No he venido a este país, ciertamente, a darme cuenta de una forma que tengo de ser a través del lenguaje, de evidenciarme a mi misma en su ejercicio; de un modo en que el conjunto de símbolos puede ser símbolo también como una totalidad, de que el lenguaje en si mismo puede ser polisémico
Y sin embargo, cuando hablamos y las preguntas del otro se vuelven crecientemente copiosas sobre tal palabra o tal expresión que uso sin darme cuenta, no queda más remedio que entender que Hannah Arendt tenía razón cuando decía que lo que queda es la lengua materna, y que los giros y las palabras que me nacen de la costumbre antigua, natural de otro lugar, otras circunstancias, otros trasfondos sutiles que trastocan el sentido de una expresión, no son más que signos que la sensación de hogar, de confianza, que el otro genera o no en mi, desata.
Entonces los desconciertos ajenos se miran inevitablemente, de alguna manera, como señales de ternura. Porque a veces no me doy cuenta de cuán bien, cuán cómoda me siento con alguien, hasta que empieza a no entender la mitad de lo que digo
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