martes, 8 de noviembre de 2016

A veces cocino y el viento grita en el lavadero. Susurra gritos mientras yo cocino y pico el ajo y después el hígado y me pregunto por qué se me habrá dado por comprar hígado, con el asco que me da cocinarlo aunque no comerlo, y me acuerdo de mi padre un poco porque qué mejor que darse un par de latigazos un martes cuando uno cocina y el viento grita y otro poco porque él lo hacía muy rico
El viento grita y yo me doy cuenta de que lo agudo de su voz viene de la pequeña abertura que me dejé en la ventana del lavadero y voy a cerrarla.
Cocino y el ajo y el hígado empiezan a hacer ruido contra el verde del aceite mientras la zanahoria espera muy naranjamente sobre la mesada y yo cierro la ventana y me quedo quieta de pronto mirando cómo cambia el semáforo de la esquina, abajo, y las gotas de la lluvia que pare el haz de luz de la farola; los árboles me dan pena tan violentos, me dan pena y ganas de bajar a cuidarlos o de metérmelos entre las manos para que el viento, y me aprieto contra el vidrio como si me cobijara de qué o de quién, vaya el aceite a saber, y la imagen de mis ojos tan cerca y sin embargo tan lejos porque no se miran y la frente contra el frío del cristal y el olor de la carne que ya empieza a trepidar el aire y entonces volver.
Volver pensando en que quisiera ser cineasta. Quisiera ser cineasta porque es imposible que las palabras puedan decir este momento de tanto y tan poco.




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