El peligro de la educación es exactamente aquel que la funda, que la hace posible: no se enseña lo que se sabe, sino lo que no se sabe que se sabe; lo que sostiene ese saber. Los conocimientos no son el núcleo, sino la membrana que conforma la célula del ejercicio educativo: es a través de ella que las simbiosis y los intercambios ocurren; es a través de lo que conforma la periferia que el proceso educativo se regenera y se constituye en praxis. Pero es, sin embargo, el núcleo lo que verdaderamente se traspasa: lo que se enseña no es el saber, sino el modo de abarcarlo; los valores y las ideas que no advertimos y que sin embargo son el río que es sostenido por el cauce, y no al revés. Se enseña a horadar la propia tierra, y es en esa capacidad de contención, en esa profundidad o superficialidad, donde la verdadera educación ocurre, y no en el agua que se transporta.
Enseñamos, en fin, aquello que somos. Enseñamos en el ejemplo de ser. Y es sólo eso lo que se aprehende realmente.
De ahí que existir sea tan peligroso: es siendo que educamos. Y es entonces cuando la pregunta fundamental ha de ser (sobre todo cuando somos padres, pienso), entonces, no qué quiero dejar o enseñar...sino qué quiero ser. (o tal vez, tal vez, "qué soy")
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