lunes, 12 de diciembre de 2016

A veces no queda más remedio que darse cuenta. Ahora las cosas son normales; yo soy yo de nuevo. Las viejas costumbres, las viejas preguntas, lo hábitos antiguos: todo está aquí de nuevo. Yo soy ya otra, eso es cierto. Todas esas cosas se vuelven ropajes que visten otra piel, que otra carne adornan, y sin embargo la resonancia es, de alguna manera, muy similar.
Cojo la máscara con lentitud y consciencia, y ya no con miedo, y me la pongo serenamente.

No sabría cómo describir la distancia; cómo decir que lo mismo es lo mismo y a la vez es otra cosa. Ahora sentarme en la ventana a mirar los colores, leer como puertas, los discursos internos que vuelven a ser sólo míos, las letras, las palabras como puentes hacia lo oscuro y ya nunca hacia vos; mis recuerdos que vuelven a ser fotos que miro buscándome, que ya no te acerco con curiosidad para que me digas qué ves, para que me ayudes a mirar…ya no estoy viva como entonces: de pronto, tremendamente, sin tener tiempo de pensar. Sin tener tiempo de otra cosa más que de respirar al lado tuyo; del asombro en estado puro.

Sin embargo, o tal vez por eso, puedo también mirarte. Y mirarme entonces. Y cada vez que lo hago (tan distinto, cada vez, como si la mirada fuera roca que el tiempo, feroz, fugaz, desgasta, cincela, da formas nuevas a medida que pasa) me sigue pareciendo inverosímil, ahora que yo soy yo de nuevo -que puedo en ese (no) retorno medir, sentir la hondura de la distancia- que no entendieras. Que no entendieras…

Ni siquiera tengo palabras para decirlo. Ni siquiera eso me queda. Lo cual es una buena forma de decirlo, porque fue con vos que dejé de necesitar las palabras; fue a tu lado que aprendí a hablar. Fue con vos, por vos, que me pareció que valía la pena abandonar todos mis escondites, enfrentarme a todos mis monstruos. Que lo sentí, que no tenía otra opción realmente: no puede la piel elegir no sudar en el desierto. (sólo vos y dos o tres personas más sabrían entender lo tremendo que resulta que yo, justo yo, diga una cosa como “no tenía otra opción”; lo muchísimo de tanto que dice eso, la inmensa cantidad de dobleces que tiene esa figura de papel)

Todavía me cuesta entender, entender realmente, cómo no entendiste.

Pero hay veces en que es mucho peor que eso. Hay veces en que es inevitable darse cuenta. Hay veces en que es doloroso, necesario, preguntarse, entonces, cuánto habrá que no entendí yo



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