Desnuda en la oscuridad, abro la ventana. El olor a azahar, húmedo a esta hora de la noche, me cae encima como un manto tenue.
Me siento lento y lento también miro las luces; imagino, en el horizonte invisible, el rumor del mar; investigo las sombras que la luz ambiente crece en mi piel.
Las luces, como desde un avión, parecen velas que nacen espontáneamente de la Nada, como si la oscuridad fuera cabal, absoluta, profunda como en el espacio abierto.
El vapor ondulante del té que sostengo entre las manos me humedece los labios antes de sorberlo en silencio.
"Para descubrir", me oigo susurrar de pronto, con los labios pegados a la taza (miel, manzanilla, limón), la vista fija en la distancia entre la oscuridad y la luz que se despierta de pronto como de un sueño que no recuerda haber dormido.
Para eso podría vivir.
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