El amor entra en nuestra vida por los huecos que deja la risa
Berna Wang
Si se lo contara, él me diría que le resulta extraño: tenemos muchas cosas en común. De hecho, nos caemos muy bien. Sin embargo, cuando tengo que elegir entre ir a una expo a la que me invita o quedarme en casa haciendo algo, lo que sea, que me apetezca, prefiero lo último. Él me diría que tengo que sociabilizar, y yo le diría que no me da la gana ni de hacerlo ni de obligarme
Inevitablemente, cuando una es yo (cosa curiosa, si las hay), tiene que preguntarse por qué. Por qué, teniendo tanto en común con élla, incluso resultándome la buena dama una persona muy interesante, me da pereza el encuentro. Y por qué con él no. Porque si también me pasara con él o con todos los otros, la cosa no revestiría misterio alguno: soy el mismísimo Grinch. Punto. Sin embargo no sucede.
Pienso en eso mientras camino al trabajo; lo miro con curiosidad mientras recuerdo la noche en que salimos a tomar algo y nos dieron las tantas hablando de política y de las diferencias de los sistemas educativos de Brasil, Argentina y España. Es que tiene hasta eso: es profe de Bellas artes, y la mina me escucha hablar de arte y de programas educativos. A mi. Soy una caradura, y élla es generosísima. Y, aún así.
Desde entonces me invita a todos lados, a lugares a los que me gusta ir, a los que iría normalmente; y le cuento algunas ideas que tengo en la cabeza que, para colmo, le gustan; la consulto sobre masa de modelado y pinturas para trabajar sobre las fotos que el agua se llevó, y cada vez que hablamos o nos vemos hay algo ahí, una suerte de camaradería, una simpatía muy evidente.
Pero algo me frena, llegado el caso. Algo falta para que yo prefiera salir de mi comodísimo caparazón de cangrejo ermitaño a quedarme en él.
Lo que hubiera dado cuando era chica por poder tener un tipo de relación así con una amiga, y ahora que tengo una oportunidad más (y ésta, cercana), no sólo no propicio el encuentro sino que prefiero quedarme en casa mirando un documental sobre los guerreros de terracota del primer emperador chino, pongamos por caso.
Me intriga, el asunto.
Entonces me llega un mensaje de él, y a los dos minutos de charla mis carcajadas resuenan por toda la casa.
Entonces me acuerdo de Berna, y entiendo.
Y me acuerdo de esa vez que, mirando a los Les luthiers en el teatro, le escuché a mi padre reír una risa que nunca antes y nunca después volví a escucharle, y me pareció grandiosa y me sigue conmoviendo, aún hoy, el recuerdo; lo efímero.
Me acuerdo de ese día de enero en que volví a reírme, después de tantos meses; a reírme de verdad; y de que era con él, de un chiste malo, absurdo, de esos tan nuestros, mientras los demás nos miraban sin entender de qué carajo nos reíamos
Me acuerdo de que hace unos días volví a escuchar un programa de radio que escuchaba en Buenos Aires y que voy por la calle sin poder aguantar la risa y la gente me mira y desde entonces pienso a cada rato, entre una carcajada y otra, en lo lindo que es reírse así, lo sanador, lo balsámico, lo símbolo de tanto que es.
Recuerdo que, hablándolo con mi hermana alguna vez, las dos coincidimos en que la sensación de hogar que se da en los reencuentros con gente muy querida y largamente añorada tiene todo que ver con eso, con la risa. Con esa risa.
Me acuerdo. Me acuerdo de la risa. Risa de la buena, risa desde el fondo, risa que desborda; risa que no río (que no soy capaz de reír) con mucha gente.
Me acuerdo de Berna, y entiendo.
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