jueves, 1 de diciembre de 2016

Esto de la saudade se torna a veces muy gracioso. Puestos a extrañar, resulta que extraño hasta a mi antiguo jefe.
Buscando otra cosa, un correo viejo de hace ya varios años, me encuentro con uno suyo, de esos en que me decía que tenía que ir al juzgado a llevar no sé qué carpeta y que ya que estaba en el centro podía ir a ver una peli “de esas iraquíes en idioma original que sólo vas a ver vos” (una sola vez se lo conté, porque sólo una vez había pasado, pero quedó para la historia) y de repente se me vienen a la cabeza imágenes lejanas, ya olvidadas, del señor contador.
El señor contador que me contrató, según me dijo tiempo después, pese a que había gente más idónea que yo para el puesto, “porque vos me dijiste la verdad en la entrevista” (le había dicho que había estudiado contabilidad, que era cierto, y que no la recordaba porque la detestaba, que era más cierto aún).
El señor que tildaba listados interminables conmigo mientras discutíamos sobre la teoría de que el antisemitismo no había sido más que una maniobra de marketing para ocultar la expropiación de bienes materiales a los judíos, y no al revés.
El señor que me mandaba a los seminarios de calidad al hotel más pijo de la ciudad con una carpeta que decía “Calidad” en letras doradas, góticas, y que había garabateado debajo, con su letra minúscula “…es lo que falta”.
Ese que hacía que la hiel fuera melaza y que sin embargo me contaba que “su gran amor” no era para nada su señora esposa, sino una novia que dejó a los veintipico porque no se había querido casar, y que un día me dijo, de la nada (sentado frente a mi ordenador intentando dilucidar un asiento contable de dudosa exactitud y bajándose de pronto las gafas enormes, en un gesto lento, casi teatral): “nunca te alejes de alguien de quien estás enamorada”
Un señor que, visceral como era, un día después de que me regañara por un error de una manera mucho más fuerte de lo que era capaz de tolerar, me escuchó decirle que si no le parecía correcta mi forma de trabajar, la oficina de correos estaba a media cuadra, que me echara, pero que bajo ningún punto de vista le iba a permitir que me faltara el respeto, “porque antes de ser tu empleada soy una persona, y te aseguro que lo segundo tiene mucho más peso que lo primero”.
Estuvimos gritándonos diez minutos. Vinieron hasta los dueños a ver qué pasaba. Y no me echó.





No hay comentarios: