Pero lo preocupante no es eso. Lo que plantea el acuciante problema de si debería o no hacerme ver por un especialista no es sólo que me encuentro de pronto reacomodando los libros a mi antojo (“este debería estar más a la vista…mirá si alguno que está buscándolo se lo pierde porque está demasiado abajo?”), sino que me acuerdo de golpe de tener 6 años y estar en el cementerio de Flores saltando tumbas con mi prima mientras nuestras madres lloran frente a la sepultura de mi abuelo. Saltar tumbas, treparnos a las lápidas desde el dolor que nos ignora, intentar levantar las tapas de hormigón y en un doble bemol llegar a un montículo de tierra apelmazada y cubierta de yuyos con una cruz de madera raída que alguna vez supo ser blanca y decirle a mi prima “pobre…este no tiene flores”. Y entonces mirarnos cómplices y salir corriendo, cada una por su lado, a robar flores de las otras tumbas y hacer un ramo y ponerlo en la tumba abandonada. Y luego, sin hablar, otro, y otro más, y repartir así los colores desde donde sobran hacia donde faltan, divertidas con la sensación de peligro, hasta que una vieja gris y encorvada nos para en la carrera y nos echa la bronca (nos dijo algo del respeto, recuerdo…me pareció entonces de lo más extraño, y me lo sigue pareciendo) y nosotras salimos corriendo asustadas, insultándola internamente y riéndonos, y llegamos agitadas y con las mejillas hirviendo de sangre hacia donde nuestras madres intentan disimular el llanto con los ojos tristísimos y nos miran fuera del tiempo y de todo
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
jueves, 3 de noviembre de 2016
Ahora resulta que le sonrío a los libros. Resulta que estoy en la librería aunque no debería (no, no y no) y busco y rebusco aunque lo que fui a buscar no esté y me encuentro con viejos conocidos y viejos pendientes y el encuentro me hace sonreírles (no sonreír, sino sonreírles) e incluso exclamar “aaawww”. En algún momento no me doy cuenta y veo mi mano acariciando un lomo raído y verde de “Las armas secretas”, por ejemplo.
Pero lo preocupante no es eso. Lo que plantea el acuciante problema de si debería o no hacerme ver por un especialista no es sólo que me encuentro de pronto reacomodando los libros a mi antojo (“este debería estar más a la vista…mirá si alguno que está buscándolo se lo pierde porque está demasiado abajo?”), sino que me acuerdo de golpe de tener 6 años y estar en el cementerio de Flores saltando tumbas con mi prima mientras nuestras madres lloran frente a la sepultura de mi abuelo. Saltar tumbas, treparnos a las lápidas desde el dolor que nos ignora, intentar levantar las tapas de hormigón y en un doble bemol llegar a un montículo de tierra apelmazada y cubierta de yuyos con una cruz de madera raída que alguna vez supo ser blanca y decirle a mi prima “pobre…este no tiene flores”. Y entonces mirarnos cómplices y salir corriendo, cada una por su lado, a robar flores de las otras tumbas y hacer un ramo y ponerlo en la tumba abandonada. Y luego, sin hablar, otro, y otro más, y repartir así los colores desde donde sobran hacia donde faltan, divertidas con la sensación de peligro, hasta que una vieja gris y encorvada nos para en la carrera y nos echa la bronca (nos dijo algo del respeto, recuerdo…me pareció entonces de lo más extraño, y me lo sigue pareciendo) y nosotras salimos corriendo asustadas, insultándola internamente y riéndonos, y llegamos agitadas y con las mejillas hirviendo de sangre hacia donde nuestras madres intentan disimular el llanto con los ojos tristísimos y nos miran fuera del tiempo y de todo
Pero lo preocupante no es eso. Lo que plantea el acuciante problema de si debería o no hacerme ver por un especialista no es sólo que me encuentro de pronto reacomodando los libros a mi antojo (“este debería estar más a la vista…mirá si alguno que está buscándolo se lo pierde porque está demasiado abajo?”), sino que me acuerdo de golpe de tener 6 años y estar en el cementerio de Flores saltando tumbas con mi prima mientras nuestras madres lloran frente a la sepultura de mi abuelo. Saltar tumbas, treparnos a las lápidas desde el dolor que nos ignora, intentar levantar las tapas de hormigón y en un doble bemol llegar a un montículo de tierra apelmazada y cubierta de yuyos con una cruz de madera raída que alguna vez supo ser blanca y decirle a mi prima “pobre…este no tiene flores”. Y entonces mirarnos cómplices y salir corriendo, cada una por su lado, a robar flores de las otras tumbas y hacer un ramo y ponerlo en la tumba abandonada. Y luego, sin hablar, otro, y otro más, y repartir así los colores desde donde sobran hacia donde faltan, divertidas con la sensación de peligro, hasta que una vieja gris y encorvada nos para en la carrera y nos echa la bronca (nos dijo algo del respeto, recuerdo…me pareció entonces de lo más extraño, y me lo sigue pareciendo) y nosotras salimos corriendo asustadas, insultándola internamente y riéndonos, y llegamos agitadas y con las mejillas hirviendo de sangre hacia donde nuestras madres intentan disimular el llanto con los ojos tristísimos y nos miran fuera del tiempo y de todo
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