lunes, 28 de noviembre de 2016

Algunos días soy solamente la astilla
-de savia mojada todavía
que se aterra del aire, ya desnuda-
que la rama quebrada entrega al viento




viernes, 25 de noviembre de 2016

Risa

El amor entra en nuestra vida por los huecos que deja la risa
Berna Wang

Si se lo contara, él me diría que le resulta extraño: tenemos muchas cosas en común. De hecho, nos caemos muy bien. Sin embargo, cuando tengo que elegir entre ir a una expo a la que me invita o quedarme en casa haciendo algo, lo que sea, que me apetezca, prefiero lo último. Él me diría que tengo que sociabilizar, y yo le diría que no me da la gana ni de hacerlo ni de obligarme
Inevitablemente, cuando una es yo (cosa curiosa, si las hay), tiene que preguntarse por qué. Por qué, teniendo tanto en común con élla, incluso resultándome la buena dama una persona muy interesante, me da pereza el encuentro. Y por qué con él no. Porque si también me pasara con él o con todos los otros, la cosa no revestiría misterio alguno: soy el mismísimo Grinch. Punto. Sin embargo no sucede.
Pienso en eso mientras camino al trabajo; lo miro con curiosidad mientras recuerdo la noche en que salimos a tomar algo y nos dieron las tantas hablando de política y de las diferencias de los sistemas educativos de Brasil, Argentina y España. Es que tiene hasta eso: es profe de Bellas artes, y la mina me escucha hablar de arte y de programas educativos. A mi. Soy una caradura, y élla es generosísima. Y, aún así.
Desde entonces me invita a todos lados, a lugares a los que me gusta ir, a los que iría normalmente;  y le cuento algunas ideas que tengo en la cabeza que, para colmo, le gustan; la consulto sobre masa de modelado y pinturas para trabajar sobre las fotos que el agua se llevó, y cada vez que hablamos o nos vemos hay algo ahí, una suerte de camaradería, una simpatía muy evidente.
Pero algo me frena, llegado el caso. Algo falta para que yo prefiera salir de mi comodísimo caparazón de cangrejo ermitaño a quedarme en él.
Lo que hubiera dado cuando era chica por poder tener un tipo de relación así con una amiga, y ahora que tengo una oportunidad más (y ésta, cercana), no sólo no propicio el encuentro sino que prefiero quedarme en casa mirando un documental sobre los guerreros de terracota del primer emperador chino, pongamos por caso.
Me intriga, el asunto.
Entonces me llega un mensaje de él, y a los dos minutos de charla mis carcajadas resuenan por toda la casa.
Entonces me acuerdo de Berna, y entiendo.
Y me acuerdo de esa vez que, mirando a los Les luthiers en el teatro, le escuché a mi padre reír una risa que nunca antes y nunca después volví a escucharle, y me pareció grandiosa y me sigue conmoviendo, aún hoy, el recuerdo; lo efímero.
Me acuerdo de ese día de enero en que volví a reírme, después de tantos meses; a reírme de verdad; y de que era con él, de un chiste malo, absurdo, de esos tan nuestros, mientras los demás nos miraban sin entender de qué carajo nos reíamos
Me acuerdo de que hace unos días volví a escuchar un programa de radio que escuchaba en Buenos Aires y que voy por la calle sin poder aguantar la risa y la gente me mira y desde entonces pienso a cada rato, entre una carcajada y otra, en lo lindo que es reírse así, lo sanador, lo balsámico, lo símbolo de tanto que es.
Recuerdo que, hablándolo con mi hermana alguna vez, las dos coincidimos en que la sensación de hogar que se da en los reencuentros con gente muy querida y largamente añorada tiene todo que ver con eso, con la risa. Con esa risa.
Me acuerdo. Me acuerdo de la risa. Risa de la buena, risa desde el fondo, risa que desborda; risa que no río (que no soy capaz de reír) con mucha gente.
Me acuerdo de Berna, y entiendo.



Qué separa la denuncia de la propaganda?. Cuál es ese límite difuso que divide el mostrar la realidad de mostrar la máscara en que la realidad me constituye como un actor?. Qué separa este intento, este mismo intento decir del intento de ser?.
Existe una continuidad o lo genuino exige un quiebre entre esos dos territorios?. Habría que tender al anonimato en el arte para descubirlo como algo nuevo?

(qué señala la necesidad de la autoría?)

(Es cierto que las cosas adquieren sentido dentro de un marco, muchas veces. Que el medio, las circunstancias, la posición dentro de un sistema cambian el sentido de lo dicho. Pero es lícito que sólo por eso hayan cosas que tengan valor?)

