—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
lunes, 26 de diciembre de 2016
No hay palabras. Se me desintegraron el sueño.
Si no hay palabras qué mirar, si no hay conceptos y definiciones y símbolos que investigar para saber, en que ahondar para llegar a dónde; si el Silencio tampoco es una cosa ni un concepto ni una abstracción, sino algo que me crece desde el ombligo, algo blando, blanco mate, que de pronto se extiende y que yo miro sin emoción alguna, sencillamente mirándolo, qué hay después?. No hay imagen que describa; no hay necesidad de ver ni decir ni explicar ni sentir; no hay metáfora ni analogía, no hay sinestesia ni oxímoron ni metonimia ni sinécdoque. No hay modos en que. Hay. Sólo eso.
Con curiosidad me doy cuenta de que ni siquiera eso me pregunto ("qué hay después?") hasta ahora, que ni siquiera lo hago realmente. Ahora, en que sencillamente me paso esa lívida sorpresa de una mano a la otra como una pelotita mientras se hace tiempo para algo; en que me meto las palabras en la boca como un caramelo que ni necesito ni tengo ganas de comer, casi por nostalgia; ni siquiera por compulsión.
Subía con él del parque, luego de contarle del Voyager1 cuando me preguntó si podíamos hacer una cápsula del tiempo y qué podríamos poner dentro (y sus ojitos de 8 años que ya no se asombran de nada y, sin embargo, brillan a veces, y entonces respiro aliviada), cuando me llegó el mensaje: ya están las cenizas de mi padre.
“Las cenizas de mi padre. Las cenizas de mi padre.”
Mirar el cuerpo; sondear reacciones: nada.
En un curiosísimo acto reflejo, ya en casa, me obligo a repasar todas las veces en que, tantos días, me pregunté cómo sería y vi la carne que todavía se pegaba a sus huesos en la hueca oscuridad del nicho; los diferentes estadíos de su cuerpo como una voluntad de cercanía, como un modo de aceptar lo que es, sin dolor, realmente; el pelo ya cano que se queda pegado al cráneo, un pómulo manchado de negro, la ropa que se ahueca en la ausencia del estómago.
Quise hacer el contraste, quise cerrar el círculo; puse las cenizas y quise ver el fuego y la carne que por fin ya no y todo el proceso y las imágenes de las cenizas que éllas van a llevar al mar que él quería y que se van a disolver en el próximo viento y los ciclos; mirar el sol que lleva el cajón desde el cementerio de Flores hasta el de Chacarita atravesando toda la ciudad en un trámite y la gente que pasa sin saber y sin que importe saber, los pájaros en una rama, un café que se enfría en la mesa del bar, el puesto de diarios y un tipo que se da vuelta para decirle una guarangada a una mina. Quise contarme la historia, y no pude. No me importó.
Apenas pude mirarme intentarlo con una extrañeza casi marciana y las palabras eran cosas, sólo cosas; cosas sin fundamento, sin argumento, sin sustento, sin asco ni alegría ni dolor. Hojas en blanco; clavos torcidos. No-símbolos.
Esa mirada que acostumbra ver los hechos a través de la literatura, que de todo extrae sin proponérselo hilos finísimos con los cuales construir una trama, eso por lo que Fer se espanta o se maravilla a veces cuando le cuento las cosas que me imagino sin darme cuenta (de que me lo imagino y de que se lo cuento), hubiera sido forzada; hubiera habido una voluntad de voluntad, y sin embargo lo único que hubo fue una mirada.
Este vacío no es vacío, sin embargo. Esta ausencia no es tal. Estoy en otro lado, pero no adivino dónde, ni me importa. Ando sin pies por esta tierra que ignoro; floto en almibar traslúcidoy liviano, y veo algo que llamo “mi mano”, por ejemplo, navegar sin rumbo en el mismo fluir, a varios metros, y sonrío.
A veces soy sólo curiosidad.
jueves, 22 de diciembre de 2016
Días en que me recrimino, pese a ser plenamente consciente de que nada más podía haber hecho (no que no pudiera ser hecho, sino que yo no podía, sencillamente no podía hacer más), haberme atrevido a la esperanza.
Entonces, y a causa de esta tendencia a desconfiar de todo extremo, de todo fanatismo, de toda pureza o absoluto (yo, que me de cuenta o no siempre busco eso, infantilmente), necesito mirar lo otro. Justo no es, después de todo, nada que mira sólo una parte; puede que sea la aceptación de la contradicción, de lo jodidamente absurdo como un derecho, como parte de un todo, lo que abre la posibilidad de la justicia.
Entonces recuerdo, cuando puedo confiar que no representa un consuelo ni una estúpida forma de autojustificación encubierta, me obligo a recordar (porque, ya sabés, todo empieza por uno mismo) las pompas de jabón que soltaba cada tarde en la ventana del hospital para que sonrías, y el pan que le ponía a los pájaros en el bordillo sin que me vieras para que siempre tuvieras pájaros. Me acuerdo de la pizarra blanca que compré para que dibujáramos y del asombro que a ambos nos producía la maravilla que puede surgir de jugar con las líneas y con el tiempo ralo, y de lo que nos divertía que alguna enfermera nos mirara con cara de que el ala de salud mental estaba en otro lado y alguna otra con una luminosa sonrisa. Me acuerdo de llorar en el ascensor mientras iba a comprar comida, para que no me vieras, y me acuerdo también de otra forma de generosidad, mucho más grandiosa, más madura, más cierta, que era sencillamente decirte que yo también tenía miedo. Me acuerdo de arroparte cuando dormías la siesta y de quitarte las gafas si te dormías con éllas puestas. De cincelar en soledad, con la tremenda certeza de la emoción y de la elección, mis bordes puntiagudos, escarpados, rugosos (tantos, tantísimos) para que no te hicieran daño.
