jueves, 15 de diciembre de 2016

A veces creo que lo único necesario es cambiar la idea de la duración, del tiempo.
Lo pienso mucho, lo pienso respecto de muchas cosas y hace muchos años; recuerdo que me fascinó particularmente el concepto de “cristalización de la realidad” que pronunció al pasar una vez un profesor de sociología en la facultad (supongo que porque el concepto es en sí mismo una imagen y yo tiendo a pensar en imágenes) y desde entonces, como hago con casi todas las cosas que se me clavan asi, como una estalactita de hielo en el pecho, empecé a verla en todos lados, a probarsela a todas mis ideas, mis sospechas, mis preguntas, por ver qué pasaba, aunque no tuvieran nada que ver.
No tiene  del todo que ver con esto, sin embargo la imagen de lo estático que podemos hacer que se vuelva un movimiento naturalmente fluído me la evoca casi necesariamente, porque de alguna manera los juicios que hacemos sobre determinadas cuestiones están ligados a los límites temporales en que, sin darnos cuenta, las concebimos; explicándolo mal y pronto: algo aparentemente acertado en un momento puede terminar siendo erróneo con el paso del tiempo, y sin embargo, mirado en el momento preciso, fue la decisión acertada.
 Sin embargo no fue hasta esta tarde, sorprendentemente, que fui capaz de ponerlo en palabras dentro de mi cabeza respecto de esta situación.

Me pasa incluso demasiadas veces, esa sensación fuertísima de algo que no soy capaz de explicar, es decir, capaz de poner en palabras, siquiera ante mi misma.
 Y entonces paso meses, años inclusive, buscando y preguntándome y escarbando en todos los lugares posibles, hasta que un buen día, mientras preparo la cena sin prestar demasiada atención -como hoy, por ejemplo-, las palabra se juntan solas, venidas de no sé dónde, y responden una pregunta que no me doy cuenta siquiera de haberme estado haciendo en ese momento; de pronto la frase se yergue poderosa: “claro que se puede. Es el tiempo lo que está mal. La idea de la continuidad”

Hay, en mi vida, muy pocas cosas de las que estoy segura. Realmente muy pocas. Y ninguna es algo que haya pensado.
 Segura de esa seguridad tan absoluta que no necesito discutirla. Segura desde algo que racionalmente podría calificarse de fanatismo y que incluso con la repulsión que me produce la idea no me da siquiera el impulso de defenderme, porque me da exactamente igual lo que piense el otro: yo sé. Vos, lo que sentí por vos, lo que quise con vos, lo que viví con vos...es una de esas cosas.

De modo que llevo mucho tiempo, muchas vidas preguntándome cómo, sabiendo lo que sabías del mismo modo en que yo (es decir, desde antes, desde después, desde tan independientemente de las palabras), no entendiste. (No entendiste nada?). Cómo después de tantos momentos en que la vida se resumía, con toda su grandeza, entre tus manos y las mías, pudiste pensar, pudiste hacer y no hacer, pudiste decir determinadas cosas. Cómo se te pudo ocurrir siquiera imaginar, en algún momento, que había sido mentira, después de tanto. No lo sabías, entonces?; entonces sólo yo sentí toda esa grandeza, toda esa oleada de…cierto, de “esto ES”, y me imaginé que vos también?. Porque si lo hubieras entendido de verdad era sencillamente imposible que pensaras algo distinto de que fuimos dos imbéciles que no supieron qué hacer con tanto; que no supimos, sencillamente no supimos manejarlo. Que cualquier mezquindad de la que cualquiera de los dos hayamos sido capaces no fue consecuencia de otra cosa más que de la estupidez, del miedo, de las putas púas que el miedo saca cuando nos sentimos amenazados

No podía ser que no hayas entendido. No podía ser cierto. Pero debía de serlo, a la vista de la evidencia.

Sin embargo, el tiempo, hoy. Puede que el tiempo sea la variable que tenía mal calibrada. El tiempo:
la idea de que lo que se tiene una vez, se tiene siempre. La idea de que lo que se entiende una vez, se entiende para siempre. La idea de que uno no olvida lo que sabe, sobre todo, cuando lo sabe así, de esa manera, tan contra todo pronóstico, tan abarcador, tan raíz.

Resulta cómico que me tome por sorpresa. Como si no pasara yo cientos de días sin mirar el cielo




No hay comentarios: