miércoles, 11 de enero de 2017

El vestido tiene una abertura en la espalda; un tajo.
Me gusta porque es largo y suave y verde, y la abertura me hace pensar en una hoja: la piel allí, donde no hay verde; la hoja que nace del vacío; la idea de lo natural de la piel desnuda. Me gusta, así que lo compro, aunque no sé para qué: es hermoso, pero no me voy a animar a usarlo. Se lo digo a mi cuñada y se ríe, pero es cierto: no me voy a animar porque la gente te mira mucho por la calle cuando te ponés esas cosas, y a mi me da vergüenza;  me pesa la mirada del Otro. Me lo voy a poner cuando esté en casa, que ya me conozco, y voy a estar muy contenta con mi vestido lindo, despeinada y descalza, bailando alegremente por los pasillos.

En cambio salgo de lo de mi cuñada y me veo de pronto con el vestido puesto frente a él. El me abraza y su mano sin querer se mete por la abertura, sobre mi piel, y queriendo, se queda allí. Todo es, como el vestido, verde y suave y natural. El calor de su mano florece mi espalda.

No va a suceder, pero de pronto entiendo por qué compré ese vestido. "Si hasta para eso soy rara; no hay nada que hacerle", me digo entre risas




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