Al quinto Gin tonic se decide a hablarme. Me suelta de pronto, casi bélico:
-Y tú por qué sonríes todo el tiempo?
-Pues...imagino que porque lo he pasado muy mal -le digo, luego de pensarlo un segundo, porque me divierte mucho responder las preguntas que no buscan realmente respuesta-. Así que supongo que uno, luego de eso, encuentra motivos para sonreír más fácil.
-Buena respuesta...
Pero mi preferida fue élla. Élla, que después de no se cuántos tragos me dice, con la lengua pastosa, que le encanta mi acento, y que es la primera vez que deja que alguien le sirva la tónica con la cuchara trenzada
-O sea que mi acento me da visa de tónica. Bien. Me conviene.
-No, no es eso. En realidad es por el modo en que miras. Me miras a los ojos cuando me hablas. Es raro, eso. Y merece recompensa
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
jueves, 15 de diciembre de 2016
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