Un año y medio después, abro las cajas. Podría decir “finalmente abro las cajas”, pero eso sería más bien un deseo y no una realidad. Allí, las cosas cotidianas de cuando la cotidianeidad era nuestra: los moldes de repostería, el repasador que más me gustaba, mis caracoles, mis piedras; las palabras pegadas a imanes que tenía en la puerta de la nevera con los que escribía poemas e ideas mientras cocinaba, a veces porque sí, a veces porque salía, a veces para hacerlo reír, a veces para reírme; las fotos familiares que la lluvia, irremediable y estúpidamente, también me quitó (y yo que siempre respondí “las fotos” cuando, de niña, jugábamos al juego de las preguntas y me preguntaban qué entraría a salvar de mi casa en llamas); los papeles que quise guardar, borrados; el agua que, terca, se empeña en el cambio, en pudrir, en habitar.
No voy a hablar de lo bellas que resultan, también así, las fotos que se han vuelto de pronto cuadros abstractos, colores en fuga, tiempo que se inscribe sobre el tiempo.
Inútil mencionar que junto con los cuadros pintados al son de su tibieza andando distraídamente por la casa están también los lienzos vírgenes de huella humana que sin embargo se han teñido de los colores de la humedad y yo, antes de tirarlos, los vuelvo a mirar y pienso que la humedad puede ser una oportunidad (“la humedad como signo de vida”), y me propongo pintar con élla y no los tiro.
Cursi y predecible es decir que en las manchas que el agua ha imprimido sobre los papeles que lo nombraban me sobrecoge la forma humana que, al abrir el papel doblado, se convierte en dos figuras opuestas, antagónicas, que sin embargo se miran; las palabras borradas en medio, las palabras como distancia y puente. La humedad como marca que a la vez que destruye, evidencia la creación y enumera el recuerdo; lo graba en símbolos que, de aquí en más, no harán más que evocar, y nunca decir.
Apenas vale referir, tal vez, que mientras intento quitar el moho de lo que aún puede ser salvado de alguna manera, me asalta mi voz andando por una vereda de Parque Saavedra, camino de la panadería para comprar algo para desayunar mientras élla -que me cobijaba entonces también literalmente- dormía aún, la última vez que estuve en Buenos Aires. Mi voz que de pronto es un río que se desborda y coge el móvil y graba un texto largo que le dicta el aire, la madrugada y la quietud en movimiento, un texto que comienza por “Sobre lo muerto crece lo vivo”, ahí donde yo era el musgo, el moho, la bacteria que se alimentaba de lo que ya no era, que se erguía sobre esa carroña nutricia del recuerdo sin saber para qué. Mi voz que, a través de las palabras que no la nombran, viene a hablarme de esta sospecha que cada vez se hace más fuerte de que, quiera o no, por mucho que patalee, por mucho que me empeñe en construir en contra, yo, que todo quiero preservarlo, voy a aprenderlo: voy a aprender a perderlo todo. A perderlo todo para saber, para entender, qué es lo que realmente tengo, qué es lo francamente mío.
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