jueves, 24 de noviembre de 2016

Comunicación

...no habría entonces posibilidad alguna de entenderse. Entendés lo que te digo?. Sí, claro que lo entendés, pero no. En realidad, no. Es ese el tema. Vos oís las palabras que yo te digo y ves los gestos y sentís la entonación y todo eso se funde, todo eso son partes indisolubles que se potencian hasta que en una fracción de segundo los símbolos alcanzan un clímax, explotan sin ruido dentro, la electricidad de tu cerebro chispea y la amígdala recupera la blanda baba de los recuerdos sin forma y entonces vos decís o yo digo o nadie dice pero se puede decir “entiendo” y que eso sea comprensible. Pero el símbolo es tan hondo, tanto…cómo saber si la cosa y el significado de la cosa coinciden?; cómo saber, por muchas palabras, por mucho tiempo de muchas palabras, que lo que yo digo cae exactamente en un lugar donde cada borde tiene su correspondencia en vos?.
Pero es que incluso si me atreviera a postular la intelección intuitiva, la intuición, un canal energético o no verbal o lo que sea que nos atraviesa a ambos y que puede ser el modo en que lo no dicho encuentre el modo de ser expresado o ni siquiera eso, encuentre el modo de ser aprehendido más allá o más acá de las palabras y las cosas, incluso si me atreviera a proponerlo, digo, cómo saber?.
Saber en la mirada y en el aire, solamente. Sólo así saber: sintiendo.
Sucede que también eso es falible. Sucede que, aunque la certeza me haya ocupado muchas veces en ese sentido, también me he sabido equivocada con el tiempo. A veces creo que es sencillamente porque los otros no se atreven a poner en palabras, a confirmar con las palabras (como si las palabras fueran cosas, fueran postes, fueran actos, qué idiota) lo que se sabe de otra manera y sin lugar a dudas. Otras veces recuerdo que soy muy soberbia, y dudo.
Así es que nace la soledad. Así. Así, exactamente.






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