Últimamente las imágenes que me devuelven los ojos de los otros son algo distintas. No tiene nada de raro, es cierto; todo ha cambiado: el lugar, los que miran, las edades en que se lo hace; todo. Lo interesante es preguntarse si también uno. Lo interesante es preguntarse si también uno ha cambiado porque el mero hecho de preguntárselo señala una posible conexión entre lo uno y lo otro, entre uno y el reflejo que es la mirada del otro, que es una cosa que en un punto creo muy posible y en otro todo lo contrario: uno no es quien los otros ven y quien los otros dicen o creen o interpretan, y sin embargo algo cierto puede derivarse, a veces, de esa visión; aunque más no sea la posibilidad de preguntarse qué hay de cierto en élla y el modo en que a través de éllas nos relacionamos con nosotros mismos.
Las miradas actuales y las históricas se superponen, se trenzan mientras tomo mate en silencio. (el mate, como un ancla). La suya, entre todas. La suya. Para qué voy a mentir, para qué voy a decir que no me importa lo que él ve o lo que vio. La suya, que ya no tiene el peso que supo tener, que ya no me duele ni me arropa, y que sin embargo sigue pareciéndome interesante, digna de ser mirada. Tal vez porque es la más polarizada, la más terrible y la más hermosa. Me acuerdo que una vez me dijo, embelesado, que yo era como el mar. Se puede decir algo más lindo, más poderoso, más ambiguo?. Luego me río pensando que a él el mar no era algo que le gustara particularmente como a mi, que si no lo veo cada par de meses me da una suerte de síndrome de abstinencia. Los recuerdos son fantásticos.
A veces me pregunto, todavía, qué verá ahora; qué datos le habrá traído mi ausencia. A veces me gustaría llamarlo para que me cuente, con una curiosidad casi científica
Es curioso el modo en que las miradas de los otros pincelan un lienzo que no es uno y, sin embargo, dan cuenta de ciertas figuras que no advertimos, porque mirar también es un acto que descubre al otro: lo que se ve también habla del que mira.
Una chica con la que viví un tiempo, por ejemplo, en una época en la que yo me sentía particularmente llena de demonios que no paraban de morderme todo el rato, cada vez que entraba y me veía quieta leyendo, o mirando por la ventana o escribiendo, me decía “te envidio…siempre tienes un aire de paz!”
Las miradas de los amigos son siempre dulces; no valen para el estudio. Pero igual las recuerdo, muchos días, porque sirven de abrigo. Las recuerdo y no me importa cuánto tienen o no de ciertas, y me abrigo en éllas porque incluso aunque fueran falsas, si sirven para que la gente querida se sienta así, cobijada, me valen. Me vale recordar que he sido “faro”, y “árbol en la tormenta”; he sido, sobre todo he sido, abrazo; “mano en el hombro en la oscuridad”. Y lo más lindo que me han dicho en la vida, que es “alguien con quien uno siente que puede ser quien es; que no necesita ser otra cosa distinta”. He sido un poema de Hamlet Lima Quintana y uno de Paul Elouard y otro de E. E. Cummings. He sido algo entre las letras de un libro de Gaston Bachelard, y el color del trigo de El Principito y un fueguito de Galeano y uno de los nómadas que retornan de la mano de Lía Schnek
Tantas cosas son mentira que si todas estas lo fueran, no me molestaría tanto si a ellos les sirve; si conseguí serlo aunque fuera unos segundos
Aunque los amigos también saben ser crudos, filosos. Por eso son amigos, después de todo. De sus miradas que me reflejaron inflexible, brutal, terca, impenetrable, demasiado inocente, demasiado comprensiva, demasiado sensible o demasiado algo (porque el tema es ése: siempre soy “demasiado” algo; está en el exceso, el problema. Es de lo más gracioso y elocuente darse cuenta) guardo, también, celosa nota. Pero puestos a elegir, claro, prefiero las otras.
Luego están la de los extraños, que son fabulosas. Van desde ser intratable a ser simpatiquísima, y cada uno está muy convencido de éllo.
-Al principio me parecías muy…seca. Pero no eres tan antipática, me dijo un cliente de un bar una vez
-Sí, soy. Pero sólo con la gente que me cae antipática.
- O sea que yo te caía antipático?
-Sí.
-Pero ya no…
-Ahora, menos
La de ser educadísima y elegante, cosa que nunca deja de darme mucha risa, responde sobre todo a una cuestión de idiosincracia nacional, creo, a una cuestión de pre-juicios y/o imágenes sociales que me anteceden por completo y que me favorecen sin atisbo de criterio, de modo que no le presto mucha atención aunque a mi vanidad le encanta la idea, probablemente porque tiene, pese a su inherente estupidez, un buen sentido del humor.
En este sentido, el de los prejuicios, la cosa de la que más me gusta acordarme es la de aquel verano en Uruguay en la que un chico con el que hablaba después de un partido de volley al atardecer me dijo “no parecés argentina”. La otra parte del prejuicio, dada vuelta, porque los uruguayos nos odian. Eso sí que era un piropo en toda regla.
También están los que dicen que soy la alegría personificada y aquellos para los que soy la personificación misma de la amargura. Me encanta la gente.
La que más me llama la atención, con todo, es una que se repite mucho últimamente. A mi, que soy la inseguridad hecha carne, me dicen que soy muy segura, que siempre tengo un aire de saber exactamente qué quiero, qué hago y cómo. El más certeramente desconcertante en este sentido fue el más curioso, porque venía de alguien que no era un desconocido, sino que conocía como pocos las más monstruosas y desquiciantes construcciones laberínticas en que suelo perderme: la tipa un día, no hace mucho, me batió que yo era “preclara”. Yo no sé todavía si abrazarla compasivamente o pegarle.
Inevitablemente tengo que preguntarme, ante semejantes atropellos, si están todos ciegos, si he desarrollado habilidades histriónicas tan retorcidamente geniales que hasta a mi misma me pasan desapercibidas, o si todo me importa tan poco últimamente que es esa la sensación que doy, pero decir que alguien es “seguro” suena mejor que decir que es “pasota”, como dirían por aquí, o apático. Aunque también es cierto que la idea de la "seguridad" siempre me pareció algo bastante esquivo, algo que suele presentarseme como adorno de infinitas máscaras, y que suelo no saber qué quiero (o qué soy, o cómo) pero suelo tener bastante claro qué no.
La cuestión es un misterio. Las miradas, las formas en que construimos imágenes de los otros y nos relacionamos a través de ellas, también.
No hay comentarios:
Publicar un comentario