Me acuerdo; a veces necesito acordarme de que fui también esa mujer. De que no es sólo dolor lo que te he dado. Porque si puedo verlo en vos es necesario, para que sea real, poder verlo también en mi misma.
martes, 20 de diciembre de 2016
Hitos
Y como la luna tan luminosa que hace sombras es mis sobrinos jugando conmigo a hacer sombras chinas contra la pared verde de la terraza de mi casa en Buenos Aires, y las noches de verano en que me despertaba sonriendo, y la sorpresa y el terror, la certeza y el dolor casi dulce de esa noche de marzo
Así como los álamos son soldados del viento que cuidan los viñedos de Mendoza y las pestañas de Lautaro y entonces aquel día celeste limpio en que le oí llorar su primer llanto mientras tomaba cuenta de las nubes para contárselo cuando creciera, y también un correo precioso que nunca envié
Y como la Alhambra es la sorpresa de la naturalidad de caminar de su mano y el hermoso cansancio del cuerpo vivo; lo saturado y a la vez suave de los colores del aire
Y el mar es el misterio y la grandiosidad de siempre; la fascinación, el ritmo, la dulzura, lo inconmensurable, lo siempre nuevo, lo eterno; el encuentro con lo Uno
Igual que Parque Saavedra es el lugar donde élla me dijo que su abuela decía “a veces las bendiciones entran rompiendo los vitrales” cuando le conté que me iba
Y así como Valencia es el sol casi blanco y la arena en los ojos y sin embargo él, insospechado cobijo, y sentarme en la Plaza al lado de los geranios rojos durante horas sin ser capaz de moverme, con un montón de currículums en las manos
Y como los libros que amo son sobre todo las tardes o noches que pasé leyéndolos, maravillada; y el tren es siempre esa sensación de fugacidad, de ausencia
De ese mismo modo, Santiago es él.
Entonces me doy cuenta: ubicaría perfectamente la calle que no sé cómo se llama si me dijera “esa donde me enseñabas a correr en la pendiente como cuando eras niña, haciendo molinillo con las manos hacia atrás”, o el bar en que me explicaba qué era “procastinar” y me escuchaba con estoica paciencia cuando hacía poco que había vuelto.
El cine “donde fuimos a ver el documental ese, el italiano muy mal subtitulado, que no te gustó y a mi sí”
La esquina cerca de la Alameda donde lo esperaba con el pelo suelto un día y le dije que buscara un león y me di cuenta de que había llegado porque escuché un rugido
La plaza en la que me perdí y me tuvo que ir a buscar porque de nuevo llegábamos tarde a otro ciclo de cine
El callejón donde está el estanco “donde te compraba el tabaco ese muy aromático cuando venía a Santiago y tú te quedabas en la montaña”
La biblioteca que está super cerca de la Catedral y que sin embargo no termino de saber cuál es hasta que me dice “donde fuimos ese día que viniste y que quería que conozcas porque te iba a encantar”
Resulta gracioso y hermoso acordarse de que uno de los pocos lugares que sí reconozco por el nombre que le da normalmente la gente, la Puerta del Camino (ahí donde está escrita en varias lenguas la frase “Europa se construyó peregrinando hacia Santiago”: entre el nombre y eso, cómo no me voy a acordar de ese lugar?!), él me lo señala siempre que quiere referirse a él por alguna razón como “el lugar donde ayudaste al chino aquel a llegar a la estación el día que nos reencontramos”
Y pienso sonriendo que sí, que es inevitable, por muy cursi que sea: son los amigos, es la emoción asociada, es el amor lo que me señala el camino andado. Son éllos los hitos.
domingo, 18 de diciembre de 2016
Después de tres horas que ninguna de las dos se explica cómo pasaron, la videoconferencia deriva en un intento de entender posiciones políticas, realidades prácticas, panoramas actuales y posibles: “prestame tus ojos”, le digo, y élla me cuenta de lo que se ve en el país donde nací.
Ella me explica su punto de vista (histórica y actualmente distinto del mío pero coherente y, en parte por éllo, interesante) y me habla de grupos de poder y de que las tendencias de una u otra época responden a intereses que se manejan en esferas mucho más altas de las visibles (partidos políticos, gobiernos locales, nacionales o incluso continentales) y a mi me llega un tufillo conspiracionista que inevitablemente me genera desconfianza.
Pero aquello que alguna vez le cuestionaba a élla respecto del arte -mi pataleo por que la validez de una determinada obra tenga que ver casi exclusivamente con el contexto o el autor de la misma- encuentra, por supuesto, un modo de volverse en mi contra, de señalar mis constantes contradicciones, de modo que su discurso, sólo porque es élla quien lo pronuncia, requiere mi atención a pesar de eso: es élla quien lo dice, y soy yo quien sabe de su filosa inteligencia, su capacidad para mirar a través de las tramas, su tremendo y tantas veces incómodo sentido práctico, del que yo carezco, en la mayoría de los casos, por completo:
-Pero entonces elegís….lo malo por no elegir lo peor?. Es eso?
-Sí, es eso. Porque esa es la única opción que tenemos, me parece…
Esto, que en élla no tiene ni un ápice de fatalismo sino todo lo contrario, que es una forma brutal de realismo (o que en eso se apoya, en su caso, aunque sea un realismo que no distingo todo el tiempo inequívocamente como tal), me sobrecoge.
Compartimos desconciertos, discutimos giros y usos, conveniencias y por qués sin ponernos de acuerdo nunca, pero entendiendo. Entendiendo lo que la otra dice, que es lo único que nos importa. Es sobre todo por eso, pienso a veces, que somos amigas
Y a la cuarta hora, que se vuelve la última sólo porque ambas tenemos que irnos, me vuelve a asaltar la sensación vieja y a la vez siempre nueva de que es su terrible honestidad una de las cosas que más me hacen admirarla y agradecerle, y la duda de siempre (necesaria, en un punto, porque a veces estoy tan plantada en la opción contraria que necesito poner peso sobre el otro plato de la balanza para ver qué pasa): la duda de si es así, desde el barro ciego, podrido de una realidad deleznable, desde donde es posible construir otra realidad, pese a que siempre me pareció -superada la primera instancia, la del obvio asentimiento- la excusa perfecta para no jugarse el todo por el todo, la salida predilecta de los cobardes; y pese a que ir en contra de eso fue la razón por la que siempre me tildaron de idealista (que, en esos contextos, siempre percibí como una forma elegante de llamarme idiota): “es muy lindo lo que proponés, pero no es posible”.
Se puede, realmente se puede nombrar la verdad a través de una mentira (“actors lie to tell the truth”)?. Esta necesidad de la que pese a los años parezco no poder escapar del todo, de renegar de la utilización de lo que existe si se contradice con aquello que queremos construir, no puede ser también una forma de cobardía?. Es cierto que la única opción que no implica la autoinmolación (ese disfraz patético en el que tantos egos se han abrigado a lo largo de la historia amparados por la idea de la fidelidad a un ideal; ese otro modo posible de cobardía mucho más macabro que la cobardía en sí misma, porque se disfraza de altruismo cuando no es otra cosa que egoísmo puro, del malo) es hundir las raíces en la mierda de la que queremos escapar y alimentarse de élla para poder nadar hacia otra orilla?.
