanto me divierte; desde la idea que se me clavó hace unas semanas en el pecho de que los símbolos sólo sirven de verdad cuando se destruyen a si mismos.
Esto de lo efectiva que me resulta de un tiempo a esta parte la capacidad de autoconsuelo empieza a tornarse altamente sospechoso; todo hay que decirlo.

martes, 3 de enero de 2017

Quieta. Es "quieta" la palabra. No es sola. No es "necesito estar sola, hoy", lo que quiero decirle realmente, sino que necesito estar quieta.
Quieta, para poder irme con ellas hasta Buenos Aires. Quieta para surcar el cielo en el avión y la densidad de un silencio repleto de sonidos y aterrizar en la ciudad donde vivimos siempre e ir hasta el cementerio a recoger la caja. Una caja pequeña, marrón, de cartón  y tiempo.
Quieta para masticar el desconcierto de las cenizas y tomar el barco. Quieta para mecerme en el vaivén del río color león que separa la orilla donde nació de la orilla donde eligió vivir.
Quieta para llevarlo a casa. Para soltarlo en todo el viento.