A la Vida la necesito lenta. Necesito poder cocinar inventando, con una copa de vino y música, y balancearme apenas mientras el jengibre infusiona y yo me divierto suavemente pensando en cómo sabrá la comida. Necesito que el aire de las ventanas que abrí se mezcle con el vapor y quedarme mirándolo deshacerse a través de la luz de plata que destilan las nubes en la bruma. Necesito este contraste donde que la casa huela a limpio resulta un goce y lo cotidiano, lo breve, se convierte de pronto en savia que me sostiene erguida, en ancha calma como una sábana que se seca al sol. Necesito de esta tranquilidad que nada tiene de espectacular y que se parece, sin embargo, tanto a una apacible felicidad.
Necesito tiempo, todo el tiempo, para deshacerlo en la boca como un caramelo
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