”Tendría sentido. Después de todo, somos humanos: nada puro existe en nosotros”, me oigo pensar
Pero el tema aquí no es negar o no las miserias que hacemos y somos, sino lo lícito de utilizar aquello que criticamos en nuestro favor para luchar contra eso; aceptar o no fundarnos a través de la incoherencia. (y el inevitable Cioran avalando de alguna manera esta postura y yo que estoy muy de acuerdo y sin embargo no, joder, no, porque la contradicción como herramienta útil e incluso como “medidor” de honestidad -frente a lo no-humano y macizo de un sistema que termina por ser estructura calcárea que delimita antes y así deforma, condiciona lo vivo que contiene- me seduce y me vale, pero no como justificación absoluta)
Tendría sentido, pero lo discuto, con todo. Con todo, no puedo evitar sentirlo como un modo de negar la realidad, la otra realidad posible: jugar el juego con las reglas impuestas puede que sea la única forma de ganar medianamente algo, pero el valor de lo ganado así, realmente nos colma?; existe paz en el resultado, cualquiera sea, de esa batalla?. Y si hubiera que extender también aquí la noción de tiempo?; y si las piedras sobre las que se construye cualquier parte de una realidad efímera pero cierta fueran las voces cabales de aquellos que se han animado tozuda, inconvenientemente a no tranzar, aunque éllo implicara una construcción infinitamente más ardua, más inhabitable; aunque nunca jamás viéramos los resultados e incluso fuera los contrarios a los esperados?. (y si se contruyera como se vive: a ciegas?. Y si no fuera completamente absurdo que me plantee todo esto?. Y si la indefensión aprendida fuera exactamente eso, convencernos de que nada vale porque nos conviene a la hora de vivir cómodamente, sin la posibilidad de enfrentarnos a una realidad distinta a la que planeamos o queremos o por la que luchamos y darnos cuenta así de que lo hemos perdido todo inútilmente y que sin embargo sea esa una forma de victoria?. (Llegará algún momento en que logre dejar de decir estas cosas entre signos de pregunta?))
Porque es posible que un hecho aparentemente valiente sea, de hecho, realmente valiente.
Es posible que el hacerse pedazos no sea un modo de destruirse disfrazado de generosidad (ese auto-odio que a tantos ascetas y mártires, tantos fanáticos portando las nobles máscaras de las humildes convicciones ha empujado, y que han escondido y justificado a través de la mística y políticamente correcta idea de la sumisión a “una verdad mayor”) una retorcida manera de dar un escondido corolario perfecto a la puta, ridícula y sempiterna culpa religiosa, sino que haya un acto de generosidad que en un punto específico y no buscado dé como resultado la propia destrucción: el amor exige esa honestidad en que dar sea dar realmente, y no un acto mercantil, y es probable que todo esto de lo que élla y yo hablamos no se más que una de las vertientes, de las formas a través de las cuáles el amor pueda ejercerse. Porque se ama lo que se cuida y viceversa. Porque lo que se ama de verdad (es decir, de forma distinta a como entiendo que se entiende normalmente el amor) se quiere ver, se quiere ayudar a crecer, incluso si es independientemente de nosotros.
Entonces, justo cuando estoy a punto de pensar que es una cuestión de óptica, de parámetros temporales sobre los que trabajamos (élla mira lo inmediato; yo, para variar, no), me dice que le parece perfectamente válida la subjetividad, pero que hay que tener en cuenta que lo perfectible es, en principio, necesariamente imperfecto (es decir, que lo ideal no es algo a lo que se llega de pronto, de la nada), y resulta tan obvio el planteo que me vuelve a cagar la vida: voy a pasarme semanas pensando en ésto; lo sé.
(De cuántos modos la valentía y la cobardía pueden intercambiar sus papeles?: “de muchos. De todos. Desde aliento que pronuncia cada palabra y lo que empuja la sangre que mueve cada músculo”, me pregunto y me respondo en el medio. Y es que si la realidad es fractal, si cada cosa contiene en si misma todas las otras en distintas escalas perceptibles sólo a medida que uno ahonda en élla, dentro de cualquier mentira anida la verdad y el sinsentido y el absurdo y todo lo demás; entonces también la valentía contiene en algún estrato el hecho de ser cobarde y viceversa; cada movimiento contiene la quietud)
No hay caso: su jodida practicidad siempre me pone en jaque; me obliga a buscar, a desempolvar las palabras para ofrecérselas, para que las mire conmigo con asombro, con duda, con intriga, con miedo, con maravilla. Y después se baja conmigo del caballo y se le llenan los ojos de ternura cuando mira la pantalla en silencio y sonríe, triste, agradecida y luminosa como yo. Se olvida, nos olvidamos de las palabras; vaya uno a saber si por conveniencia o sabiduría.
Nos ponemos en jaque y pateamos el tablero para abrazarnos. Debe ser por eso, también por eso, que la quiero tanto1
1 Curioso darse cuenta, tiempo después, que ésta línea no es más que una que evoca, en un descarado, inexacto e involuntario plagio, el último verso de "Buenos Aires", un soneto de Borges. Poema del que sólo recuerdo, sin releer, un verso, que es exactamente el previo a éste que parafraseo torpemente, y dice: "no nos une el amor, sino el espanto"...
Es tan raro eso, tan raro que pueda señalarme algo en lo que no reparé en ese sentido (yo, que me la paso pensando en eso y que soy tan soberbia que suelo sorprenderme cuando me sorprenden), que cada vez que caigo en la cuenta quiero inventar modos nuevos de agradecerle, como parapetarme en el dintel de la puerta del laburo y tirarle guirnaldas de dientes de león cuando sale mientras un cuarteto de enanos tocando el clarinete hacen piruetas frente a la Alameda, por ejemplo.
Ante la imposibilidad material de que el dintel me aguante o de conseguir un permiso en el ayuntamiento para un desfile de cuatro, le escribo y se lo cuento. O debería, pero mejor no. Mejor se lo digo en el abrazo. Mejor.
