domingo, 18 de diciembre de 2016


Después de tres horas que ninguna de las dos se explica cómo pasaron, la videoconferencia deriva en un intento de entender posiciones políticas, realidades prácticas, panoramas actuales y posibles: “prestame tus ojos”, le digo, y élla me cuenta de lo que se ve en el país donde nací.
Ella me explica su punto de vista (histórica y actualmente distinto del mío pero coherente y, en parte por éllo, interesante) y me habla de grupos de poder y de que las tendencias de una u otra época responden a intereses que se manejan en esferas mucho más altas de las visibles (partidos políticos, gobiernos locales, nacionales o incluso continentales) y a mi me llega un tufillo conspiracionista que inevitablemente me genera desconfianza.
Pero aquello que alguna vez le cuestionaba a élla respecto del arte -mi pataleo por que la validez de una determinada obra tenga que ver casi exclusivamente con el contexto o el autor de la misma- encuentra, por supuesto, un modo de volverse en mi contra, de señalar mis constantes contradicciones, de modo que su discurso, sólo porque es élla quien lo pronuncia, requiere mi atención a pesar de eso: es élla quien lo dice, y soy yo quien sabe de su filosa inteligencia, su capacidad para mirar a través de las tramas, su tremendo y tantas veces incómodo sentido práctico, del que yo carezco, en la mayoría de los casos, por completo:
-Pero entonces elegís….lo malo por no elegir lo peor?. Es eso?
-Sí, es eso. Porque esa es la única opción que tenemos, me parece…
Esto, que en élla no tiene ni un ápice de fatalismo sino todo lo contrario, que es una forma brutal de realismo (o que en eso se apoya, en su caso, aunque sea un realismo que no distingo todo el tiempo inequívocamente como tal), me sobrecoge.
Compartimos desconciertos, discutimos giros y usos, conveniencias y por qués sin ponernos de acuerdo nunca, pero entendiendo. Entendiendo lo que la otra dice, que es lo único que nos importa. Es sobre todo por eso, pienso a veces, que somos amigas
Y a la cuarta hora, que se vuelve la última sólo porque ambas tenemos que irnos, me vuelve a asaltar la sensación vieja y a  la vez siempre nueva de que es su terrible honestidad una de las cosas que más me hacen admirarla y agradecerle, y la duda de siempre (necesaria, en un punto, porque a veces estoy tan plantada en la opción contraria que necesito poner peso sobre el otro plato de la balanza para ver qué pasa): la duda de si es así, desde el barro ciego, podrido de una realidad deleznable, desde donde es posible construir otra realidad, pese a que siempre me pareció -superada la primera instancia, la del obvio asentimiento- la excusa perfecta para no jugarse el todo por el todo, la salida predilecta de los cobardes; y pese a que  ir en contra de eso fue la razón por la que siempre me tildaron de idealista (que, en esos contextos, siempre percibí como una forma elegante de llamarme idiota): “es muy lindo lo que proponés, pero no es posible”.
Se puede, realmente se puede nombrar la verdad a través de una mentira (“actors lie to tell the truth”)?. Esta necesidad de la que pese a los años parezco no poder escapar del todo, de renegar de la utilización de lo que existe si se contradice con aquello que queremos construir, no puede ser también una forma de cobardía?. Es cierto que la única opción que no implica la autoinmolación (ese disfraz patético en el que tantos egos se han abrigado a lo largo de la historia amparados por la idea de la fidelidad a un ideal; ese otro modo posible de cobardía mucho más macabro que la cobardía en sí misma, porque se disfraza de altruismo cuando no es otra cosa que egoísmo puro, del malo) es hundir las raíces en la mierda de la que queremos escapar y alimentarse de élla para poder nadar hacia otra orilla?.
”Tendría sentido. Después de todo, somos humanos: nada puro existe en nosotros”, me oigo pensar
 Pero el tema aquí no es negar o no las miserias que hacemos y somos, sino lo lícito de utilizar aquello que criticamos en nuestro favor para luchar contra eso; aceptar o no fundarnos a través de la incoherencia. (y el inevitable Cioran avalando de alguna manera esta postura y yo que estoy muy de acuerdo y sin embargo no, joder, no, porque la contradicción como herramienta útil e incluso como  “medidor” de honestidad -frente a lo no-humano y macizo de un sistema que termina por ser estructura calcárea que delimita antes y así deforma, condiciona lo vivo que contiene- me seduce y me vale, pero no como justificación absoluta)
Tendría sentido, pero lo discuto, con todo. Con todo, no puedo evitar sentirlo como un modo de negar la realidad, la otra realidad posible: jugar el juego con las reglas impuestas puede que sea la única forma de ganar medianamente algo, pero el valor de lo ganado así, realmente nos colma?; existe paz en el resultado, cualquiera sea, de esa batalla?. Y si hubiera que extender también aquí la noción de tiempo?; y si las piedras sobre las que se construye cualquier parte de una realidad efímera pero cierta fueran las voces cabales de aquellos que se han animado tozuda, inconvenientemente a no tranzar, aunque éllo implicara una construcción infinitamente más ardua, más inhabitable; aunque nunca jamás viéramos los resultados e incluso fuera los contrarios a los esperados?. (y si se contruyera como se vive: a ciegas?. Y si no fuera completamente absurdo que me plantee todo esto?. Y si la indefensión aprendida fuera exactamente eso, convencernos de que nada vale porque nos conviene a la hora de vivir cómodamente, sin la posibilidad de enfrentarnos a una realidad distinta a la que planeamos o queremos o por la que luchamos y darnos cuenta así de que lo hemos perdido todo inútilmente y que sin embargo sea esa una forma de victoria?. (Llegará algún momento en que logre dejar de decir estas cosas entre signos de pregunta?))
Porque es posible que un hecho aparentemente valiente sea, de hecho, realmente valiente.
Es posible que el hacerse pedazos no sea un modo de destruirse disfrazado de generosidad (ese auto-odio que a tantos ascetas y mártires, tantos fanáticos portando las nobles máscaras de las humildes convicciones ha empujado, y que han escondido y justificado a través de la mística y políticamente correcta idea de la sumisión a “una verdad mayor”) una retorcida manera de dar un escondido corolario perfecto a la puta, ridícula y sempiterna culpa religiosa, sino que haya un acto de generosidad que en un punto específico y no buscado dé como resultado la propia destrucción: el amor exige esa honestidad en que dar sea dar realmente, y no un acto mercantil, y es probable que todo esto de lo que élla y yo hablamos no se más que una de las vertientes, de las formas a través de las cuáles el amor pueda ejercerse. Porque se ama lo que se cuida y viceversa. Porque lo que se ama de verdad (es decir, de forma distinta a como entiendo que se entiende normalmente el amor) se quiere ver, se quiere ayudar a crecer, incluso si es independientemente de nosotros.
Entonces, justo cuando estoy a punto de pensar que es una cuestión de óptica, de parámetros temporales sobre los que trabajamos (élla mira lo inmediato; yo, para variar, no), me dice que le parece perfectamente válida la subjetividad, pero que hay que tener en cuenta que lo perfectible es, en principio, necesariamente imperfecto (es decir, que lo ideal no es algo a lo que se llega de pronto, de la nada), y resulta tan obvio el planteo que me vuelve a cagar la vida: voy a pasarme semanas pensando en ésto; lo sé.
(De cuántos modos la valentía y la cobardía pueden intercambiar sus papeles?: “de muchos. De todos. Desde aliento que pronuncia cada palabra y lo que empuja la sangre que mueve cada músculo”, me pregunto y me respondo en el medio. Y es que si la realidad es fractal, si cada cosa contiene en si misma todas las otras en distintas escalas perceptibles sólo a medida que uno ahonda en élla, dentro de cualquier mentira anida la verdad y el sinsentido y el absurdo y todo lo demás; entonces también la valentía contiene en algún estrato el hecho de ser cobarde y viceversa; cada movimiento contiene la quietud)

No hay caso: su jodida practicidad siempre me pone en jaque; me obliga a buscar, a desempolvar las palabras para ofrecérselas, para que las mire conmigo con asombro, con duda, con intriga, con miedo, con maravilla. Y después se baja conmigo del caballo y se le llenan los ojos de ternura cuando mira la pantalla en silencio y sonríe, triste, agradecida y luminosa como yo. Se olvida, nos olvidamos de las palabras; vaya uno a saber si por conveniencia o sabiduría.
Nos ponemos en jaque y pateamos el tablero para abrazarnos. Debe ser por eso, también por eso, que la quiero tanto1


1 Curioso darse cuenta, tiempo después, que ésta línea no es más que una que evoca, en un descarado, inexacto e involuntario plagio, el último verso de "Buenos Aires", un soneto de Borges. Poema del que sólo recuerdo, sin releer, un verso, que es exactamente el previo a éste que parafraseo torpemente, y dice: "no nos une el amor, sino el espanto"...

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