Desnuda en la oscuridad, abro la ventana. El olor a azahar, húmedo a esta hora de la noche, me cae encima como un manto tenue.
Me siento lento y lento también miro las luces; imagino, en el horizonte invisible, el rumor del mar; investigo las sombras que la luz ambiente crece en mi piel.
Las luces, como desde un avión, parecen velas que nacen espontáneamente de la Nada, como si la oscuridad fuera cabal, absoluta, profunda como en el espacio abierto.
El vapor ondulante del té que sostengo entre las manos me humedece los labios antes de sorberlo en silencio.
"Para descubrir", me oigo susurrar de pronto, con los labios pegados a la taza (miel, manzanilla, limón), la vista fija en la distancia entre la oscuridad y la luz que se despierta de pronto como de un sueño que no recuerda haber dormido.
Para eso podría vivir.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
miércoles, 13 de mayo de 2015
domingo, 10 de mayo de 2015
Quiero
Verte
olerte
rozarte,
en principio.
Acostumbrarme lentamente
a las vibraciones de tu voz;
al modo en que las palabras
moran en tu aire;
te cincelan.
Luego -tal vez-
besarte
mielarte
lamerte;
desabrocharte despacio
los botones y la mirada.
Investigar en tu piel,
en tus caricias,
(que imagino, no sé por qué,
celestemente tiernas)
el tono de tus silencios,
los rincones oscuramente tibios
de tu forma de estar aquí ahora,
de habitar el mundo.
Verte así: sin palabras: desnudo.
Mirarte
entonces
largamente
a los ojos.
olerte
rozarte,
en principio.
Acostumbrarme lentamente
a las vibraciones de tu voz;
al modo en que las palabras
moran en tu aire;
te cincelan.
Luego -tal vez-
besarte
mielarte
lamerte;
desabrocharte despacio
los botones y la mirada.
Investigar en tu piel,
en tus caricias,
(que imagino, no sé por qué,
celestemente tiernas)
el tono de tus silencios,
los rincones oscuramente tibios
de tu forma de estar aquí ahora,
de habitar el mundo.
Verte así: sin palabras: desnudo.
Mirarte
entonces
largamente
a los ojos.
martes, 5 de mayo de 2015
Me siento ahí porque es el mejor lugar. Nadie se da cuenta. Me camuflo a la perfección con los otros porque la piel, esa barrera, me cubre las intenciones y los pensamientos. Asíque entro cuando me canso de la exposición, del teatro, de tener que caminar como una persona normal que va o viene hacia algún lugar como si supiera o entendiera o quisiera algo; como si supiera qué es, para qué o adónde va con la frente muy en alto, la espalda derecha, los tacones que suenan en el piso y las tetas delante, apetitosas, turgentes y enmascaradas en una camiseta que las enseña pero no, que las señala pero las esconde. Histeria textil.
Entro y me saco las gafas, el bolso, y me siento.
Entro y ahí está bien si lloro, está bien si estoy en silencio. Está bien, muy bien, si escondo la cara entre las manos entrelazadas así y me quedo en silencio. El silencio está muy bien. Y la quietud. Aunque la quietud puede romperse si uno llora, ya lo dije, que está muy bien también.
Bien quedarse mirando los rombos que dibujan las baldosas del suelo, porque nadie se da cuenta que es eso lo que uno hace.
Bien entretenerse con las vetas de la madera del banco de adelante, bien admirar o defenestrar internamente las imágenes pintadas en las paredes, porque parece que uno mirara más allá, se elevara por sobre los trazos y los colores y viera el símbolo y con él hablara¸ con él, no con el valor estético existente o no.
Bien sonarse los mocos, bien que lo sacudan los espasmos siempre y cuando sean silenciosos y de un nivel de violencia contenida aceptable, que sino obligaría uno a alguien a venir a consolarlo y no es lo deseable. Sin ruido, sobre todo. Hay que llorar sin ruido, si se comete la audacia de hacerlo.
Está bien aunque me importe un carajo todo aquello. Está bien porque ahí también hay un teatro, una pantomima asquerosa, absurda, enferma, pero me cabe tanto mejor que la otra de afuera en esos momentos, me viene tanto mejor porque ahí puedo entregarme a la catatonia absoluta, a la absorta contemplación de la Nada que me arranca jirones de carne con cada recuerdo y cada pensamiento. Ahí el no ser, la quietud, la muerte…parecen, de afuera, parte del ritual sagrado, del ritual vernáculo, del ritual. Y yo siempre he sido, el dios que ahí se representa en mil imágenes me libre de algo distinto, una mujer muy obediente.
Entro y me saco las gafas, el bolso, y me siento.
Entro y ahí está bien si lloro, está bien si estoy en silencio. Está bien, muy bien, si escondo la cara entre las manos entrelazadas así y me quedo en silencio. El silencio está muy bien. Y la quietud. Aunque la quietud puede romperse si uno llora, ya lo dije, que está muy bien también.
Bien quedarse mirando los rombos que dibujan las baldosas del suelo, porque nadie se da cuenta que es eso lo que uno hace.
Bien entretenerse con las vetas de la madera del banco de adelante, bien admirar o defenestrar internamente las imágenes pintadas en las paredes, porque parece que uno mirara más allá, se elevara por sobre los trazos y los colores y viera el símbolo y con él hablara¸ con él, no con el valor estético existente o no.
Bien sonarse los mocos, bien que lo sacudan los espasmos siempre y cuando sean silenciosos y de un nivel de violencia contenida aceptable, que sino obligaría uno a alguien a venir a consolarlo y no es lo deseable. Sin ruido, sobre todo. Hay que llorar sin ruido, si se comete la audacia de hacerlo.
Está bien aunque me importe un carajo todo aquello. Está bien porque ahí también hay un teatro, una pantomima asquerosa, absurda, enferma, pero me cabe tanto mejor que la otra de afuera en esos momentos, me viene tanto mejor porque ahí puedo entregarme a la catatonia absoluta, a la absorta contemplación de la Nada que me arranca jirones de carne con cada recuerdo y cada pensamiento. Ahí el no ser, la quietud, la muerte…parecen, de afuera, parte del ritual sagrado, del ritual vernáculo, del ritual. Y yo siempre he sido, el dios que ahí se representa en mil imágenes me libre de algo distinto, una mujer muy obediente.
Como si no supiera yo
que la noche es un águila negra
un cañón que humea
un aborto
viene el agua a sentarse
a la orilla de mis pies
oliendo a mugre y lombriz
a caña y a perro viejo
Las heridas cicatrizan
sobre el filo de los actos nuevos
De pronto una luz lejana
-un tren, tal vez, un coche-
lumbrea la oscuridad de la pequeña calle
que miro desde la ventana:
hay tiempo. Aún hay tiempo
—me digo—
para recogerse el pelo con una mano
apoyarse húmedamente en el borde de la noche
meter la cabeza en el agua
y gritar.
que la noche es un águila negra
un cañón que humea
un aborto
viene el agua a sentarse
a la orilla de mis pies
oliendo a mugre y lombriz
a caña y a perro viejo
Las heridas cicatrizan
sobre el filo de los actos nuevos
De pronto una luz lejana
-un tren, tal vez, un coche-
lumbrea la oscuridad de la pequeña calle
que miro desde la ventana:
hay tiempo. Aún hay tiempo
—me digo—
para recogerse el pelo con una mano
apoyarse húmedamente en el borde de la noche
meter la cabeza en el agua
y gritar.
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