Seguimos allí la charla que estábamos teniendo sentadas en el piso de la cocina, y cuando lo miro de lejos, como ahora, sigo sin entender cómo todas las veces en que nos vemos no nos caemos a pedazos mientras hablamos. Cómo se puede hablar así, de eso, así, con la misma naturalidad con que la gente habla de las notas escolares de los chicos o el precio de la gasolina y adónde vamos a parar. Cómo se puede abrir el hueso de esa manera sin romperse. Como nadamos en el vómito sin ahogarnos y nos contamos mientras el modo en que los pies se mueven bajo la línea de flotación como quien pasa la receta de un flan casero.
No sé cómo me cuenta de las fotos. Me cuenta que cuando era chica no quería crecer porque no quería morirse. Que élla miraba las fotos de los adultos y siempre había algo que le resultaba muy incómodo, algo que no pudo precisar hasta los 14 o 15 años, cuando alguien la increpó sobre su caos, su urgencia vital, su modo frenético de vivir (“yo quería estar de fiesta, siempre de fiesta: quería reírme mucho y emborracharme y hacerlo todo, todo, absolutamente todo”) , y élla, que nunca se había parado a pensar en eso, se encontró con una fotografía, ya no recuerdo de quién: parecía que estaban muertos. Sonreían, era una foto muy linda…pero élla tenía la sensación de que esa gente estaba muerta, y no entendió por qué hasta que fue grande
-Los ojos-me dijo-. Nunca te fijaste que los ojos de la gente grande en las fotos siempre están…muertos? Apagados?. Los ojos de la gente en las fotos mienten, pero se nota. Yo me di cuenta de por qué una vez que vi una foto mía. Entonces entendí lo que siempre me había dado miedo de crecer cuando era chica: eso que veía en mis ojos en esa foto. Esa muerte.
Hablamos de las heridas, y me dijo que élla creía que en la vida de todos había una de la que uno no se recuperaba nunca; como un aguero negro que se abre de pronto y lo devora todo alrededor, aunque el universo siga existiendo. Que era ésa la que les hacía perder lo vivo de la mirada, lo vivo de la vida, y que para cada uno esa herida era algo distinto. Que no tenía siquiera que ser grave o grande, que podía incluso ser ridículo, pero que sencillamente tenía que ser vital para uno.
Esto, dicho por una mina que cita a Ciorán de memoria, no puede revestir candidez o simpleza alguna. Por lo menos en líneas generales y algo ingenuas, pero sobre todo, en éste particular y desde el conocimiento.
Me lleva más de diez años y sin embargo a veces me parece que me llevara 50, y otras que yo le llevara 20 a élla. No sé por qué me sigue sorprendiendo el modo en que me ve, cuando todo lo que mira lo recubre con ese mismo aire, tan particular, que es capaz de llegar hasta el hueso mismo y acariciar la oscuridad más desgarradora con la misma fascinación con que acaricia la luz que la ciega. Me cuenta, medio riendo, medio asqueada, que alguien que odia le dijo una vez que ella era una “fuerza de la Naturaleza”, y a mi no me queda más remedio que estar muy de acuerdo. Es así: brutal, violenta, terriblemente hermosa y viceversa. Como una tormenta en altamar. Como un niño.
Y luego me dice eso que no me olvido, que no me quiero olvidar, y que a veces no creo, pero que quiero creer. Quiero creer. Quiero que tenga razón. Me dice
-En cambio vos no tenés eso en los ojos. Vos estás viva, todavía
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