martes, 3 de enero de 2017

Quieta. Es "quieta" la palabra. No es sola. No es "necesito estar sola, hoy", lo que quiero decirle realmente, sino que necesito estar quieta.
Quieta, para poder irme con ellas hasta Buenos Aires. Quieta para surcar el cielo en el avión y la densidad de un silencio repleto de sonidos y aterrizar en la ciudad donde vivimos siempre e ir hasta el cementerio a recoger la caja. Una caja pequeña, marrón, de cartón  y tiempo.
Quieta para masticar el desconcierto de las cenizas y tomar el barco. Quieta para mecerme en el vaivén del río color león que separa la orilla donde nació de la orilla donde eligió vivir.
Quieta para llevarlo a casa. Para soltarlo en todo el viento.

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