Y como la luna tan luminosa que hace sombras es mis sobrinos jugando conmigo a hacer sombras chinas contra la pared verde de la terraza de mi casa en Buenos Aires, y las noches de verano en que me despertaba sonriendo, y la sorpresa y el terror, la certeza y el dolor casi dulce de esa noche de marzo
Así como los álamos son soldados del viento que cuidan los viñedos de Mendoza y las pestañas de Lautaro y entonces aquel día celeste limpio en que le oí llorar su primer llanto mientras tomaba cuenta de las nubes para contárselo cuando creciera, y también un correo precioso que nunca envié
Y como la Alhambra es la sorpresa de la naturalidad de caminar de su mano y el hermoso cansancio del cuerpo vivo; lo saturado y a la vez suave de los colores del aire
Y el mar es el misterio y la grandiosidad de siempre; la fascinación, el ritmo, la dulzura, lo inconmensurable, lo siempre nuevo, lo eterno; el encuentro con lo Uno
Igual que Parque Saavedra es el lugar donde élla me dijo que su abuela decía “a veces las bendiciones entran rompiendo los vitrales” cuando le conté que me iba
Y así como Valencia es el sol casi blanco y la arena en los ojos y sin embargo él, insospechado cobijo, y sentarme en la Plaza al lado de los geranios rojos durante horas sin ser capaz de moverme, con un montón de currículums en las manos
Y como los libros que amo son sobre todo las tardes o noches que pasé leyéndolos, maravillada; y el tren es siempre esa sensación de fugacidad, de ausencia
De ese mismo modo, Santiago es él.
Lo noto cuando me escribe para decirme que vaya a la cafetería donde me están esperando y le digo que sabe que por el nombre no las ubico, y me dice “donde hablamos de la reencarnación”.
Entonces me doy cuenta: ubicaría perfectamente la calle que no sé cómo se llama si me dijera “esa donde me enseñabas a correr en la pendiente como cuando eras niña, haciendo molinillo con las manos hacia atrás”, o el bar en que me explicaba qué era “procastinar” y me escuchaba con estoica paciencia cuando hacía poco que había vuelto.
El cine “donde fuimos a ver el documental ese, el italiano muy mal subtitulado, que no te gustó y a mi sí”
La esquina cerca de la Alameda donde lo esperaba con el pelo suelto un día y le dije que buscara un león y me di cuenta de que había llegado porque escuché un rugido
La plaza en la que me perdí y me tuvo que ir a buscar porque de nuevo llegábamos tarde a otro ciclo de cine
El callejón donde está el estanco “donde te compraba el tabaco ese muy aromático cuando venía a Santiago y tú te quedabas en la montaña”
La biblioteca que está super cerca de la Catedral y que sin embargo no termino de saber cuál es hasta que me dice “donde fuimos ese día que viniste y que quería que conozcas porque te iba a encantar”
Resulta gracioso y hermoso acordarse de que uno de los pocos lugares que sí reconozco por el nombre que le da normalmente la gente, la Puerta del Camino (ahí donde está escrita en varias lenguas la frase “Europa se construyó peregrinando hacia Santiago”: entre el nombre y eso, cómo no me voy a acordar de ese lugar?!), él me lo señala siempre que quiere referirse a él por alguna razón como “el lugar donde ayudaste al chino aquel a llegar a la estación el día que nos reencontramos”
Y pienso sonriendo que sí, que es inevitable, por muy cursi que sea: son los amigos, es la emoción asociada, es el amor lo que me señala el camino andado. Son éllos los hitos.
Entonces me doy cuenta: ubicaría perfectamente la calle que no sé cómo se llama si me dijera “esa donde me enseñabas a correr en la pendiente como cuando eras niña, haciendo molinillo con las manos hacia atrás”, o el bar en que me explicaba qué era “procastinar” y me escuchaba con estoica paciencia cuando hacía poco que había vuelto.
El cine “donde fuimos a ver el documental ese, el italiano muy mal subtitulado, que no te gustó y a mi sí”
La esquina cerca de la Alameda donde lo esperaba con el pelo suelto un día y le dije que buscara un león y me di cuenta de que había llegado porque escuché un rugido
La plaza en la que me perdí y me tuvo que ir a buscar porque de nuevo llegábamos tarde a otro ciclo de cine
El callejón donde está el estanco “donde te compraba el tabaco ese muy aromático cuando venía a Santiago y tú te quedabas en la montaña”
La biblioteca que está super cerca de la Catedral y que sin embargo no termino de saber cuál es hasta que me dice “donde fuimos ese día que viniste y que quería que conozcas porque te iba a encantar”
Resulta gracioso y hermoso acordarse de que uno de los pocos lugares que sí reconozco por el nombre que le da normalmente la gente, la Puerta del Camino (ahí donde está escrita en varias lenguas la frase “Europa se construyó peregrinando hacia Santiago”: entre el nombre y eso, cómo no me voy a acordar de ese lugar?!), él me lo señala siempre que quiere referirse a él por alguna razón como “el lugar donde ayudaste al chino aquel a llegar a la estación el día que nos reencontramos”
Y pienso sonriendo que sí, que es inevitable, por muy cursi que sea: son los amigos, es la emoción asociada, es el amor lo que me señala el camino andado. Son éllos los hitos.
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