jueves, 24 de noviembre de 2016

Comunicación

...no habría entonces posibilidad alguna de entenderse. Entendés lo que te digo?. Sí, claro que lo entendés, pero no. En realidad, no. Es ese el tema. Vos oís las palabras que yo te digo y ves los gestos y sentís la entonación y todo eso se funde, todo eso son partes indisolubles que se potencian hasta que en una fracción de segundo los símbolos alcanzan un clímax, explotan sin ruido dentro, la electricidad de tu cerebro chispea y la amígdala recupera la blanda baba de los recuerdos sin forma y entonces vos decís o yo digo o nadie dice pero se puede decir “entiendo” y que eso sea comprensible. Pero el símbolo es tan hondo, tanto…cómo saber si la cosa y el significado de la cosa coinciden?; cómo saber, por muchas palabras, por mucho tiempo de muchas palabras, que lo que yo digo cae exactamente en un lugar donde cada borde tiene su correspondencia en vos?.
Pero es que incluso si me atreviera a postular la intelección intuitiva, la intuición, un canal energético o no verbal o lo que sea que nos atraviesa a ambos y que puede ser el modo en que lo no dicho encuentre el modo de ser expresado o ni siquiera eso, encuentre el modo de ser aprehendido más allá o más acá de las palabras y las cosas, incluso si me atreviera a proponerlo, digo, cómo saber?.
Saber en la mirada y en el aire, solamente. Sólo así saber: sintiendo.
Sucede que también eso es falible. Sucede que, aunque la certeza me haya ocupado muchas veces en ese sentido, también me he sabido equivocada con el tiempo. A veces creo que es sencillamente porque los otros no se atreven a poner en palabras, a confirmar con las palabras (como si las palabras fueran cosas, fueran postes, fueran actos, qué idiota) lo que se sabe de otra manera y sin lugar a dudas. Otras veces recuerdo que soy muy soberbia, y dudo.
Así es que nace la soledad. Así. Así, exactamente.






Se ríe, porque cuando no sabe qué decir, se ríe. No sé si lo hubiera adivinado si no me lo hubiera dicho. Tal vez sí; pero me gusta más que me lo haya dicho.
Hablamos de la belleza y él, tan científico, tan académico, tan niño, se ríe y me pregunta, casi socrático -pero más malicioso- qué es eso, y yo le digo que no sé.
-Pero puedo decirte qué es bello, para mi. Bello es aquel momento en que al lado del lavavajillas inmenso y sucio me viste triste, y sin decirme  una  palabra me abrazaste, y al ratito empezaste a balancearte apenas y me tareareaste una canción de cuna
-Y cómo te acuerdas de eso?
-Por eso. Porque es bello. Bello, sobre todo, porque supiste que podías hacerlo. Porque apenas nos conocíamos pero no tuviste miedo, ni de mi, ni de vos.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Cae la tarde y la invito al último sol, mi preferido. Desde chica pienso que el sol cuando se pone naranja, ambarino, es dulce, como una caricia. Ella acepta y  buscamos las últimas franjas de sol en el porche, sentadas en un arco redondeado que enmarca nuestras sombras frente a frente contra la pared del fondo. Quiero sacar una foto porque es demasiado hermoso y a las dos nos gustan las fotos de sombras, asique sin interrumpirla enfoco a ciegas y sin dejar de mirarla ni de escucharla, disparo; cuando hace una pausa miro la foto y se la muestro: las sombras de las ramas del árbol que está en medio de las dos se superponen con las sombras de sus brazos gesticulando y no se distingue donde empieza lo uno y termina lo otro. Le encanta.
Seguimos allí la charla que estábamos teniendo sentadas en el piso de la cocina, y cuando lo miro de lejos, como ahora, sigo sin entender cómo todas las veces en que nos vemos no nos caemos a pedazos mientras hablamos. Cómo se puede hablar así, de eso, así, con la misma naturalidad con que la gente habla de las notas escolares de los chicos o el precio de la gasolina y adónde vamos a parar. Cómo se puede abrir el hueso de esa manera sin romperse. Como nadamos en el vómito sin ahogarnos y nos contamos mientras el modo en que los pies se mueven bajo la línea de flotación como quien pasa la receta de un flan casero.
No  sé cómo me cuenta de las fotos. Me cuenta que cuando era chica no quería crecer porque no quería morirse. Que élla miraba las fotos de los adultos y siempre había algo que le resultaba muy incómodo, algo que no pudo precisar hasta los 14 o 15 años, cuando alguien la increpó sobre su caos, su urgencia vital, su modo frenético de vivir (“yo quería estar de fiesta, siempre de fiesta: quería reírme mucho y emborracharme y hacerlo todo, todo, absolutamente todo”) , y élla, que nunca se había parado a pensar en eso, se encontró con una fotografía, ya no recuerdo de quién: parecía que estaban muertos. Sonreían, era una foto muy linda…pero élla tenía la sensación de que esa gente estaba muerta, y  no entendió por qué hasta que fue grande
-Los ojos-me dijo-. Nunca te fijaste que los ojos de la gente grande en las fotos siempre están…muertos? Apagados?. Los ojos de la gente en las fotos mienten, pero se nota. Yo me di cuenta de por qué una vez que vi una foto mía. Entonces entendí lo que siempre me había dado miedo de crecer cuando era chica: eso que veía en mis ojos en esa foto. Esa muerte. 
Hablamos de las heridas,  y me dijo que élla creía que en la vida de todos había una de la que uno no se recuperaba nunca; como un aguero negro que se abre de pronto y lo devora todo alrededor, aunque el universo siga existiendo. Que era ésa la que les hacía perder lo vivo de la mirada, lo vivo de la vida, y que para cada uno esa herida era algo distinto. Que no tenía siquiera que ser grave o grande, que podía incluso ser ridículo, pero que sencillamente tenía que ser vital para uno.
Esto, dicho por una mina que cita a Ciorán de memoria, no puede revestir candidez o simpleza alguna. Por lo menos en líneas generales y algo ingenuas, pero sobre todo, en éste particular y desde el conocimiento.
Me lleva más de diez años y sin embargo a veces me parece que me llevara 50, y otras que yo le llevara 20 a élla. No sé por qué me sigue sorprendiendo el modo en que me ve, cuando todo lo que mira lo recubre con ese mismo aire, tan particular, que es capaz de llegar hasta el hueso mismo y acariciar la oscuridad más desgarradora con la misma fascinación con que acaricia la luz que la ciega. Me cuenta, medio riendo, medio asqueada, que alguien que odia le dijo una vez que ella era una “fuerza de la Naturaleza”, y a mi no me queda más remedio que estar muy de acuerdo. Es así: brutal, violenta, terriblemente hermosa y viceversa. Como una tormenta en altamar. Como un niño.
Y luego me dice eso que no me olvido, que no me quiero olvidar, y que a veces no creo, pero que quiero creer. Quiero creer. Quiero que tenga razón. Me dice
-En cambio vos no tenés eso en los ojos. Vos estás viva, todavía






lunes, 21 de noviembre de 2016

A veces me baño y me río a carcajadas. Me recorre la electricidad de cuando era niña, esa alegría incontenible, inexplicable, casi causa sui, y entonces tengo que moverme mucho, tengo que saltar o bailar o todo al mismo tiempo, porque sino tengo miedo de explotar.
Dividida, como siempre, una parte mía se maravilla, otra se asusta, otra busca razones, otra hace callar a ésta última, otra piensa que por fin, otra se alegra de que no importe por qué, otras inventan conversaciones con determinadas personas a las que una de mis partes les cuenta el fenómeno, otras etcétera, y así el agua cae y yo me río.
Siempre me llama la atención esa cúspide de una elevación que no advierto haber estado subiendo hasta que me encuentro el horizonte debajo.
Para variar, la parte que necesita entender se impone, y mientras me estoy secando y me divierten las formas que el vapor del espejo desdibuja repaso, rebusco en los minutos de los días pasados y las sensaciones últimas los pasos que hasta aquí me trajeron:

La alegría de saberlo en su casa. La alegría que me produce que me produzca alegría, porque es una seña de cuánto lo quiero y qué lindo que es quererlo, qué lindo es que exista, qué lindo es poder sentir. Poder volver a sentir, cuando estoy contenta, que quiero verlo, porque quiero que él me vea contenta. Quiero que me vea contenta porque sé que se va a poner contento. Bendecir la alegría del puente. Bendecir la Vida que hay en la amistad.

El que élla, a quien casi no conozco, me respondiera “tu mirada ayuda” cuando le hablo de pequeños milagros cotidianos, y pensar que ojalá; que quisiera que eso fuera mi mirada. Recordar que me han dicho eso antes, que antes me han hablado de “mi mirada” y que siempre me llamó la atención porque la mirada no puede verse a si misma y tampoco puede verse del todo en la mirada de los otros; pensar en la mirada (la mirada que pesa, la mirada que evita, la mirada que controla, la mirada que libera, la mirada que acaricia, la mirada que crea, la mirada: ese desafío, esa casa sin paredes, esa fortaleza, esa maciza levedad), pensar en un modo de ver como un modo de ser porque después de todo la mirada como la palabra, y entonces recordar como siempre que pienso en ésto a Borges diciendo que la mirada es el más inglés de los sentidos porque implica una distancia (cómo puede ser tan genial este tipo???), y así la mirada y la palabra y el espejo que es el otro en esa construcción imposible en que somos. Divertirme como loca con ese enredo y no saber nunca si juego como los niños, sabiendo que es un juego pero jugándolo completamente en serio, o juego como los adultos, exactamente al revés.

Sentir de pronto esta suerte de productividad creadora, creativa: volver a pintar, volver a sentir este éxtasis incomunicable y algo indescifrable, mientras espero muerta de frío en la lavandería automática a que la ropa se seque, al leer ideas que me provocan, que me devuelven a mi completa ignorancia de tanto y que me dan hambre, mucha hambre, y reírme entonces cuando leo a Savater hablando de Shopenhauer y pienso “pero yo esto lo leí antes o este tipo me copió todas las ideas!” y luego “yo quiero abrazar a este tipo!”, porque es tan hermoso que haya gente que se ocupe de eso, es tan mundo que nada importe y que aún así haya la testaruda, necia tarea de crear, de intentar, de empezar. Esa ridícula valentía que tal vez sea la única posible, y entonces volver a recordar que esta tarde pensaba en que tal vez seamos apenas fragmentos del camino que recorre y conforma una mirada, y que entonces cada uno de nosotros ( y así cada cosa en nosotros, como un fractal, infinito) es parte necesaria de algo que nos excede por completo (no me interesa siquiera pensar en qué: dios, tiempo, universo, caos; qué más da -o lo da todo?(cuándo encontraré el puto guión de diálogo???)-. Que ya lo decía Kazanztaki:” Hemos visto el círculo más elevado de poderes en espiral. Le hemos puesto de nombre a este círculo Dios. Podríamos haberle puesto cualquier otro nombre que quisiéramos: abismo, misterio, oscuridad absoluta, luz absoluta, materia, espíritu, esperanza última, desesperanza última, silencio. Pero no olvidar jamás, somos nosotros quienes le ponemos el nombre”)

Recordar que es en esta tierra de la Soledad en que germino de esta manera, como antes. Preguntarme entonces si es la única manera y responderme que no, que es sólo una, y que el desafío, en caso de buscarlo, quererlo, aceptarlo, sería justamente ése: quitar la fatalidad del medio; entender que soy y somos lo que decidimos y, tal vez, aquello por lo que o contra lo que luchamos. Saber (volver a decirme, disfrutando de la serenidad que trae la certeza, sea o no cierta) que sos y has sido, en ese sentido, mi más alta victoria; tal vez la única, aunque fuera inútil.
Volver a entender que no entiendo. Saber que no sé (sin ponerme socrática, faltaba más). Aceptarme palabra que dice silencio.

Reconocer, como el brote verde de un bulbo que olvidamos haber plantado, las ideas de siempre, mis viejas obsesiones. Darme cuenta una vez más que llevo toda la vida pensando lo mismo sin aburrirme y sin llegar a ningún lado, pensando a veces que sí, queriendo pensar que hay una evolución, volver a pensar en la idea de que el conocimiento puede ser en espiral y no lineal (podría ser, por qué no; qué bien estaría. Desconfiar, entonces); volver a pensar en que tal vez la idea misma del conocimiento sea mentira, que lo único que puede conocerse no puede comunicarse realmente, no con palabras. Odiar a Gorgias por brillante o por manipulador hijo de puta o por ambas, quién sabe.
Seguir sin saber. Sin saberlo nunca. Que me deleite y me aterre entonces la idea de que sólo luego se puede saber qué es uno: sólo después de haber sido. Un poco de nuevo como la idea de Borges en el maravilloso epílogo de "El hacedor", un poco como la idea de Shopenhauer; un poco como pienso desde hace mucho y nunca estoy segura de si le robé a alguno de los dos en algún momento y convenientemente lo olvidé para creerme que soy muy inteligente.
Dudar de si todo esto es lo único que verdaderamente me importa o lo único que me divierte lo suficiente como para evitar lo único que me importa realmente.

Entender entonces que más allá de todo, y más acá, y en ningún lado, soy también esta alegría. Que soy esta electricidad. Este desconcierto que hoy es un niño que ríe ante la maravilla de la pelota que bota sin entender cómo, que ríe porque si y por qué no. Que soy cada antes y cada después. Soy cada mentira y cada verdad. Soy esta risa y el todo y la nada que la sostienen.

(cómo se puede, joder, ser todo ésto ahora y haber sido tanto contrario antes y ser mañana otra cosa y luego lo mismo u otra cosa pero de igual intensidad?. Cómo puede caber tanto en algo tan poco como un ser humano?. Y cómo podría no hacerlo?)




Murmuración

Me hipnotizan: todo deja de ser importante cuando paso por la ventana y ellos bailan y son olas y son seda y son viento.
Los filmo torpemente y se los mando a élla, porque siempre recuerdo cuando los veo que una vez hablamos de ese fenómeno y élla me dijo que parecía que había una mano invisible moviéndolos y yo le dije estúpidamente que sí, y que a Adam Smith se le había ocurrido el lugar menos poético del mundo para inventarse una mano invisible. 
Desde entonces siempre que los veo pienso en élla, y en la música. Son un concierto de cámara. Son lo que mueve el mar. Ellos oyen el secreto sonido de un universo que ignoramos, y bailan. Me arroba esa perfección, ese fluir...quisiera tener más ojos para verlos más
No sé cuánto tiempo después de que le mando el vídeo sigo mirándolos. Sigo mientras ellos siguen. Sigo aunque me tenga que cambiar e irme porque me parece...no sé, el equivalente laico de un pecado, no mirarlos.

"Murmuración", le dicen al vuelo sincronizado de los estorninos. No puede haber forma más hermosa de decirle. Y "la hora mágica" le dicen a esa hora en que el sol ya se escondió y todavía hay luz pero las farolas del alumbrado público igual se encienden. 
Ellos dejan de volar justo en ese momento, y yo recuerdo entonces que a él y a mi nos gustaba tanto esa hora que nos parecía injusto que no tuviera nombre, asique le pusimos uno que inventamos nosotros. Me voy a vestir recordándolo: "pukama". 
Recuerdo también las veces en que al atardecer lo arrastré hasta el castillo del pueblo porque cuando sonaban las campanadas a mi me encantaba ver a aquellos no-estorninos salir de los agujeros que habían en las paredes, de sus nidos, y estamparse como un millón de estrellas fugaces negras contra el cielo ya violáceo, ya rojo, ya parido de sombras del día que se iba. Aquellos pájaros no volaban sincronizadamente, pero lo mismo me parecía maravilloso. Luego ya iba sola; ya no podía compartir con él ese asombro, ese silencio, esa maravilla que, aunque fuera la misma, ya no era un puente. A veces el significado cambia aunque todo siga siendo igual: es lo maravilloso y lo trágico del tiempo y la palabra
"Pukama.. .por qué le pusimos así?...no me acuerdo". 
Recuerdo que la palabra me hacía pensar en el sol, y que luego de eso siempre me pregunté si los pájaros, cuando vuelan así, presagian la noche o el agua. "Porque la noche es de agua, como la luna. Claro que los pájaros no son música sólo al atardecer, pero si no me doy cierta licencia poético/temporal se me termina el delirio"
En eso estoy, sonriéndome divertida mientras termino de abrocharme el abrigo, cuando voy a salir y vuelvo a mirar por la ventana. Diluvia.





