Él me llama, porque para querernos, como antes, no nos importan mucho las convenciones, y por eso podíamos ir de la mano muy alegremente por la calle -él, con su mujer de una mano y conmigo de la otra- aunque su madre se escandalizara pensando en qué pensarían los vecinos y su suegra me mirara con un cierto y gracioso rencor, lo mismo que cuando se sentaba en mi falda después del café en la enorme mesa familiar. Uno, a veces, tiene suerte.
Me llama por teléfono y me habla de su separación, me pide disculpas por insultar a su ex mujer, mi amiga, y yo le digo que, lo mismo que cuando hablo con élla, cuando hablo con él el otro, para mi, es una imagen que quien me habla dibuja, que no conozco, que no me toca, y que por éllo no dice ni se riñe con verdad alguna, ni mucho menos con la imagen que yo tengo de ese otro.
Mientras, soy muy consciente que las laberínticas reglas del protocolo o las más tediosas aún directrices muertas de la costumbre exigirían que yo :
a)Tomara partido, ya sea por él o por élla
b)Intentara convencerlo de que no es tan como él piensa
c)Le pidiera que dijera lo que quiera pero que por favor no le faltara el respeto delante de mi a mi amiga
d)Otras. Especifique
Las primeras dos ni se me ocurren, pero la tercera, en algún momento de su particular y encarnizado discurso, me tintinea, muy a lo lejos, en la cabeza. Me doy cuenta de que me jode un poco. Pero de que me jode, sobre todo, porque me parece que está equivocado, que no ve bien, y que es esa miopía lo que le produce dolor. No me jode por élla. No me jode por lo que dice de élla.
Entonces pienso en la lealtad. Pienso en esa oscilación de la que todo punto de vista es susceptible que vuelve lo mismo en lo contrario: al hablar con cada uno no defiendo ni defenestro al otro, y así, para el ojo promedio, me vuelvo leal para uno y desleal para el otro en cada caso.
Sé que ninguna de las dos opciones es cierta, pero lo mismo me seduce la mera idea, la posibilidad.
Pienso entonces en aquella imagen del Apocalipsis que tanto me sobrecogió, por lo prolífica que me resultaba, cuando se me dio por leer la biblia completa, que dice que dios vomitará a los tibios; pienso en que la neutralidad, como todo, tiene sus trampas y su irresponsabilidad, y también todo lo contrario, si uno lo elige.
Pienso en la pasión, en el fanatismo, en la asepsia, en la lealtad, en el equilibrio; en que cada una de esas cosas admite falsedad, puede volverse un acierto o un error, independientemente de los resultados prácticos, si la razón que nos mueve a anclarnos en éllas es insana.
Pienso que la lealtad y el fanatismo se tocan en uno o en muchos puntos, lo mismo que la neutralidad y la cobardía, y casi me veo tentada a preguntarme en qué punto me paro yo a la hora de escucharlos a ambos cuando me acuerdo de que ya lo sé, de que ya me lo pregunté, hace muchos años, y que ya tomé una decisión al respecto y que, equivocada o no, es el mismo punto en el que sigo parada porque sigue pareciéndome el que más se acerca a lo que quiero, más allá de que en el proceso yo piense o alguien pueda pensar en las implicancias de la lealtad.
Sé que he sido desleal cuando las apariencias eran las contrarias y sé que he sido leal en situaciones en que nadie lo hubiera sospechado.
Pienso que, tal como le digo, cada uno sabe su propia verdad y que yo, frente a cada uno de éllos, no soy más que alguien que los quiere, ahí donde el amor es, para mi, como siempre, aparte de una emoción o un sentimiento, un compromiso. Un compromiso que tal vez pueda imaginarse como la voluntad de ser un espacio. Un espacio que tal vez pueda pensarse como un vacío donde el otro pueda desparramarse, deformarse, equivocarse, contradecirse, desangrarse, crecer lo que sea que sea; ser. Y me doy cuenta con un cierto y sospechoso placer de que me da un poco igual si ese compromiso, en alguna ocasión, me vuelve una hija de puta o alguien tremendamente errado.
Pienso en cuántas veces no defendí lo que debía haber defendido y en cuántas sí. Recuerdo de pronto que mi cuñada tiene la odiosa costumbre de hablarme mal de mi hermano como si el tipo fuera un completo desconocido para mi, y que no me molesta en absoluto más que en esa parte mía que siempre está muy pendiente de lo políticamente correcto (se cague o no en éllo en una situación particular, dependiendo del día, las circunstancias y la posición de la decimoquinta hoja de la tercera rama de abajo hacia arriba de un abeto situado en coordenadas aleatorias), y recuerdo también que el día en que una mujer desconocida lo insultó injustamente frente a mi él tuvo que agarrarme para que no la matara, y que todos nos quedamos muy asombrados de mi reacción (sobre todo, yo).
Entonces pienso que estaría buenísimo que el dios de los cristianos exista y que al morirse uno tenga que hablar con él y rendir cuentas, porque el tipo me mandaría al mismísimo carajo pero se divertiría muchísimo antes de hacerlo (como el cura de mi parroquia cuando yo me confesaba de adolescente y discutía con él y el tipo me decía "nunca en mi vida había confesado a alguien que me discutiera por qué sí y por qué no cada punto"), y la risa de un dios que es casi por definición la imagen misma del aburrimiento tiene que ser genial
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