Leo en silencio y el fulgor me hace levantar la vista: la bruma se ilumina y borra el árbol. El árbol que llevaba meses sin ver; el árbol que me mecía en las mañanas.
Ella duerme su fiebre en el bungalow y yo pienso en la bruma que tenía que volver. Tenía que volver para enterarme qué dejé aquí, para saber cuánto me han dejado.
Es cierto que nunca se sabe lo que se imagina. Es cierto que lo que se imagina , lo que se supone, lo que se adivina de alguna manera nunca es realmente hasta que es cabalmente: la emoción no es imaginable. Lo son los hechos, las relaciones, los puentes, los sucesos, las interpretaciones, las ideas, los supuestos...pero no la emoción. La emoción atraviesa y es sólo entonces, sólo así que uno entiende aunque no entienda, aunque no quepa en una ni en mil palabras la rugosidad del paño de lino sobre el que se inscribe a fuego un símbolo que lo vuelve bandera con la que andaremos de ahí en más. Bandera rota; estandarte deshilachado que sólo así sirve a su propósito real, que sólo así se vuelve dicente
Tenía que volver para enterarme que ellos dicen que era como "una mamá de todos" porque les hacía sopa si estaban enfermos o les cocinaba pan o mermelada casera; y que esa visión, en sus ojos, sorprendentemente no se riñe con el hecho de que me pasaba el día cagándome en todo y que la mayoría del tiempo soy una de esas personas que conviene tener muy lejos, con mis ataques de ira asesina ni con mi crueldad tan sutil que suele pasar desapercibida ("una madre al estilo Kali", pienso sonriendo un poco).
Volver para saber que el árbol y la niebla siguen aquí y que se han vuelto símbolo de todo ese tiempo en que éllos me rescataron sin darse cuenta siquiera. Símbolo de que también ciega puedo, a veces, ver. De que seguiré, sin saber, sin dejar se sorprenderme, sin entender, sin que haya una línea recta, sin dejar de caer ni de flotar. Seguiré porque la vida es demasiado, demasiado grande. Y yo quiero ver qué hay detrás de la niebla.
(Y el problema es que uno escribe y se da cuenta de que no importa nada. No importa. Ni siquiera eso. Tampoco las palabras; no hay alimento. Se queda absorto y se divierte ante la idea del nihilismo o del existencialismo tardío, otra máscara, otra mentira, otros pies de otros con palabras que son uñas sucias; otro modo de ser algo que tampoco se es. Se sonríe socarronamente por utilizar términos como si supiera qué está diciendo y no importa. -Qué son los símbolos?-. Ni saber ni no saber. Y no hay dolor ni desconcierto ni negrura ni nada. Hay un silencio que no tiene palabras que lo nombren siquiera. Entonces sólo le dan ganas de quedarse quieto, mirando el aire, o de abrazar a alguien querido durante mucho tiempo, porque son las únicas dos maneras en que se le ocurre -no se le ocurre: lo siente; le viene de adentro como una ola inmensa y quieta- que no se pierde el tiempo, que no se convierte en un absurdo absoluto)
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