martes, 15 de noviembre de 2016

Tengo que contemplar la posibilidad de estar equivocada. Así que hay días en que, mientras cocino o voy con un par de zapatillas grises en la mano del comedor a la habitación, la contemplo. Es muy divertida. No la posibilidad en sí, sino la coherencia interna.
Me río contemplándola mientras barro la cocina o voy al estanco caminando por el costado del río, porque me hace pensar en Picasso.
La idea se me figura un cuadro que miro con curiosidad amorfa, con una aburridísima sensación de deber. Le veo las líneas cortantes, los colores chillones, la deformidad que se supone ha de ser elocuente, simbólica, interesante.
La miro desde la historia y los trasfondos, y la discuto sin mucho interés realmente y me obligo un poco a buscarle cosas que me parezcan dignas de ser miradas pero en el fondo lo que tengo ganas de hacer es de darme vuelta e irme, porque es un cuadro de mierda y me parece que estoy perdiendo el tiempo, que no vale mi tiempo, mi precioso tiempo, y aquí me vuelvo a reír y entonces sigo mirándola e investigando las sensaciones internas de la figura, lo que cruje en la yuxtaposición de las tramas y los círculos deformes por perfectos de los ojos y eso que se supone que quiso expresar el que la pintaba y mis ganas de escupirla como si hubiera cogido un sorbo demasiado grande de agua y me sobrara, es decir, no escupirla realmente, porque no me da bronca ni me enoja, sino que me produce una extraña sensación de abúlico desprecio. Como una burda mentira.
Huelga decir a estas alturas que, quitando sus aguafuertes y algún cuadro puntual de su época azul, yo odio a Picasso (voy a decir también que sospecho que odiarlo es, en el fondo, una máscara en que mi inseguridad hace patente hasta qué punto mi necesidad de aprobación encuentra vericuetos detrás de los que camuflarse para reafirmarse así, mediante un supremo acto de hipocresía?. Sí, también lo diré, qué tanto). Y que es muy divertido ser yo. Y que no me atrevo a saber cuánto de cierto hay en estas ganas que no se me quitan que tengo de vos, casi que también.
Como con Picasso, la verdad es que nunca estoy muy segura de si soy reaccionaria, contrera, ignorante, o conozco demasiado bien lo que me resulta cierto





lunes, 14 de noviembre de 2016


No sé desde cuándo lo sé. Tal vez desde su segundo abrazo, el primero de verdad; ese que me dio francamente luego de que al soltarme del primero le dijera “no, eso no es un abrazo” y él se diera cuenta de que no era una convención lo que yo quería, de que no hacía falta esconderse.
O desde la noche en que sentados en la puerta de su casa a los dos nos resultaba lo más natural del mundo que su mano acariciara la mía como una hormiguita que anda por la rama de un árbol y tantea en la oscuridad pero sin miedo el camino, y que su boca besara una y otra vez mi pelo, como si yo fuera una niña.
O tal vez fuera el silencio. Esa noche en que mientras admirábamos juntos los edificios salir de la niebla espesísima, embelesados, sin palabras, él dijo “esto es bueno” y yo dije “sí”, porque sabía de qué hablaba y no pude evitar recordar a Galeano cuando conoció a Helena pese a que nada tuvieran que ver las situaciones, y él dijo “me gusta que podamos estar en silencio y digamos tantas cosas”.
 O quizá lo sé desde todos esos lugares a la vez, en suma, como los pasos son parte del recorrido.
 Sólo sé que frente a él, frente a su humanidad que brevemente cruzó la mía, soy cauce de palabras. Que soy puerta, que vengo a traerle parte de su historia pasada para que haga con ese barro, si quiere, las paredes de la casa que quiera habitar. Sé que leí sin saberlo cosas que tuve que guardar porque lo buscaban, aunque yo no lo supiera, aunque no fuera esa la razón.
Palabras: vengo a entregarle palabras.
Palabras de otros que son también suyas. Palabras del viento que forjó la tierra que lo vio nacer y que él no recuerda, para que sepa (no a través de éllas sino dentro, porque las palabras son casas macizas que, cuando están bien construídas, se esfuman apenas las habitamos, se hacen Todo) para que sepa, cuando ande el camino que elija, de quién son los pies que pisan.




jueves, 10 de noviembre de 2016

-Porque el cuerpo...el cuerpo y la palabra son lo mismo, ves?: son medios de expresar lo inaprensible. Por eso no hay nada sagrado: es el modo de hacer lo que le da o puede darle a cualquier cosa ese carácter...
Ella me mira con sólo el humo del cigarro moviéndose en su mano. Yo me miro en su silencio y, como suele sucedernos, es en su quietud donde me doy cuenta de lo que acabo de decir (de decir, de hacer vibrar en el aire...la voz, la palabra, el calor, el sonido que atraviesa lo etéreo)
Tal vez sea porque últimamente es el bendito tiempo de su ausencia, que puedo pensar en las miradas. Nunca dejaron y nunca dejan de llamarme la atención. Hay algo tan fructífero, tan esquivo, tan contradictorio en las miradas; tan fértil allí donde la fertilidad es el preludio de sinfonías sublimes o ruidos espantosos.

Últimamente las imágenes que me devuelven los ojos de los otros son algo distintas. No tiene nada de raro, es cierto; todo ha cambiado: el lugar, los que miran, las edades en que se lo hace; todo. Lo interesante es preguntarse si también uno. Lo interesante es preguntarse si también uno ha cambiado porque el mero hecho de preguntárselo señala una posible conexión entre lo uno y lo otro, entre uno y el reflejo que es la mirada del otro, que es una cosa que en un punto creo muy posible y en otro todo lo contrario: uno no es quien los otros ven y quien los otros dicen o creen o interpretan, y sin embargo algo cierto puede derivarse, a veces, de esa visión; aunque más no sea la posibilidad de preguntarse qué hay de cierto en élla y el modo en que a través de éllas nos relacionamos con nosotros mismos.

Las miradas actuales y las históricas se superponen, se trenzan mientras tomo mate en silencio. (el mate, como un ancla). La suya, entre todas. La suya. Para qué voy a mentir, para qué voy a decir que no me importa lo que él ve o lo que vio. La suya, que ya no tiene el peso que supo tener, que ya no me duele ni me arropa, y que sin embargo sigue pareciéndome interesante, digna de ser mirada. Tal vez porque es la más polarizada, la más terrible y la más hermosa. Me acuerdo que una vez me dijo, embelesado, que yo era como el mar. Se puede decir algo más lindo, más poderoso, más ambiguo?. Luego me río pensando que a él el mar no era algo que le gustara particularmente como a mi, que si no lo veo cada par de meses me da una suerte de síndrome de abstinencia. Los recuerdos son fantásticos.

