viernes, 2 de diciembre de 2016


Me siento al sol, todavía dormida, y tomo mate. Me arroba, cada día, la paleta de colores que lo álamos de la calle desperdigan en el aire, el amarillo furioso de las hojas del ginko, como pequeños abanicos.
Tengo la cabeza demasiado llena de palabras, de imágenes, de pensamientos, así que decido no poner música, ni la radio, ni nada. Silencio, a ver qué dice. Y pienso en el sol, en lo maravilloso que resulta darse cuenta que mi piel se entibia a la luz de una estrella. Una estrella a la distancia justa, que posibilita la vida, el calor que los primeros hombres buscaron en el fuego, el fuego como un pequeño sol, la madera que se incendia como reflejo del alimento que le permitió crecer (el círculo perfecto de la vida que siempre da lo que recibe de una u otra manera); la luz que hace refulgir el piso de madera, los techos de la facultad que sobrevuelan los estorninos todos los atardeceres y que torna naranjas las hojas bordó de los árboles bajo las quela gente pasa sin levantar nunca la vista.
De chica me sentaba en la terraza de mi casa, al atardecer, a mirar el aire. Vivía en una ciudad, a la vuelta de una avenida enorme a la que le cambiaron el nombre por “Eva Perón” pero que la gente del barrio, curiosamente, siempre siguió llamando “Del trabajo”. Me gustaba esa rebeldía, esa incoherencia involuntaria en un barrio tan peronista.
Me sentaba a mirar el aire porque con el polvo o el smog o vaya uno a saber qué, el aire estaba lleno de partículas diminutas, invisibles a simple vista, excepto cuando el sol caía, algunos días, y les atravesaba la cadencia: entonces el aire era polvillo de oro. Me acuerdo de pensar eso. Me acuerdo de quedarme quieta e imaginarme la mano pequeñita de un duende o un ángel (por aquel entonces, aunque no fuera católica, la imagen me servía, y no tenía connotaciones más que mágicas) que soplaba el polvillo dorado divertido, con el mismo placer y el mismo propósito  con que yo, aún hoy, tengo siempre en algún lugar un bote para hacer pompas de jabón, como aquel que llevaba al hospital para hacer pompas en la ventana y que él sonriera
Entonces pienso en el oro, que es algo que, por alguna razón, nunca me gustó. La mía es la única de las tres cadenitas que nos regalaban mis padres a mis hermanos y a mi al terminar el colegio que es de oro blanco, porque siempre me pareció…no sé, feo, el oro amarillo. Es curioso. No es el color. El dorado del sol me gusta. El del trigo al sol, también (“gano -dijo el zorro- por el color del trigo”). Es entonces cuando me acuerdo del Kintsugi, la técnica japonesa de reparación de cerámica con pasta de oro: la herida no se esconde, sino que se resalta, se embellece, se enaltece.
Me pregunto de pronto si eso es una voluntad meramente estética, una de esas salidas poéticas que nos permitimos de vez en cuando por puro tesón, por pura terquedad, por mera cobardía, o puede ser una realidad honesta. Pienso si escribir no es una de las variantes de la técnica. Si cualquier forma de arte no lo es. Si vivir no lo es. Y me digo que todo puede serlo. "Puede. Tal vez puede serlo."
Así, vuelvo a caer en lo mismo de siempre: no es el qué, sino el cómo o, en este caso, el por qué lo que le da valor, lo que lo constituye en lo que es aunque para otros sea otra cosa (porque para eso están las interpretaciones: para transformar, para re-crear) : sólo uno mismo sabe. Sólo uno sabe qué dice, qué hace, qué toca, qué siente cuando se sienta al sol y respira.
“Es tan hondo cada segundo…”





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