Después del concierto en que sólo yo cantaba todas las canciones que tocaban (tan anglosajón, el repertorio; tan elocuente y ridículamente anglosajón), él se acerca y nos pregunta qué tal, y élla le dice que el acento no se le notaba, que no se hubiera dado cuenta si no se lo decía yo, y se ponen a hablar del acento y de cuánto hace que estamos acá, y de la “y” y de la “ll” y de su abuelo gallego y de las diferencias idiosincráticas, de los hijos que cambian el dialecto automáticamente cuando hablan con uno y de cómo se transforma la pronunciación sin darse cuenta realmente cuando uno habla con alguien de su tierra, de lo simpáticos que somos los argentinos, del 2001, de cómo la palabra crisis significa cosas completamente diferentes allí que aquí, de…
Yo los escucho en silencio y reconozco tanto en sus gestos, que reconozco incluso las ausencias aunque no lo conozca de nada más de que ahí, de ese lugar donde la leve inclinación que hace de la comisura del labio al responderle a élla tan amable y sonrientemente es un símbolo que uno ni siquiera advierte conocer hasta que pasa mucho tiempo sin haberlo visto.
Entonces élla se levanta para ir al baño y yo lo miro un segundo más, y le suelto
-Cansa…no?
-Qué cosa?
-Esto. Hablar siempre de lo mismo.
El baja apenas, imperceptiblemente, los hombros, me mira primero muy fijamente, se baja del todo del escenario, baja la mirada y me dice, después de una lenta y doble elevación de cejas y pulmones
-Sí…la verdad que sí…
- ...pero fijate qué tercos somos, lo internalizada que tenemos la puesta en escena: con esta nostalgia, este cansancio, este pataleo que no genera ningún cambio…somos un tango con patas
Y él se ríe de verdad, por primera vez en toda la tarde
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