Ella fue, también en eso, mi primer interlocutor: fue cuando pude hablarlo con ella y que tuviera el sentido que mis palabras no llegaban a tocar que supe que mi sensación de la importancia del abrazo no era exagerada o insana o completamente lunática. O, por lo menos, no era la única.
"Una vez abracé a una amiga 8 minutos -me dijo- Ocho. Como el infinito.". "No puede ser tan linda", sigo pensando cada vez que lo recuerdo. Pero sí que puede, y qué suerte.
Pero fue antes de eso que lo supe. Lo supe la primera vez que la abracé y sentí su corazón latir en los intervalos del mío y cuando se lo dije me dijo sin sorpresa alguna "sí: como palmas flamencas".
"Una vez abracé a una amiga 8 minutos -me dijo- Ocho. Como el infinito.". "No puede ser tan linda", sigo pensando cada vez que lo recuerdo. Pero sí que puede, y qué suerte.
Pero fue antes de eso que lo supe. Lo supe la primera vez que la abracé y sentí su corazón latir en los intervalos del mío y cuando se lo dije me dijo sin sorpresa alguna "sí: como palmas flamencas".
Lo supe cuando al salir del abrazo me encontré con sus ojos húmedos de emoción.
Desde entonces sé que, si estoy loca, por lo menos no estoy sola: ella sabe, también. Ella sabe de todo eso que el abrazo es y da y comunica. Sabe de toda esa potencia
A el le dije la semana pasada que si tenía un ratito necesitaba verlo, porque acababa de velar a mi padre, por fin, y necesitaba un abrazo. Bajó la escalera, no me dejó ni subir a su casa: desde un escalón más arriba, desde la empatía y el cariño, desde el silencio, me abrazó. Luego me fui. No hacía falta más, y lo entendió así, sin palabras.
Desde entonces sé que, si estoy loca, por lo menos no estoy sola: ella sabe, también. Ella sabe de todo eso que el abrazo es y da y comunica. Sabe de toda esa potencia
A el le dije la semana pasada que si tenía un ratito necesitaba verlo, porque acababa de velar a mi padre, por fin, y necesitaba un abrazo. Bajó la escalera, no me dejó ni subir a su casa: desde un escalón más arriba, desde la empatía y el cariño, desde el silencio, me abrazó. Luego me fui. No hacía falta más, y lo entendió así, sin palabras.
Un día alguien me dijo "no es que me gusten los abrazos: me gustan tus abrazos. Porque tu abrazas de verdad, cuando abrazas"
Me reconforta, algunos días, pensar en que aún con todos los errores que cometo, hay algún espacio, algún gesto en que soy realmente capaz de comunicar. Que todavía hay un espacio donde no miento.
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