-Dale, boludo, no me jodas…
-No, te lo digo en serio. A mi me darías miedo si no fuéramos amigos, si no te conociera. Creo que incluso así me das un poco de miedo, porque sé que tengo que tener cuidado cuando hablamos
-Cuidado de qué, Fernando?; y miedo…de qué?. Vos me estás cargando??
-No…ves?, te hablo exactamente de ésto: donde cualquier mina se pondría contenta, vos te enojás. Y el tema es ese: nunca sé con qué me vas a salir, porque vos escuchás lo que te estoy diciendo. Lo escuchás, lo masticás y me escupís algo nuevo, algo que la mayoría de las veces no es lo que me esperaba
-Pero esa es la gracia de hablar, no?. Para qué hablar, sino?
-Sí. Y no. Es lo bueno, pero no es lo normal. Lo normal son los lugares comunes, la charla tipificada. Vos pasás por ahí, pero cuando tenés ganas de hablar, pasás por otros. Vos pensás, y obligás a pensar al que habla con vos, porque sino queda como un pelotudo. Y eso da miedo
-Quedar como un pelotudo o pensar?
-Las dos cosas. Para cualquiera de las dos, hay que salir del piloto automático
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
lunes, 31 de octubre de 2016
Automático
domingo, 30 de octubre de 2016
Enseñamos, en fin, aquello que somos. Enseñamos en el ejemplo de ser. Y es sólo eso lo que se aprehende realmente.
De ahí que existir sea tan peligroso: es siendo que educamos. Y es entonces cuando la pregunta fundamental ha de ser (sobre todo cuando somos padres, pienso), entonces, no qué quiero dejar o enseñar...sino qué quiero ser. (o tal vez, tal vez, "qué soy")
miércoles, 26 de octubre de 2016
Son tantas, tantas las veces en que me pierdo, que pretender que hay un encuentro resulta casi optimista: en los rieles del deber, en el deber de descarrilar, en las redes de la convención, en lo normal, en lo racional, en lo esperable, en lo mágico, en lo sorprendente, en lo aburrido, en "la mejor forma de hacerlo", en la necesidad de traspasar, en la búsqueda de un sentido, en la posibilidad del método, en la aceptación de su ausencia, en...en todo pierdo el rumbo, desbarranco estrepitosa y sutilmente, y me lo creo. Me lo creo como creo todo cuando me pierdo: apasionada, fervientemente y con recelo; con extrema cautela y con desmedido arrojo, que no en vano una ha aprendido las bondades de la fe ciega y de la desconfianza.
Pero hay también el aire. Y a veces un silencio. Y de vez en cuando un árbol que se mueve lento o la lluvia o los ojos de los niños. Hay a veces al agua caliente del mate que me pasa por la garganta o una melodía que me atraviesa. Hay algo. Algo que me lo recuerda. Y cuando estoy tentada, cuando estoy a punto de perder el pelo y no las mañas y creerme que me di cuenta de que estaba perdida y me encontré por ese ratito, vuelvo a saberlo. A saber que no hay norte ni hay sur. A saber que sólo el movimiento importa; que sólo ahí tengo posibilidad de ser. Y que también eso es mentira.
martes, 25 de octubre de 2016
Un año y medio después, abro las cajas. Podría decir “finalmente abro las cajas”, pero eso sería más bien un deseo y no una realidad. Allí, las cosas cotidianas de cuando la cotidianeidad era nuestra: los moldes de repostería, el repasador que más me gustaba, mis caracoles, mis piedras; las palabras pegadas a imanes que tenía en la puerta de la nevera con los que escribía poemas e ideas mientras cocinaba, a veces porque sí, a veces porque salía, a veces para hacerlo reír, a veces para reírme; las fotos familiares que la lluvia, irremediable y estúpidamente, también me quitó (y yo que siempre respondí “las fotos” cuando, de niña, jugábamos al juego de las preguntas y me preguntaban qué entraría a salvar de mi casa en llamas); los papeles que quise guardar, borrados; el agua que, terca, se empeña en el cambio, en pudrir, en habitar.
