miércoles, 19 de octubre de 2016

Cumpleaños

Me paro un segundo, camino de la mesa, a mirar el sol que entra por la ventana y se derrama sobre el cristal y el termo. Sonrío.
Afuera los álamos ya rojean hojas y dentro el móvil suena cada tanto,  trayendo abrazos y reinventando bienvenidas.
Yo tomo mate mientras hago un recuento histórico de este día en años anteriores (34, ya), pero a cada rato me interrumpe el cariño y el recuerdo de los viejos y los nuevos, de esta gente que la vida ha ido cruzando con mi vida y que tuvo y tiene la tenacidad y la generosidad de resistir mis embates oceánicos, mis desvaríos,  mis ternuras y mis dolores.
No dejo de sonreír con todo el cuerpo. Alegría. Qué bueno es sentir alegría en este día. Que bueno es sentir alegría. Qué bueno es, pese a todo, seguir siendo capaz de sentirla. Fulgurante alegría,  como un millón de estrellas en la panza. Como cuando era chica: con esa terca voluntad, con esa efervescencia, con ese soltar amarras...
Hace un par de días volví a acordarme de Galeano, de ese resumen de tanto que pienso que hizo en una cita punzante: "requiere más coraje la alegría que la pena. A la pena, después de todo, estamos acostumbrados".
Yo sé que mañana, o dentro de un rato, lo que odio, lo que me duele, lo que no entiendo, lo perdido, lo irremediable va a seguir ahí... pero es por eso, tal vez es por eso (y no "sin embargo"), que esta alegría prístina es un regalo, es mi regalo, es mi breve, inútil, testaruda, maravillosa victoria


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