A veces me pregunto, todavía, qué verá ahora; qué datos le habrá traído mi ausencia. A veces me gustaría llamarlo para que me cuente, con una curiosidad casi científica

 Es curioso el modo en que las miradas de los otros pincelan un lienzo que no es uno y, sin embargo, dan cuenta de ciertas figuras que no advertimos, porque mirar también es un acto que descubre al otro: lo que se ve también habla del que mira.
Una chica con la que viví un tiempo, por ejemplo, en una época en la que yo me sentía particularmente llena de demonios que no paraban de morderme todo el rato, cada vez que entraba y me veía quieta leyendo, o mirando por la ventana o escribiendo, me decía “te envidio…siempre tienes un aire de paz!”

Las miradas de los amigos son siempre dulces; no valen para el estudio. Pero igual las recuerdo, muchos días, porque sirven de abrigo. Las recuerdo y no me importa cuánto tienen o no de ciertas, y me abrigo en éllas porque incluso aunque fueran falsas, si sirven para que la gente querida se sienta así, cobijada, me valen. Me vale recordar que he sido “faro”, y “árbol en la tormenta”;  he sido, sobre todo he sido, abrazo; “mano en el hombro en la oscuridad”. Y lo más lindo que me han dicho en la vida, que es “alguien con quien uno siente que puede ser quien es; que no necesita ser otra cosa distinta”. He sido un poema de Hamlet Lima Quintana y uno de Paul Elouard y otro de E. E. Cummings. He sido algo entre las letras de un libro de Gaston Bachelard, y el color del trigo de El Principito y un fueguito de Galeano y uno de los nómadas que retornan de la mano de Lía Schnek
Tantas cosas son mentira que si todas estas lo fueran, no me molestaría tanto si a ellos les sirve; si conseguí serlo aunque fuera unos segundos
Aunque los amigos también saben ser crudos, filosos. Por eso son amigos, después de todo. De sus miradas que me reflejaron inflexible, brutal, terca, impenetrable, demasiado inocente, demasiado comprensiva, demasiado sensible o demasiado algo (porque el tema es ése: siempre soy “demasiado” algo; está en el exceso, el problema. Es de lo más gracioso y elocuente darse cuenta) guardo, también, celosa nota. Pero puestos a elegir, claro, prefiero las otras.

Luego están la de los extraños, que son fabulosas. Van desde ser intratable a ser simpatiquísima, y cada uno está muy convencido de éllo.
-Al principio me parecías muy…seca. Pero no eres tan antipática, me dijo un cliente de un bar una vez
-Sí, soy. Pero sólo con la gente que me cae antipática.
- O sea que yo te caía antipático?
-Sí.
-Pero ya no…
-Ahora, menos

La de ser educadísima y elegante, cosa que nunca deja de darme mucha risa, responde sobre todo a una cuestión de idiosincracia nacional, creo, a una cuestión de pre-juicios y/o imágenes sociales que me anteceden por completo y que me favorecen sin atisbo de criterio, de modo que no le presto mucha atención aunque a mi vanidad le encanta la idea, probablemente porque  tiene, pese a su inherente estupidez, un buen sentido del humor.
En este sentido, el de los prejuicios, la cosa de la que más me gusta acordarme es la de aquel verano en Uruguay en la que un chico con el que hablaba después de un partido de volley al atardecer me dijo “no parecés argentina”. La otra parte del prejuicio, dada vuelta, porque los uruguayos nos odian. Eso sí que era un piropo en toda regla.

También están los que dicen que soy la alegría personificada y aquellos para los que soy la personificación misma de la amargura. Me encanta la gente.

La que más me llama la atención, con todo, es una que se repite mucho últimamente. A mi, que soy la inseguridad hecha carne, me dicen que soy muy segura, que siempre tengo un aire de saber exactamente qué quiero, qué hago y cómo. El más certeramente desconcertante en este sentido fue el más curioso, porque venía de alguien que no era un desconocido, sino que conocía como pocos las más monstruosas y desquiciantes construcciones laberínticas en que suelo perderme: la tipa un día, no hace mucho, me batió que yo era “preclara”. Yo no sé todavía si abrazarla compasivamente o pegarle.

Inevitablemente tengo que preguntarme, ante semejantes atropellos, si están todos ciegos, si he desarrollado habilidades histriónicas tan retorcidamente geniales que hasta a mi misma me pasan desapercibidas, o si todo me importa tan poco últimamente que es esa la sensación que doy, pero decir que alguien es “seguro” suena mejor que decir que es “pasota”, como dirían por aquí, o apático. Aunque también es cierto que la idea de la "seguridad" siempre me pareció algo bastante esquivo, algo que suele presentarseme como adorno de infinitas máscaras, y que suelo no saber qué quiero (o qué soy, o cómo) pero suelo tener bastante claro qué no.

La cuestión es un misterio. Las miradas, las formas en que construimos imágenes de los otros y nos relacionamos a través de ellas, también.





Es algo que he hecho toda la vida. De hecho muchas veces creo que ahí, en lo que no digo, es donde algo existe realmente.
Sin embargo todavía me sorprende: cuando lo pienso un poco me resulta increíble la cantidad de palabras que te he dicho, de las que no sabés y nunca sabrás.
Por momentos me intriga saber si el silencio tiene, de alguna manera, un peso que deforma el tejido del espacio- tiempo aunque no lo sepamos. Es decir, si hay algún lugar que no sea yo donde las palabras que te digo sin que las oigas tienen algún tipo de consecuencia.