Sin embargo me quedo pensando en eso. Pensando en cuánto da uno sin darse cuenta. Eso sí tengo que decírselo. Eso quiero que lo sepa. Es importante. Es importante sobre todo porque sé que lo va a entender. Es importante saber ciertas cosas, porque uno se olvida, a veces, o no se da cuenta. Se lo diré ante la próxima tortilla de patatas (la de él menos hecha que la mía, como siempre).
Porque que sea capaz de hacer que me de cuenta de que incluso aunque sea un movimiento consciente la inmensa mayoría de las veces (es decir, aunque sea una herramienta útil, no una Verdad) , todavía hay momentos en que la voluntad queda empequeñecida, mojada, chorreando miserias y repleta de peligros cuando uno pretende decidir algo a través de la frase “tengo que” en lugar de “quiero” (pero, sobre todo: “quiero?“) es, sin duda, algo que merece una tortilla de patatas
Sonrío cuando llego al salón y el sol devora todo; todo lo lame, todo lo degusta. Sonrío porque sonrío.
Leo su correo con la segunda parte del cuento que está escribiendo. Me pide opinión. Sonrío también ante su generosidad. Sonrío porque me gusta y sonrío porque sonreiría incluso aunque no me gustara.
Las voces queridas llegaron por la noche; las oigo tomando mate al sol, con la ventana abierta. Como todo, también la alegría es refractaria: es alegría ante mis pequeños logros lo que sus voces destilan, y yo vuelvo a pensar, como pensaba anoche antes de dormir, que los logros no tienen un valor objetivo, sino que conviene medirlos teniendo en cuenta desde dónde se ha partido para llegar allí. Es entonces que la alegría se vuelve justa.
Paseo por la casa y miro las fotos, toco las paredes, me quedo en las sensaciones. Es curioso cómo todo adquiere una suavidad tan cabal, a veces. Cómo uno puede, de vez en cuando, estar realmente donde está.
El placer es un vicio puro y esquivo, porque enhebra las cosas más disímiles.
jueves, 15 de diciembre de 2016
Lo pienso mucho, lo pienso respecto de muchas cosas y hace muchos años; recuerdo que me fascinó particularmente el concepto de “cristalización de la realidad” que pronunció al pasar una vez un profesor de sociología en la facultad (supongo que porque el concepto es en sí mismo una imagen y yo tiendo a pensar en imágenes) y desde entonces, como hago con casi todas las cosas que se me clavan asi, como una estalactita de hielo en el pecho, empecé a verla en todos lados, a probarsela a todas mis ideas, mis sospechas, mis preguntas, por ver qué pasaba, aunque no tuvieran nada que ver.
No tiene del todo que ver con esto, sin embargo la imagen de lo estático que podemos hacer que se vuelva un movimiento naturalmente fluído me la evoca casi necesariamente, porque de alguna manera los juicios que hacemos sobre determinadas cuestiones están ligados a los límites temporales en que, sin darnos cuenta, las concebimos; explicándolo mal y pronto: algo aparentemente acertado en un momento puede terminar siendo erróneo con el paso del tiempo, y sin embargo, mirado en el momento preciso, fue la decisión acertada.
Sin embargo no fue hasta esta tarde, sorprendentemente, que fui capaz de ponerlo en palabras dentro de mi cabeza respecto de esta situación.
Me pasa incluso demasiadas veces, esa sensación fuertísima de algo que no soy capaz de explicar, es decir, capaz de poner en palabras, siquiera ante mi misma.
Y entonces paso meses, años inclusive, buscando y preguntándome y escarbando en todos los lugares posibles, hasta que un buen día, mientras preparo la cena sin prestar demasiada atención -como hoy, por ejemplo-, las palabra se juntan solas, venidas de no sé dónde, y responden una pregunta que no me doy cuenta siquiera de haberme estado haciendo en ese momento; de pronto la frase se yergue poderosa: “claro que se puede. Es el tiempo lo que está mal. La idea de la continuidad”
Hay, en mi vida, muy pocas cosas de las que estoy segura. Realmente muy pocas. Y ninguna es algo que haya pensado.
Segura de esa seguridad tan absoluta que no necesito discutirla. Segura desde algo que racionalmente podría calificarse de fanatismo y que incluso con la repulsión que me produce la idea no me da siquiera el impulso de defenderme, porque me da exactamente igual lo que piense el otro: yo sé. Vos, lo que sentí por vos, lo que quise con vos, lo que viví con vos...es una de esas cosas.
De modo que llevo mucho tiempo, muchas vidas preguntándome cómo, sabiendo lo que sabías del mismo modo en que yo (es decir, desde antes, desde después, desde tan independientemente de las palabras), no entendiste. (No entendiste nada?). Cómo después de tantos momentos en que la vida se resumía, con toda su grandeza, entre tus manos y las mías, pudiste pensar, pudiste hacer y no hacer, pudiste decir determinadas cosas. Cómo se te pudo ocurrir siquiera imaginar, en algún momento, que había sido mentira, después de tanto. No lo sabías, entonces?; entonces sólo yo sentí toda esa grandeza, toda esa oleada de…cierto, de “esto ES”, y me imaginé que vos también?. Porque si lo hubieras entendido de verdad era sencillamente imposible que pensaras algo distinto de que fuimos dos imbéciles que no supieron qué hacer con tanto; que no supimos, sencillamente no supimos manejarlo. Que cualquier mezquindad de la que cualquiera de los dos hayamos sido capaces no fue consecuencia de otra cosa más que de la estupidez, del miedo, de las putas púas que el miedo saca cuando nos sentimos amenazados
No podía ser que no hayas entendido. No podía ser cierto. Pero debía de serlo, a la vista de la evidencia.
Sin embargo, el tiempo, hoy. Puede que el tiempo sea la variable que tenía mal calibrada. El tiempo:
la idea de que lo que se tiene una vez, se tiene siempre. La idea de que lo que se entiende una vez, se entiende para siempre. La idea de que uno no olvida lo que sabe, sobre todo, cuando lo sabe así, de esa manera, tan contra todo pronóstico, tan abarcador, tan raíz.
Resulta cómico que me tome por sorpresa. Como si no pasara yo cientos de días sin mirar el cielo
De todas mis miserias, por mucho que lo intente, hay algo que no llega a cubrir la totalidad. Soy un ser humano y, como todos,soy perfectamente capaz de manipularlo todo para no saber ciertas verdades. Pero hay una, sólo una,que se me ha revelado incontestable. La descubro siempre, como con las palabras,no por lo que es, sino por lo que señala. La descubro cuando estoy así, serena, alegre, luminosa, y hay un segundo en que, invariablemente, pienso en que quisiera que me vieras así. Así, porque te haría bien.
Al quinto Gin tonic se decide a hablarme. Me suelta de pronto, casi bélico:
-Y tú por qué sonríes todo el tiempo?
-Pues...imagino que porque lo he pasado muy mal -le digo, luego de pensarlo un segundo, porque me divierte mucho responder las preguntas que no buscan realmente respuesta-. Así que supongo que uno, luego de eso, encuentra motivos para sonreír más fácil.
-Buena respuesta...
Pero mi preferida fue élla. Élla, que después de no se cuántos tragos me dice, con la lengua pastosa, que le encanta mi acento, y que es la primera vez que deja que alguien le sirva la tónica con la cuchara trenzada
-O sea que mi acento me da visa de tónica. Bien. Me conviene.
-No, no es eso. En realidad es por el modo en que miras. Me miras a los ojos cuando me hablas. Es raro, eso. Y merece recompensa
martes, 13 de diciembre de 2016
Me paro entonces en medio del salón y veo las fotos: quedaron sobre el sofá; rememoro la charla, las ideas de élla de que para trabajarlas mejor podría digitalizarlas o incluso imprimirlas en tela “y si escribes algo se puede coser, sería genial, no?”; el alucine de él con las texturas de una de las fotos que el agua se llevó y los dos flipando porque son tan geniales que me dicen que debería hacer una exposición; y luego las clases de experimentación de panadería y las semillas, las nueces que se olvida de ponerle y el queso, un modo de amasar y su asombro; los viajes y los planes, los hijos, las parejas, los puntos de vista y los puntos ciegos; las discusiones honestas: sin manipulaciones y sin miramientos; Freire, Lebowski, Waldorff, Cortázar, Montessori, pros y contras, idilios, burbujas y hippies; realidades inconexas o posibles; Brasil, Portugal, Arabia Saudì, Copenhague, el francés contra el alemán, “en año nuevo vienes aunque sean las cinco de la mañana”, reírse a carcajadas del otro como un puente maravilloso, una casa que tiene que tener un patio, la tortilla de patatas que quedó en su punto, élla que por alguna razón coincide con otro amigo en que yo debería estudiar magisterio y él que no; visiones borrosas, carreras posibles, pobrezas varias, riquezas inesperadas, moralidades, moralinas, contradicciones, “yo lo que necesito es tiempo para poder mirar”, lo que se aprende cuando uno no lo sospecha, lo vivo o no de un modo de educación, la vocación, la elección, el desconcierto, el mucho tabaco, tres botellas de vino, la ventana abierta, la canción que coreamos distraídos, el gallego, la ventaja de que lo inusual venga primero y una sensación de hogar, de hogar nuevo, de tibia, dulce hondura
“Cómo hice?. Cómo construí este momento?”, me oigo preguntarme parada, luminosa, no sé cuántos segundos después, en medio del salón. Este que es tan aquéllos y sin embargo tan tremendamente otro. A veces me asombra tanto la suerte, la luz que se esconde en momentos que dicen tantas cosas, que dicen tanto camino, tanto, aunque parezcan tan nimios…
Me quedo quieta unos segundos más, sintiendo, solamente sintiendo; termino de ordenar y me voy a acostar; “casi las 4 de la mañana…”
La imagen me espera cuando salgo del baño: estoy parada en un páramo infinito, oscuro; mi figura es sólo una perfilada sombra azul; hay viento y mi pelo se mueve apenas. No lo veo, pero intuyo la figura volátil de un diente de león.
“No lo construí -me digo de pronto- ; en realidad, no. Lo único que hice fue mantenerme en pie"
lunes, 12 de diciembre de 2016
Cojo la máscara con lentitud y consciencia, y ya no con miedo, y me la pongo serenamente.
No sabría cómo describir la distancia; cómo decir que lo mismo es lo mismo y a la vez es otra cosa. Ahora sentarme en la ventana a mirar los colores, leer como puertas, los discursos internos que vuelven a ser sólo míos, las letras, las palabras como puentes hacia lo oscuro y ya nunca hacia vos; mis recuerdos que vuelven a ser fotos que miro buscándome, que ya no te acerco con curiosidad para que me digas qué ves, para que me ayudes a mirar…ya no estoy viva como entonces: de pronto, tremendamente, sin tener tiempo de pensar. Sin tener tiempo de otra cosa más que de respirar al lado tuyo; del asombro en estado puro.
Sin embargo, o tal vez por eso, puedo también mirarte. Y mirarme entonces. Y cada vez que lo hago (tan distinto, cada vez, como si la mirada fuera roca que el tiempo, feroz, fugaz, desgasta, cincela, da formas nuevas a medida que pasa) me sigue pareciendo inverosímil, ahora que yo soy yo de nuevo -que puedo en ese (no) retorno medir, sentir la hondura de la distancia- que no entendieras. Que no entendieras…
Ni siquiera tengo palabras para decirlo. Ni siquiera eso me queda. Lo cual es una buena forma de decirlo, porque fue con vos que dejé de necesitar las palabras; fue a tu lado que aprendí a hablar. Fue con vos, por vos, que me pareció que valía la pena abandonar todos mis escondites, enfrentarme a todos mis monstruos. Que lo sentí, que no tenía otra opción realmente: no puede la piel elegir no sudar en el desierto. (sólo vos y dos o tres personas más sabrían entender lo tremendo que resulta que yo, justo yo, diga una cosa como “no tenía otra opción”; lo muchísimo de tanto que dice eso, la inmensa cantidad de dobleces que tiene esa figura de papel)
Todavía me cuesta entender, entender realmente, cómo no entendiste.
Pero hay veces en que es mucho peor que eso. Hay veces en que es inevitable darse cuenta. Hay veces en que es doloroso, necesario, preguntarse, entonces, cuánto habrá que no entendí yo
Hay días (ahora ya son muy pocos, y los entiendo sobre todo como ejercicios mentales, como una posible forma de conocimiento, podría decir) en que me canso de preguntarme qué, por qué, para qué, a qué responde, si tiene sentido, si tiene razón de ser no teniendo aplicaciones prácticas; en que me canso de preguntarme por qué el pensamiento productivista está tan jodidamente enraizado y luego me pregunto que por qué no, que de qué vale algo que no tiene consecuencias prácticas, de qué vale la palabra que no es a su vez acción, bandera de batalla. Días en que me canso de lo fácil que resulta así decir cualquier cosa, en que discuto con cada partícula del aire sobre la coherencia y la incoherencia y la necesidad de mirar cada cosa dentro del marco que le es propio, de no meter cabeza donde lo que hay es emoción y viceversa, o de buscar formas inteligente en que esos dos ámbitos puedan articularse y (¿) cómo hacerlo sin la acción (?), cómo.
Y así estoy, yendo y viniendo, a veces, por suerte ya sin dolor, por suerte ya sin otra cosa, a veces, que la mera sensación, que la emoción incomunicable y tal vez absurda pero qué más da, francamente, cuando sé lo que del recuerdo se destila como un aceite esencial y coincide tan puntualmente con aquella sensación que sin embargo ahora sí puedo traducir en palabras que no obstante no tocan lo que es pero sí lo bosquejan para que yo pueda mirarlo y entender así tantas cosas desde un lugar que no es sólo emoción, como si se dibujaran las ondas del sonido de un gong.
No es práctico el sentir (no es puente hacia vos, sólo hacia mi, que ya es muchísimo y sin embargo no puede uno pararse en el mundo a ser sólo emisario y receptor de uno mismo si pretende construir algo habitable a un nivel comunitario, si pretende que el lenguaje realmente comunique), pero está ahí, está, lo siento en las noches en que me acuesto y en la oscuridad recuerdo por unos segundos un modo que tenías de hacer algo, cualquier cosa, y es admiración pura hacia el milagro de que existas lo que me embarga y me sé tremendamente afortunada.
Qué más dan, francamente (cuando sé que toda búsqueda puede encarnar un modo de negar lo evidente o todo lo contrario, según se elija) qué más dan los hilos filosos del razonamiento con o sin verdad que pueda extender desde el hecho o la interpretación hasta lo práctico en un sentido material, comunicativo de a dos, sinergético, incluso; si la verdad es que te amo. Que te amo sin consecuencias, sin que lo sepas, sin que lo creas, sin que lo hayas entendido o vayas a hacerlo, sin que importe, sin fatalismo, sin final, y como una pequeña luz, tibia y hermosa, que guardo en el centro del estómago, como si fuera una luciérnaga, aunque me canse de cuestionar el hecho en sí y las posibles raíces y sus emanaciones y busque y rebusque el modo en que eso puede ser también un modo de ceguera o de cobardía y al final de todo, siempre, cada vez, contra todo pronóstico y toda experiencia, estoy mirándome con serena curiosidad, con el amor con que una madre miraría a su hija construir una casita de naipes en la arena.
Y es esa posibilidad de que ser terca sea por una vez por una razón que realmente vale la pena lo que te agradeceré por siempre.
sábado, 10 de diciembre de 2016
Nada. No pasa nada distinto. Sólo la percepción. Sólo uno mismo. Sólo el foco en que la mirada se yergue; la tela tenaz de una realidad que, siendo siempre la misma, ondea. De los huecos del vacío nacen imágenes, recuerdos, sensaciones mientras se anda y suena el Aire de Bach en los oídos y las luces de las calles se encienden de pronto y todo se sucede, todo parece sucederse, con la leve ondulacion del agua. Es de noche; huele a piedra mojada y a silencio.
No pasa nada distinto. Pero qué buena es la Vida, hoy. Qué necesaria esta paz.
viernes, 9 de diciembre de 2016
jueves, 8 de diciembre de 2016
Signos
No he venido a este país, ciertamente, a darme cuenta de una forma que tengo de ser a través del lenguaje, de evidenciarme a mi misma en su ejercicio; de un modo en que el conjunto de símbolos puede ser símbolo también como una totalidad, de que el lenguaje en si mismo puede ser polisémico
Y sin embargo, cuando hablamos y las preguntas del otro se vuelven crecientemente copiosas sobre tal palabra o tal expresión que uso sin darme cuenta, no queda más remedio que entender que Hannah Arendt tenía razón cuando decía que lo que queda es la lengua materna, y que los giros y las palabras que me nacen de la costumbre antigua, natural de otro lugar, otras circunstancias, otros trasfondos sutiles que trastocan el sentido de una expresión, no son más que signos que la sensación de hogar, de confianza, que el otro genera o no en mi, desata.
Entonces los desconciertos ajenos se miran inevitablemente, de alguna manera, como señales de ternura. Porque a veces no me doy cuenta de cuán bien, cuán cómoda me siento con alguien, hasta que empieza a no entender la mitad de lo que digo
miércoles, 7 de diciembre de 2016
No puedo decírselo a ellos. Quisiera, porque me parece una idea luminosa, provechosa, pero no lo entenderían como lo digo. Mi hermana, tal vez; pero la posibilidad de que la dañe la idea si no lo hace me impide decírselo incluso a élla.
Me despierto recordándote y agradeciendo que no estés, y paso un día bueno, la verdad: es bueno que hayas estado; es bueno pensar que te llevo en mi y que entonces hay algo en mi que merece celebración, y es algo de eso lo que siento todo el día, con una calma ancha, sin dobleces.
De pronto llega una notificación al móvil: "un día como hoy, hace 8 años ".
martes, 6 de diciembre de 2016
Podría ser que la evolución en la comprensión real de cualquier cosa no fuera como una escalera, como plantea la lógica, ni como una espiral, como plantean ciertas corrientes espirituales, sin importar en cualquiera de los dos casos cuánto tiempo llevara esa comprensión (quiero decir, si fuera en el término de una vida o el tiempo a medir estuviera dado por toda la especie humana, pongamos por caso); sino que fuera una suerte de ola. Una ola que golpea y luego se retira. Y cuando viene la siguiente ola, es nueva y es otra, y a la vez proviene del mismo lugar que la anterior y está hecha de lo mismo y sin embargo es diferente, no tiene sedimentación, no hay algo que quede de la previa y no hay algo que quede de la actual ni lo habrá de la que sigue; sólo la sensación y la certeza del golpe; sólo lo inenarrable de la sal
Podría ser. Por qué no.
domingo, 4 de diciembre de 2016
Él me llama, porque para querernos, como antes, no nos importan mucho las convenciones, y por eso podíamos ir de la mano muy alegremente por la calle -él, con su mujer de una mano y conmigo de la otra- aunque su madre se escandalizara pensando en qué pensarían los vecinos y su suegra me mirara con un cierto y gracioso rencor, lo mismo que cuando se sentaba en mi falda después del café en la enorme mesa familiar. Uno, a veces, tiene suerte.