No voy a hablar de lo bellas que resultan, también así, las fotos que se han vuelto de pronto cuadros abstractos, colores en fuga, tiempo que se inscribe sobre el tiempo.
Inútil mencionar que junto con los cuadros pintados al son de su tibieza andando distraídamente por la casa están también los lienzos vírgenes de huella humana que sin embargo se han teñido de los colores de la humedad y yo, antes de tirarlos, los vuelvo a mirar y pienso que la humedad puede ser una oportunidad (“la humedad como signo de vida”), y me propongo pintar con élla y no los tiro.
Cursi y predecible es decir que en las manchas que el agua ha imprimido sobre los papeles que lo nombraban me sobrecoge la forma humana que, al abrir el papel doblado, se convierte en dos figuras opuestas, antagónicas, que sin embargo se miran; las palabras borradas en medio, las palabras como distancia y puente. La humedad como marca que a la vez que destruye, evidencia la creación y enumera el recuerdo; lo graba en símbolos que, de aquí en más, no harán más que evocar, y nunca decir.
Apenas vale referir, tal vez, que mientras intento quitar el moho de lo que aún puede ser salvado de alguna manera, me asalta mi voz andando por una vereda de Parque Saavedra, camino de la panadería para comprar algo para desayunar mientras élla -que me cobijaba entonces también literalmente- dormía aún, la última vez que estuve en Buenos Aires. Mi voz que de pronto es un río que se desborda y coge el móvil y graba un texto largo que le dicta el aire, la madrugada y la quietud en movimiento, un texto que comienza por “Sobre lo muerto crece lo vivo”, ahí donde yo era el musgo, el moho, la bacteria que se alimentaba de lo que ya no era, que se erguía sobre esa carroña nutricia del recuerdo sin saber para qué. Mi voz que, a través de las palabras que no la nombran, viene a hablarme de esta sospecha que cada vez se hace más fuerte de que, quiera o no, por mucho que patalee, por mucho que me empeñe en construir en contra, yo, que todo quiero preservarlo, voy a aprenderlo: voy a aprender a perderlo todo. A perderlo todo para saber, para entender, qué es lo que realmente tengo, qué es lo francamente mío.
miércoles, 19 de octubre de 2016
Cumpleaños
Me paro un segundo, camino de la mesa, a mirar el sol que entra por la ventana y se derrama sobre el cristal y el termo. Sonrío.
Afuera los álamos ya rojean hojas y dentro el móvil suena cada tanto, trayendo abrazos y reinventando bienvenidas.
Yo tomo mate mientras hago un recuento histórico de este día en años anteriores (34, ya), pero a cada rato me interrumpe el cariño y el recuerdo de los viejos y los nuevos, de esta gente que la vida ha ido cruzando con mi vida y que tuvo y tiene la tenacidad y la generosidad de resistir mis embates oceánicos, mis desvaríos, mis ternuras y mis dolores.
No dejo de sonreír con todo el cuerpo. Alegría. Qué bueno es sentir alegría en este día. Que bueno es sentir alegría. Qué bueno es, pese a todo, seguir siendo capaz de sentirla. Fulgurante alegría, como un millón de estrellas en la panza. Como cuando era chica: con esa terca voluntad, con esa efervescencia, con ese soltar amarras...
Hace un par de días volví a acordarme de Galeano, de ese resumen de tanto que pienso que hizo en una cita punzante: "requiere más coraje la alegría que la pena. A la pena, después de todo, estamos acostumbrados".
Yo sé que mañana, o dentro de un rato, lo que odio, lo que me duele, lo que no entiendo, lo perdido, lo irremediable va a seguir ahí... pero es por eso, tal vez es por eso (y no "sin embargo"), que esta alegría prístina es un regalo, es mi regalo, es mi breve, inútil, testaruda, maravillosa victoria