lunes, 26 de diciembre de 2016

Soñé que se desintegraban las palabras. No puedo decirte cuál era la imagen, porque no me quedé con élla. Sólo eso puedo decirte -le cuento-. Y me desperté…no es “perpleja”, la palabra…”pasmada” también se acerca, pero tampoco, porque no hay sorpresa. Hay…quietud. Y tampoco esa palabra llega a tocar lo que quiero decirte.

No hay palabras. Se me desintegraron el sueño.

Si no hay palabras qué mirar, si no hay conceptos y definiciones y símbolos que investigar para saber, en que ahondar para llegar a dónde; si el Silencio tampoco es una cosa ni un concepto ni una abstracción, sino algo que me crece desde el ombligo, algo blando, blanco mate, que de pronto se extiende y que yo miro sin emoción alguna, sencillamente mirándolo, qué hay después?. No hay imagen que describa; no hay necesidad de ver ni decir ni explicar ni sentir; no hay metáfora ni analogía, no hay sinestesia ni oxímoron ni metonimia ni sinécdoque. No hay modos en que. Hay. Sólo eso.
Con curiosidad me doy cuenta de que ni siquiera eso me pregunto ("qué hay después?") hasta ahora, que ni siquiera lo hago realmente. Ahora, en que sencillamente me paso esa lívida sorpresa de una mano a la otra como una pelotita mientras se hace tiempo para algo; en que me meto las palabras en la boca como un caramelo que ni necesito ni tengo ganas de comer, casi por nostalgia; ni siquiera por compulsión.

Subía con él del parque, luego de contarle del Voyager1 cuando me preguntó si podíamos hacer una cápsula del tiempo y qué podríamos poner dentro (y sus ojitos de 8 años que ya no se asombran de nada y, sin embargo, brillan a veces, y entonces respiro aliviada), cuando me llegó el mensaje: ya están las cenizas de mi padre.
“Las cenizas de mi padre. Las cenizas de mi padre.”
Mirar el cuerpo; sondear reacciones: nada.
En un curiosísimo acto reflejo, ya en casa, me obligo a repasar todas las veces en que, tantos días, me pregunté cómo sería y vi la carne que todavía se pegaba a sus huesos en la hueca oscuridad del nicho; los diferentes estadíos de su cuerpo como una voluntad de cercanía, como un modo de aceptar lo que es, sin dolor, realmente; el pelo ya cano que se queda pegado al cráneo, un pómulo manchado de negro, la ropa que se ahueca en la ausencia del estómago.
Quise hacer el contraste, quise cerrar el círculo; puse las cenizas y quise ver el fuego y la carne que por fin ya no y todo el proceso y las imágenes de las cenizas que éllas van a llevar al mar que él quería y que se van a disolver en el próximo viento y los ciclos; mirar el sol que lleva el cajón desde el cementerio de Flores hasta el de Chacarita atravesando toda la ciudad en un trámite y la gente que pasa sin saber y sin que importe saber, los pájaros en una rama, un café que se enfría en la mesa del bar, el puesto de diarios y un tipo que se da vuelta para decirle una guarangada a una mina. Quise contarme la historia, y no pude. No me importó.
Apenas pude mirarme intentarlo con una extrañeza casi marciana y las palabras eran cosas, sólo cosas; cosas sin fundamento, sin argumento, sin sustento, sin asco ni alegría ni dolor. Hojas en blanco; clavos torcidos. No-símbolos.
 Esa mirada que acostumbra ver los hechos a través de la literatura, que de todo extrae sin proponérselo hilos finísimos con los cuales construir una trama, eso por lo que Fer se espanta o se maravilla a veces cuando le cuento las cosas que me imagino sin darme cuenta (de que me lo imagino y de que se lo cuento), hubiera sido forzada; hubiera habido una voluntad de voluntad, y sin embargo lo único que hubo fue una mirada.

Este vacío no es vacío, sin embargo. Esta ausencia no es tal. Estoy en otro lado, pero no adivino dónde, ni me importa. Ando sin pies por esta tierra que ignoro; floto en almibar traslúcidoy liviano,  y veo algo que llamo “mi mano”, por ejemplo, navegar sin rumbo en el mismo fluir, a varios metros, y sonrío.

A veces soy sólo curiosidad.






No hay comentarios: