martes, 5 de mayo de 2015

Me siento ahí porque es el mejor lugar. Nadie se da cuenta. Me camuflo a la perfección con los otros porque la piel, esa barrera, me cubre las intenciones y los pensamientos.  Asíque entro cuando me canso de la exposición, del teatro, de tener que caminar como una persona normal que va o viene hacia algún lugar como si supiera o entendiera o quisiera algo; como si supiera qué es, para qué o adónde va con la frente muy en alto, la espalda derecha, los tacones que suenan en el piso y las tetas delante, apetitosas, turgentes y enmascaradas en una camiseta que las enseña pero no, que las señala pero las esconde. Histeria textil.
Entro y me saco las gafas, el bolso, y me siento.
Entro y ahí está bien si lloro, está bien si estoy en silencio. Está bien, muy bien, si escondo la cara entre las manos entrelazadas así y  me quedo en silencio. El silencio está muy bien. Y la quietud. Aunque la quietud puede romperse si uno llora, ya lo dije, que está muy bien también.
Bien quedarse mirando los rombos que dibujan las baldosas del suelo, porque nadie se da cuenta que es eso lo que uno hace.
Bien entretenerse con las vetas de la madera del banco de adelante, bien admirar o defenestrar internamente las imágenes pintadas en las paredes, porque parece que uno mirara más allá, se elevara por sobre los trazos y los colores y viera el símbolo y con él hablara¸ con él, no con el valor estético existente o no.
Bien sonarse los mocos, bien que lo sacudan los espasmos siempre y cuando sean silenciosos y de un nivel de violencia contenida aceptable, que sino obligaría uno a alguien a venir a consolarlo y no es lo deseable. Sin ruido, sobre todo. Hay que llorar sin ruido, si se comete la audacia de hacerlo.
Está bien aunque me importe un carajo todo aquello. Está bien porque ahí también hay un teatro, una pantomima asquerosa, absurda, enferma, pero me cabe tanto mejor que la otra de afuera en esos momentos, me viene tanto mejor porque ahí puedo entregarme a la catatonia absoluta, a la absorta contemplación de la Nada que me arranca jirones de carne con cada recuerdo y cada pensamiento. Ahí el no ser, la quietud, la muerte…parecen, de afuera, parte del ritual sagrado, del ritual vernáculo, del ritual. Y yo siempre he sido, el dios que ahí se representa en mil imágenes me libre de algo distinto,  una mujer muy obediente.




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