domingo, 18 de diciembre de 2016

Él me hace pensar en las palabras. Él me hace prestar atención a las palabras que uso, al modo en que construyo y me construyo a través de éllas; en que evidencian un modo de hacer y de mirar y de pensar, y entonces me ayuda a decidir, me ayuda a Ser.
Es tan raro eso, tan raro que pueda señalarme algo en lo que no reparé en ese sentido (yo, que me la paso pensando en eso y que soy tan soberbia que suelo sorprenderme cuando me sorprenden), que cada vez que caigo en la cuenta quiero inventar modos nuevos de agradecerle, como parapetarme en el dintel de la puerta del laburo y tirarle guirnaldas de dientes de león cuando sale mientras un cuarteto de enanos tocando el clarinete hacen piruetas frente a la Alameda, por ejemplo.
Ante la imposibilidad material de que el dintel me aguante o de conseguir un permiso en el ayuntamiento para un desfile de cuatro, le escribo y se lo cuento. O debería, pero mejor no. Mejor se lo digo en el abrazo. Mejor.
Sin embargo me quedo pensando en eso. Pensando en cuánto da uno sin darse cuenta. Eso sí tengo que decírselo. Eso quiero que lo sepa. Es importante. Es importante sobre todo porque sé que lo va a entender. Es importante saber ciertas cosas, porque uno se olvida, a veces, o no se da cuenta. Se lo diré ante la próxima tortilla de patatas (la de él menos hecha que la mía, como siempre).
Porque que sea capaz de hacer que me de cuenta de que incluso aunque sea un movimiento consciente la inmensa mayoría de las veces (es decir, aunque sea una herramienta útil, no una Verdad) , todavía hay momentos en que la voluntad queda empequeñecida, mojada, chorreando miserias y repleta de peligros cuando uno pretende decidir algo a través de la frase “tengo que” en lugar de “quiero” (pero, sobre todo: “quiero?“) es, sin duda, algo que merece una tortilla de patatas



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