A la Vida la necesito lenta. Necesito poder cocinar inventando, con una copa de vino y música, y balancearme apenas mientras el jengibre infusiona y yo me divierto suavemente pensando en cómo sabrá la comida. Necesito que el aire de las ventanas que abrí se mezcle con el vapor y quedarme mirándolo deshacerse a través de la luz de plata que destilan las nubes en la bruma. Necesito este contraste donde que la casa huela a limpio resulta un goce y lo cotidiano, lo breve, se convierte de pronto en savia que me sostiene erguida, en ancha calma como una sábana que se seca al sol. Necesito de esta  tranquilidad que nada tiene de espectacular y que se parece, sin embargo, tanto a una apacible felicidad.
Necesito tiempo, todo el tiempo, para deshacerlo en la boca como un caramelo

martes, 8 de noviembre de 2016

A veces cocino y el viento grita en el lavadero. Susurra gritos mientras yo cocino y pico el ajo y después el hígado y me pregunto por qué se me habrá dado por comprar hígado, con el asco que me da cocinarlo aunque no comerlo, y me acuerdo de mi padre un poco porque qué mejor que darse un par de latigazos un martes cuando uno cocina y el viento grita y otro poco porque él lo hacía muy rico
El viento grita y yo me doy cuenta de que lo agudo de su voz viene de la pequeña abertura que me dejé en la ventana del lavadero y voy a cerrarla.
Cocino y el ajo y el hígado empiezan a hacer ruido contra el verde del aceite mientras la zanahoria espera muy naranjamente sobre la mesada y yo cierro la ventana y me quedo quieta de pronto mirando cómo cambia el semáforo de la esquina, abajo, y las gotas de la lluvia que pare el haz de luz de la farola; los árboles me dan pena tan violentos, me dan pena y ganas de bajar a cuidarlos o de metérmelos entre las manos para que el viento, y me aprieto contra el vidrio como si me cobijara de qué o de quién, vaya el aceite a saber, y la imagen de mis ojos tan cerca y sin embargo tan lejos porque no se miran y la frente contra el frío del cristal y el olor de la carne que ya empieza a trepidar el aire y entonces volver.
Volver pensando en que quisiera ser cineasta. Quisiera ser cineasta porque es imposible que las palabras puedan decir este momento de tanto y tan poco.




lunes, 7 de noviembre de 2016

Me pide que lo acompañe al supermercado antes de ir al cine y yo me resisto, pero no hay caso. Entramos y casi siento como se me cierra el pecho ante el enjambre humano y los olores plásticos y el ruido y tanto movimiento, tanto movimiento frenético. 
Camino muy normalmente, pero algo se debe de notar (nunca supe disimular ciertas cosas), porque él de pronto me pregunta:
-Qué te pasa?
-Nada...es que ya perdí la costumbre de ver tanta gente junta, me parece
-Y ahora quieres escupirles a todos y salir corriendo?
-Por dios, que imagen espantosa y exacta tenés de mi!




domingo, 6 de noviembre de 2016

Ella me invita y acepto, más por disciplina que por gusto, más por estar con élla que por que lo que me propone me apetezca realmente. El, ya en el bar, se presenta delante del micrófono, sonriente, espontáneo, ocurrente, y a la cuarta palabra le digo a élla, que me había anunciado un dúo cubano: “éste es de los míos”.
Después del concierto en que sólo yo cantaba todas las canciones que tocaban (tan anglosajón, el repertorio; tan elocuente y ridículamente anglosajón), él se acerca y nos pregunta qué tal, y élla le dice que el acento no se le notaba, que no se hubiera dado cuenta si no se lo decía yo, y se ponen a hablar del acento y de cuánto hace que estamos acá, y de la “y” y de la “ll” y de su abuelo gallego y de las diferencias idiosincráticas, de los hijos que cambian el dialecto automáticamente cuando hablan con uno y de cómo se transforma la pronunciación sin darse cuenta realmente cuando uno habla con alguien de su tierra, de lo simpáticos que somos los argentinos, del 2001, de cómo la palabra crisis significa cosas completamente diferentes allí que aquí, de…
 Yo los escucho en silencio y reconozco tanto en sus gestos, que reconozco incluso las ausencias aunque no lo conozca de nada más de que ahí, de ese lugar donde la leve inclinación que hace de la comisura del labio al responderle a élla tan amable y sonrientemente es un símbolo que uno ni siquiera advierte conocer hasta que pasa mucho tiempo sin haberlo visto.
Entonces élla se levanta para ir al baño y yo lo miro un segundo más, y le suelto
-Cansa…no?
-Qué cosa?
-Esto. Hablar siempre de lo mismo.
El baja apenas, imperceptiblemente, los hombros, me mira primero muy fijamente, se baja del todo del escenario, baja la mirada y me dice, después de una lenta y doble elevación de cejas y pulmones
-Sí…la verdad que sí…
- ...pero fijate qué tercos somos, lo internalizada que tenemos la puesta en escena: con esta nostalgia, este cansancio, este pataleo que no genera ningún cambio…somos un tango con patas
Y él se ríe de verdad, por primera vez en toda la tarde




sábado, 5 de noviembre de 2016

A veces me gustaría que estuvieras nada más que para preguntártelo. Que volvieras, que no lo hubieras hecho. Que haya sido nada más que una idea, incluso que hubieras planeado todo, hasta el más mínimo detalle, y que a último momento hubieras decidido no hacerlo. No por cobardía (cobarde, en esa instancia, sería que no hicieras lo que honestamente creías bueno, y voy a darte -sólo porque sirve a mi fantasía- la posibilidad de pensar aunque sea por un ratito que eras lo suficientemente imbécil como para creer que era suicidarte la solución), sino por decisión. Una tan consciente como la de hacerlo.
Que estuvieras aún aquí y entonces pararme un día frente a vos sin saberlo y decírtelo así, como sé ahora que te lo preguntaste a vos mismo (sé, sé tan bien de tu diálogo interno, papá. Lo sé, lo supe siempre. Por eso siempre nos entendimos y nos odiamos y nos admiramos tanto: porque dentro nos habla la misma oscuridad, porque del mismo nervio estamos hechos). Pararme frente a vos y hacerte el planteo perfectamente lógico (ay, como nos gustaba aparentar que éramos perfectamente lógicos!: era uno de nuestros juegos preferidos,  nuestra más elaborada mentira, nuestro más grandioso acto de escapismo), decirte que bueno, que estuve pensando y que creo que es la opción buena porque después de todo.
Al que eras en los últimos años lo hubiera escandalizado lo mismo que lo escandalizó que en la última charla frente a frente que tuvimos le dijera que nadie ayuda al otro por generosidad, que todo lo hacemos por egoísmo y que me parecía muy bien que así fuera; pero bueno, ese hombre hacía mucho tiempo que no eras vos, si es que alguna vez lo habías sido. Imaginar que se puede salvar ese escollo…imaginar que, como alguna vez pudimos, que podríamos hablar como iguales, con la verdad que ni a nosotros mismo queremos decirnos, y preguntarte entonces: “y por qué no?”.
Sería interesantísimo ver tu respuesta. No podrías decirme la verdad. Nunca pudiste. Sin embargo siempre lo supimos. Creo que más yo que vos. Creo que vos perdiste la capacidad de darte cuenta de que sabías esas cosas para poder vivir o que eso pareciera.
 No podrías decirme la verdad y sin embargo algo en vos lo diría de cualquier manera. Algo. Y sería cierto y mentira el silencio

La única verdad sería seguir aquí.





jueves, 3 de noviembre de 2016

Ahora resulta que le sonrío a los libros. Resulta que estoy en la librería aunque no debería (no, no y no) y busco y rebusco aunque lo que fui a buscar no esté y me encuentro con viejos conocidos y viejos pendientes y el encuentro me hace sonreírles (no sonreír, sino sonreírles) e incluso exclamar “aaawww”. En algún momento no me doy cuenta y veo mi mano acariciando un lomo raído y verde de “Las armas secretas”, por ejemplo.
Pero lo preocupante no es eso. Lo que plantea el acuciante problema de si debería o no hacerme ver por un especialista no es sólo que me encuentro de pronto reacomodando los libros a mi antojo (“este debería estar más a la vista…mirá si alguno que está buscándolo se lo pierde porque está demasiado abajo?”), sino que me acuerdo de golpe de tener 6 años y estar en el cementerio de Flores saltando tumbas con mi prima mientras nuestras madres lloran frente a la sepultura de mi abuelo. Saltar tumbas, treparnos a las lápidas desde el dolor que nos ignora, intentar levantar las tapas de hormigón y en un doble bemol llegar a un montículo de tierra apelmazada y cubierta de yuyos con una cruz de madera raída que alguna vez supo ser blanca y decirle a mi prima  “pobre…este no tiene flores”. Y entonces mirarnos cómplices y salir corriendo, cada una por su lado, a robar flores de las otras tumbas y hacer un ramo y ponerlo en la tumba abandonada. Y luego, sin hablar, otro, y otro más, y repartir así los colores desde donde sobran hacia donde faltan, divertidas con la sensación de peligro, hasta que una vieja gris y encorvada nos para en la carrera y nos echa la bronca (nos dijo algo del respeto, recuerdo…me pareció entonces de lo más extraño, y me lo sigue pareciendo) y nosotras salimos corriendo asustadas, insultándola internamente y riéndonos, y llegamos agitadas y con las mejillas hirviendo de sangre hacia donde nuestras madres intentan disimular el llanto con los ojos tristísimos y nos miran fuera del tiempo y de todo





miércoles, 2 de noviembre de 2016


Necesitar el orden, ordenar. Planificar, preveer, organizar, establecer, priorizar. Preguntarse por el impulso, darse cuenta de que tampoco así; desordenar. Dejarse ir en la corriente. No saber. Ver pasar el tiempo como un río que no nos toca; sentirse fuera de todo y, de alguna manera, muy dentro. Dudar. Necesitar entender. Y entonces categorizar, buscar directrices,  intentar descubrir ríos subterráneos; hundirse hasta perderse. Recordar. Volver a la superficie y no volver. Que no haya superficie, que no haya río. Desaparecer. Sentirse, sin embargo. Mirarse las manos como quien mira un cenicero o la hoja viva de un ginko. Saber algo y no saber qué. Ignorar algo y no saber qué. Dudar. Siempre dudar. Y a la vez no dudar de nada. Y sin embargo no poder decirlo, no poder saberlo, no poder. Que la llama que ilumina, queme, destruya
Ser una contradicción.





martes, 1 de noviembre de 2016

Compasión

La historia cuenta que el hombre se detenía en los charcos de agua estancada. Se detenía de pronto y, con su bastón, trazaba un surco. Y otro encima del primero. Y otro. Hasta que el surco se convertía en un canal.
Un canal a través del cual el agua estancada volvía al río