domingo, 18 de diciembre de 2016

Me despierto sonriendo. Sonrío porque me despierto sonriendo. El día ancho por delante, el calor debajo de las mantas.
Sonrío cuando llego al salón y el sol devora todo; todo lo lame, todo lo degusta. Sonrío porque sonrío.
Leo su correo con la segunda parte del cuento que está escribiendo. Me pide opinión. Sonrío también ante su generosidad. Sonrío porque me gusta y sonrío porque sonreiría incluso aunque no me gustara.
Las voces queridas llegaron por la noche; las oigo tomando mate al sol, con la ventana abierta. Como todo, también la alegría es refractaria: es alegría ante mis pequeños logros lo que sus voces destilan, y yo vuelvo a pensar, como pensaba anoche antes de dormir, que los logros no tienen un valor objetivo, sino que conviene medirlos teniendo en cuenta desde dónde se ha partido para llegar allí. Es entonces que la alegría se vuelve justa.
 Paseo por la casa y miro las fotos, toco las paredes, me quedo en las sensaciones. Es curioso cómo todo adquiere una suavidad tan cabal, a veces. Cómo uno puede, de vez en cuando, estar realmente donde está.
El placer es un vicio puro y esquivo, porque enhebra las cosas más disímiles.




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