Me llama por teléfono y me habla de su separación, me pide disculpas por insultar a su ex mujer, mi amiga, y yo le digo que, lo mismo que cuando hablo con élla, cuando hablo con él el otro, para mi, es una imagen que quien me habla dibuja, que no conozco, que no me toca, y que por éllo no dice ni se riñe con verdad alguna, ni mucho menos con la imagen que yo tengo de ese otro.
Mientras, soy muy consciente que las laberínticas reglas del protocolo o las más tediosas aún directrices muertas de la costumbre exigirían que yo :
a)Tomara partido, ya sea por él o por élla
b)Intentara convencerlo de que no es tan como él piensa
c)Le pidiera que dijera lo que quiera pero que por favor no le faltara el respeto delante de mi a mi amiga
d)Otras. Especifique
Las primeras dos ni se me ocurren, pero la tercera, en algún momento de su particular y encarnizado discurso, me tintinea, muy a lo lejos, en la cabeza. Me doy cuenta de que me jode un poco. Pero de que me jode, sobre todo, porque me parece que está equivocado, que no ve bien, y que es esa miopía lo que le produce dolor. No me jode por élla. No me jode por lo que dice de élla.
Entonces pienso en la lealtad. Pienso en esa oscilación de la que todo punto de vista es susceptible que vuelve lo mismo en lo contrario: al hablar con cada uno no defiendo ni defenestro al otro, y así, para el ojo promedio, me vuelvo leal para uno y desleal para el otro en cada caso.
Sé que ninguna de las dos opciones es cierta, pero lo mismo me seduce la mera idea, la posibilidad.
Pienso entonces en aquella imagen del Apocalipsis que tanto me sobrecogió, por lo prolífica que me resultaba, cuando se me dio por leer la biblia completa, que dice que dios vomitará a los tibios; pienso en que la neutralidad, como todo, tiene sus trampas y su irresponsabilidad, y también todo lo contrario, si uno lo elige.
Pienso en la pasión, en el fanatismo, en la asepsia, en la lealtad, en el equilibrio; en que cada una de esas cosas admite falsedad, puede volverse un acierto o un error, independientemente de los resultados prácticos, si la razón que nos mueve a anclarnos en éllas es insana.
Pienso que la lealtad y el fanatismo se tocan en uno o en muchos puntos, lo mismo que la neutralidad y la cobardía, y casi me veo tentada a preguntarme en qué punto me paro yo a la hora de escucharlos a ambos cuando me acuerdo de que ya lo sé, de que ya me lo pregunté, hace muchos años, y que ya tomé una decisión al respecto y que, equivocada o no, es el mismo punto en el que sigo parada porque sigue pareciéndome el que más se acerca a lo que quiero, más allá de que en el proceso yo piense o alguien pueda pensar en las implicancias de la lealtad.
Sé que he sido desleal cuando las apariencias eran las contrarias y sé que he sido leal en situaciones en que nadie lo hubiera sospechado.
Pienso que, tal como le digo, cada uno sabe su propia verdad y que yo, frente a cada uno de éllos, no soy más que alguien que los quiere, ahí donde el amor es, para mi, como siempre, aparte de una emoción o un sentimiento, un compromiso. Un compromiso que tal vez pueda imaginarse como la voluntad de ser un espacio. Un espacio que tal vez pueda pensarse como un vacío donde el otro pueda desparramarse, deformarse, equivocarse, contradecirse, desangrarse, crecer lo que sea que sea; ser. Y me doy cuenta con un cierto y sospechoso placer de que me da un poco igual si ese compromiso, en alguna ocasión, me vuelve una hija de puta o alguien tremendamente errado.
Pienso en cuántas veces no defendí lo que debía haber defendido y en cuántas sí. Recuerdo de pronto que mi cuñada tiene la odiosa costumbre de hablarme mal de mi hermano como si el tipo fuera un completo desconocido para mi, y que no me molesta en absoluto más que en esa parte mía que siempre está muy pendiente de lo políticamente correcto (se cague o no en éllo en una situación particular, dependiendo del día, las circunstancias y la posición de la decimoquinta hoja de la tercera rama de abajo hacia arriba de un abeto situado en coordenadas aleatorias), y recuerdo también que el día en que una mujer desconocida lo insultó injustamente frente a mi él tuvo que agarrarme para que no la matara, y que todos nos quedamos muy asombrados de mi reacción (sobre todo, yo).
Entonces pienso que estaría buenísimo que el dios de los cristianos exista y que al morirse uno tenga que hablar con él y rendir cuentas, porque el tipo me mandaría al mismísimo carajo pero se divertiría muchísimo antes de hacerlo (como el cura de mi parroquia cuando yo me confesaba de adolescente y discutía con él y el tipo me decía "nunca en mi vida había confesado a alguien que me discutiera por qué sí y por qué no cada punto"), y la risa de un dios que es casi por definición la imagen misma del aburrimiento tiene que ser genial
viernes, 2 de diciembre de 2016
Me siento al sol, todavía dormida, y tomo mate. Me arroba, cada día, la paleta de colores que lo álamos de la calle desperdigan en el aire, el amarillo furioso de las hojas del ginko, como pequeños abanicos.
Tengo la cabeza demasiado llena de palabras, de imágenes, de pensamientos, así que decido no poner música, ni la radio, ni nada. Silencio, a ver qué dice. Y pienso en el sol, en lo maravilloso que resulta darse cuenta que mi piel se entibia a la luz de una estrella. Una estrella a la distancia justa, que posibilita la vida, el calor que los primeros hombres buscaron en el fuego, el fuego como un pequeño sol, la madera que se incendia como reflejo del alimento que le permitió crecer (el círculo perfecto de la vida que siempre da lo que recibe de una u otra manera); la luz que hace refulgir el piso de madera, los techos de la facultad que sobrevuelan los estorninos todos los atardeceres y que torna naranjas las hojas bordó de los árboles bajo las quela gente pasa sin levantar nunca la vista.
De chica me sentaba en la terraza de mi casa, al atardecer, a mirar el aire. Vivía en una ciudad, a la vuelta de una avenida enorme a la que le cambiaron el nombre por “Eva Perón” pero que la gente del barrio, curiosamente, siempre siguió llamando “Del trabajo”. Me gustaba esa rebeldía, esa incoherencia involuntaria en un barrio tan peronista.
Me sentaba a mirar el aire porque con el polvo o el smog o vaya uno a saber qué, el aire estaba lleno de partículas diminutas, invisibles a simple vista, excepto cuando el sol caía, algunos días, y les atravesaba la cadencia: entonces el aire era polvillo de oro. Me acuerdo de pensar eso. Me acuerdo de quedarme quieta e imaginarme la mano pequeñita de un duende o un ángel (por aquel entonces, aunque no fuera católica, la imagen me servía, y no tenía connotaciones más que mágicas) que soplaba el polvillo dorado divertido, con el mismo placer y el mismo propósito con que yo, aún hoy, tengo siempre en algún lugar un bote para hacer pompas de jabón, como aquel que llevaba al hospital para hacer pompas en la ventana y que él sonriera
Entonces pienso en el oro, que es algo que, por alguna razón, nunca me gustó. La mía es la única de las tres cadenitas que nos regalaban mis padres a mis hermanos y a mi al terminar el colegio que es de oro blanco, porque siempre me pareció…no sé, feo, el oro amarillo. Es curioso. No es el color. El dorado del sol me gusta. El del trigo al sol, también (“gano -dijo el zorro- por el color del trigo”). Es entonces cuando me acuerdo del Kintsugi, la técnica japonesa de reparación de cerámica con pasta de oro: la herida no se esconde, sino que se resalta, se embellece, se enaltece.
Me pregunto de pronto si eso es una voluntad meramente estética, una de esas salidas poéticas que nos permitimos de vez en cuando por puro tesón, por pura terquedad, por mera cobardía, o puede ser una realidad honesta. Pienso si escribir no es una de las variantes de la técnica. Si cualquier forma de arte no lo es. Si vivir no lo es. Y me digo que todo puede serlo. "Puede. Tal vez puede serlo."
Así, vuelvo a caer en lo mismo de siempre: no es el qué, sino el cómo o, en este caso, el por qué lo que le da valor, lo que lo constituye en lo que es aunque para otros sea otra cosa (porque para eso están las interpretaciones: para transformar, para re-crear) : sólo uno mismo sabe. Sólo uno sabe qué dice, qué hace, qué toca, qué siente cuando se sienta al sol y respira.
“Es tan hondo cada segundo…”
jueves, 1 de diciembre de 2016
-No lo soy. O no lo soy en ninguna manera distinta al resto de la gente, sólo que algunos esconden sus peculiaridades mejor que yo. (no se trata de que todos seamos geniales; sólo de que lo sospecho, francamente, pero solemos abocarnos a desmentirlo sin darnos cuenta). Ahora, si te preguntás, y me pregunto con vos, cómo soy así, la que soy….supongo que es por la soledad. He pasado mucho tiempo sola. No físicamente sola, solamente. Y supongo que la soledad, como todo el resto de la paradoja que es existir, tiene como resultado algo que se inhabilita a la vez que se funda a si mismo: por pasar tanto tiempo sola he tenido la posibilidad de ahondar en ciertas cosas en que la mayoría de gente no repara, pero esa misma posibilidad me impide construir puentes hacia los otros. Y lo que trato…lo que llevo mucho tiempo tratando de averiguar -me doy cuenta ahora, mientras te lo digo-, es cómo eso puede no ser un modo de fatalismo. De encontrar la manera en que esa sensación que yo creo (en su doble acepción) sea un camino y no el límite de un camino
Buscando otra cosa, un correo viejo de hace ya varios años, me encuentro con uno suyo, de esos en que me decía que tenía que ir al juzgado a llevar no sé qué carpeta y que ya que estaba en el centro podía ir a ver una peli “de esas iraquíes en idioma original que sólo vas a ver vos” (una sola vez se lo conté, porque sólo una vez había pasado, pero quedó para la historia) y de repente se me vienen a la cabeza imágenes lejanas, ya olvidadas, del señor contador.
El señor contador que me contrató, según me dijo tiempo después, pese a que había gente más idónea que yo para el puesto, “porque vos me dijiste la verdad en la entrevista” (le había dicho que había estudiado contabilidad, que era cierto, y que no la recordaba porque la detestaba, que era más cierto aún).
El señor que tildaba listados interminables conmigo mientras discutíamos sobre la teoría de que el antisemitismo no había sido más que una maniobra de marketing para ocultar la expropiación de bienes materiales a los judíos, y no al revés.
El señor que me mandaba a los seminarios de calidad al hotel más pijo de la ciudad con una carpeta que decía “Calidad” en letras doradas, góticas, y que había garabateado debajo, con su letra minúscula “…es lo que falta”.
Ese que hacía que la hiel fuera melaza y que sin embargo me contaba que “su gran amor” no era para nada su señora esposa, sino una novia que dejó a los veintipico porque no se había querido casar, y que un día me dijo, de la nada (sentado frente a mi ordenador intentando dilucidar un asiento contable de dudosa exactitud y bajándose de pronto las gafas enormes, en un gesto lento, casi teatral): “nunca te alejes de alguien de quien estás enamorada”
Un señor que, visceral como era, un día después de que me regañara por un error de una manera mucho más fuerte de lo que era capaz de tolerar, me escuchó decirle que si no le parecía correcta mi forma de trabajar, la oficina de correos estaba a media cuadra, que me echara, pero que bajo ningún punto de vista le iba a permitir que me faltara el respeto, “porque antes de ser tu empleada soy una persona, y te aseguro que lo segundo tiene mucho más peso que lo primero”.
Estuvimos gritándonos diez minutos. Vinieron hasta los dueños a ver qué pasaba. Y no me echó.
Me suelta del abrazo y me conmueve reconocer su mirada. La misma que sé que tengo cuando después de pasar todo el día juntos me despierto en su sofá y me dice que pasó toda la noche soñando que seguíamos charlando mientras comprábamos tomates. La misma que, cuando me acompaña al autobús y nos despedimos, me abraza y se va, y yo me siento lo más rápido que puedo porque cuando uno se sube al autobús todo el mundo lo mira y a mi me da vergüenza pero tengo 300 bolsas que acomodar y tardo demasiadas eternidades, la mirada que sé que tengo cuando al sentarme después de los eternos cinco minutos que tardé en guardar todo, lo veo de pie al lado de mi ventanilla cuando yo pensé que ya se habría ido hacía rato, y así, como si nada, me sonríe, me tira un beso, y entonces sí, se va.