Le llevo el pan que amasé para él (harina integral, aceite de oliva extra virgen, orégano y queso), camino del cine. No me espera, asique abre la puerta y mi nombre en su boca es una sorpresa que sonríe. Lo alaba, lo huele, lo prueba y le encanta.
Me suelta del abrazo y me conmueve reconocer su mirada. La misma que sé que tengo cuando después de pasar todo el día juntos me despierto en su sofá y me dice que pasó toda la noche soñando que seguíamos charlando mientras comprábamos tomates. La misma que, cuando me acompaña al autobús y nos despedimos, me abraza y se va, y yo me siento lo más rápido que puedo porque cuando uno se sube al autobús todo el mundo lo mira y a mi me da vergüenza pero tengo 300 bolsas que acomodar y tardo demasiadas eternidades, la mirada que sé que tengo cuando al sentarme después de los eternos cinco minutos que tardé en guardar todo, lo veo de pie al lado de mi ventanilla cuando yo pensé que ya se habría ido hacía rato, y así, como si nada, me sonríe, me tira un beso, y entonces sí, se va.
No hay comentarios:
Publicar un comentario